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Jueves y sábado
Joan Sebatián

Galería Rosa Santos
Mayo 2016. Vídeo: José Oliver. Universitat Politècnica de València



El tiempo del artífice.

Un acercamiento a Jueves y sábado de Joan Sebastián

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal: es espantoso porque es irreversible y de hierro.

Jorge Luis Borges

No se puede destruir la ontología tradicional sino repitiendo e interpretando su relación con el problema del tiempo

Jacques  Derrida

Siempre, ante la imagen, estamos ante el tiempo

Georges Didi-Huberman

El trabajo que se mantiene impregnado de juego es arte

John Dewey


Joan Sebastián (Rocafort, 1962) reúne en Jueves y sábado varias series dibujos. Una dedicada al Ulises de James Joyce y otras en la que reproduce sudokus publicados en la prensa. La serie sobre el Ulises incluye detalladas y realistas copias de la cubierta, la portadilla y las primeras y últimas páginas impresas de una histórica edición de 1924 y de uno de los cuadernos manuscritos del autor. Y se completa con dibujos de las páginas interiores de distintos ejemplares disponibles en una biblioteca pública que incluyen el registro de las sucesivas fechas de préstamo y devolución del libro. En las series de los sudokus dibuja, también con extrema precisión, la hoja de un periódico donde aparecen pasatiempos que él mismo ha completado durante doce sábados. Una nos muestra el proceso de resolución del pasatiempo, en otra este aparece terminado y con la fecha de realización al pie.

¿Por qué reunir en una exposición dibujos sobre la escritura, publicación y lectura del Ulises y sobre la realización de un pasatiempo? ¿Por qué dibujarlos tan minuciosamente?

El Ulises es una extensísima y compleja novela en la que James Joyce trabajó durante ocho años y ante la cual Stefan Zweig recomienda: “Búsquese ante todo un sólido punto de apoyo para no tener que sostener sin cesar en las manos, durante su lectura esta novela-mamut, pues el volumen abarca casi mil quinientas páginas y le sienta como plomo a las articulaciones (…). Luego acomódese el lector en una butaca pues habrá para mucho rato y haga buen acopio de paciencia…”. Sin embargo y aunque en ella la secuencia temporal se rompa con frecuentes saltos entre presente y pasado, entre lo real y lo imaginado, a través de la variación de los tiempos psicológicos de cada personaje, la historia que narra transcurre en Dublín sólo durante 18 horas y 45 minutos, entre el jueves 16 de junio de 1904 y las primeras horas del día siguiente. El Ulises es sin duda tanto en el proceso de creación de la novela, en los avatares de su publicación[1] y sobre todo en su estructura y estilo narrativo (como cuando presenta  simultáneamente al lector el proceso mental del personaje y los sucesos que ocurren en el mundo físico que le rodea), un ejemplo singular de subjetivación de la experiencia temporal.

Joan Sebastián expande esa estratificación de tiempos subjetivos al sumar en sus dibujos el registro de entrada y salida de los ejemplares disponibles en la biblioteca, recordándonos la intersección entre el tiempo ficticio de la novela y el tiempo del lector; el tiempo de espera de cada ejemplar para su lectura y el tiempo dejando su huella en el deterioro de cada libro. Finalmente otro tiempo entra en juego, el que el emplea el propio artista al retratar en un trabajo artesanal esa amalgama de tiempos. Nos encontramos pues ante el retrato a lápiz de un laberinto narrativo lleno de referencias culturales, un jeroglífico a descifrar, un pasatiempo culto que inicialmente parece opuesto a ese otro pasatiempo más banal, el sudoku, pero que traído aquí, en su diálogo con el Ulises, genera interesantes sugerencias respecto al tiempo, su percepción y su medida.

La concepción de la cultura occidental del tiempo se ha debatido entre dos posiciones antagónicas:[2] el tiempo de Cronos, exterior, cuantitativo, extenso, lineal, el de una temporalidad que puede ser medida, ligado a los astros, los calendarios y los relojes, el de las duraciones comunes, socializado, público y aparentemente neutral (el tiempo de Platón, Aristóteles o Kant); y el tiempo de Kairós, interior, cualitativo, el tiempo fenomenológico, el de la experiencia psíquica, el de la vivencia subjetiva, el tiempo propio (el de San Agustín, Hussler o Heidegger). Pero el problema del tiempo y de su objetivación o subjetivación no es sólo un problema metafísico o filosófico, es algo que atañe a la organización social y a nuestras vidas; que afecta a la determinación del destino humano. Desde la revolución newtoniana del tiempo absoluto, este se ha vinculado al sistema de producción como una ideología ligada a las ideas de crecimiento, progreso y crédito, desarrollando un proyecto esquizofrénico, un sistema que a la vez que busca su realización en el futuro lo hipoteca mediante la lógica de la satisfacción inmediata y el consumo. Este sistema, amparado en las posibilidades de las tecnologías de la información y la comunicación, instaura una concepción del tiempo que lo niega[3]. Proponiendo una liberación perversa del régimen del reloj y sus restricciones orquestada por los mercados de capital globales que, gestionados electrónicamente, generan a la vez devastadoras crisis económicas y formas de empleo precario disfrazadas de “flexibilidad temporal”.

Al margen de que la imagen (y toda obra de arte) establezca una relación con el tiempo,[4] el arte, en tanto que herramienta de reflexión, ha debido a lo largo de la historia situarse inevitablemente frente a este y tematizarlo. El trabajo de Joan Sebastián se inscribe así en una larga tradición de propuestas en torno a la temporalidad y sus narraciones. En Jueves y sábado los sudokus y el Ulises se oponen por cuanto uno pertenece al ámbito de los números de lo cuantificable, de lo medible, y el otro al territorio de la experiencia subjetiva radical construida a través de la narración. Pero también podrían considerarse complementarios en cuanto ocupaciones al margen del tiempo productivo, como experiencias individuales, como medida personal e íntima del tiempo. Sin embargo no se agota aquí el diálogo entre ambos. Si consideramos que los dos pertenecen a ese tiempo cualitativo y retomamos la diferenciación romántica entre recuerdo y memoria como oposición entre la evocación individual y el pasado colectivo; uno, el sudoku, podría situarse en el espacio del recuerdo individual (aunque en un sentido negativo y alienante de suspensión temporal) y otro, el Ulises, en el de la memoria colectiva en tanto que producción cultural e histórica.

Inicialmente podríamos pensar que la propuesta de Joan Sebastián se limita a elegir el tiempo del espectador, del lector o de la cultura o el tiempo del ocio, el tiempo subjetivo, como contestación al tiempo de la producción a la imposición contemporánea del tiempo de trabajo en tanto que institución integradora. Pero su propuesta es más compleja. Sus dibujos son instrumentos enunciativos de un hacer en combate contra tres de las grandes máquinas de registro de la humanidad: el reloj como registro del tiempo, la imprenta como registro de la palabra y la fotografía como registro de la imagen. Máquinas para la repetición, la serialización del tiempo, de la palabra y de la imagen, contestadas tanto en la proposición de esos tiempos subjetivos que son la construcción narrativa de la lectura y del pasatiempos, como en la copia dibujada minuciosamente a partir de la fotografía, y en la presencia de lo manuscrito y caligráfico. Esta reconsideración ontológica del tiempo, esta propuesta de temporalidades alternativas, en su detenida ejecución, en su cuidadoso dibujo invita también a la reivindicación del tiempo artesanal. Desde una perspectiva pragmatista[5] podríamos decir que hay una reivindicación de la experiencia en toda la extensión del sentido de la palabra, tanto en su concepción de vivencia como de conocimiento experto, de habilidad. Un hacer desde esa “lentitud del tiempo artesanal que permite el trabajo de la reflexión y la imaginación”[6] el tiempo del artesano, del artífice, hace que este a la vez sea artífice del tiempo.

Nacho París.

Valencia, abril de 2016


[1]. Tras los intentos de la revista The Egoist Press, en 1918 comienza la publicación del Ulises como folletín por entregas en la revista The Little Review, pero fue censurada por obscenidad y su publicación se vio interrumpida en 1921. En ese mismo año, Sylvia Beach, propietaria de la librería parisina Shakespeare & Co, asume la responsabilidad de su publicación. J. Joyce entrega un manuscrito, pero mantiene en su poder una copia en la que hizo tantos cambios que el texto aumentó en un tercio. La primera edición se imprimió en 1922 en Francia. Una conferencia de Valery Larbaud, la colaboración de Ezra Pound y la prohibición que pesaba en Inglaterra y EEUU sobre el Ulises, contribuyeron a su difusión. Los ejemplares enviados a los suscriptores ingleses y estadounidenses fueron confiscados y quemados por las autoridades aduaneras de Nueva York y de Folkstone. Por fin, en 1933, el juez neoyorquino John M. Woolsey levanta la prohibición que pesa sobre la novela y llega la edición norteamericana de 1934.

[2]. No es posible en el espacio de esta hoja de sala más que una mención esquemática y algo maniquea de  las posturas y concepciones del tiempo. Injustamente no se mencionan numerosos autores que han dedicado profundas reflexiones al tema del tiempo, y proposiciones intermedias o tendentes a la superación de esos antagonismos históricos realizadas desde diversas disciplinas como Alfred North Whitehead, Bertrand Russell, Henri Bergson, Henri Poincare, Norbert Elias, Ilya Prigogine, Julius Thomas Fraser, Mario Bunge, Paul Ricoeur, Barbara Adam, etc.

[3].Castells, Manuel (1990). La era de la información. Economía sociedad y cultura. La sociedad red. Volumen 1. p. 464

[4]. Como propone Georges Didi-Huberman en Ante el tiempo. Historia del arte y Anacronismo de las imágenes el cuadro o la imagen nos plantean un doble movimiento temporal del pasado y el presente, pasado de la imagen y presente del espectador. El presente se reconfigura permanentemente en la visión, múltiples tiempos estratificados se abren al espectador. Por otra parte la tensión dialéctica que se instala en la relación del ver con lo que nos mira (idea que desarrolla en Lo que vemos, lo que nos mira), problematiza la distinción entre un sujeto en posición de observador y los objetos observados. De alguna manera nos encontraríamos ante el tiempo que nos mira, que acecha en cualquier imagen. Esta idea de la imagen como síntoma del tiempo hubiera debido también ocupar un lugar en este texto. Desgraciadamente la limitada extensión del escrito no nos lo permite.

[5]. Sobre la consideración de lo artesanal en la filosofía del pragmatismo: Sennet , Richard (2009). El artesano, M.A. Galbarini ( trad.) Barcelona. Anagrama.

[6]. Op.cit. p. 362


        


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