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Índice de Blog (ordenados por fecha, 5 por página):

20-11-07 | Dos cúpulas romanas en tiempo de olvido
20-10-07 | Lección de anatomía: la mano.

 
 
 
   blog


Dos cúpulas romanas en tiempo de olvido

       De los muchos monumentos que hay en Roma, dos se coronan con grandes cúpulas bastante conocidas. Otras muchas no lo son tanto, cosa inmerecida. Pero esas dos representan un gran poder, sea artístico como político. Me refiero a las cúpulas del Pantheon y de San Pedro del Vaticano. La primera, un gran poder ya extinguido que, sin embargo, es la impronta de una tradición civil que estúpidamente muchos quieren masacrar. La otra, un poder aún enorme, mitigado respecto a lo que un día fuera, pero ni de suerte desdeñable.

          No entraré en cuestiones ideológicas o políticas y siquiera estilísticas. Me afanaré en lo que suele ser menos conocido, en su esencia constructiva y geométrica. En el fondo, subyace una interpretación dual de la realidad que suele categorizarse en las condiciones naturales y las esenciales de un sistema. Las naturales, la geometría y las esenciales, el equilibrio. Sólo apuntar que unas sin otras no existen y que su complementariedad es la que permite la existencia física de los fenómenos naturales (1), si bien me haya ceñido en mi ejemplo a la mecánica de los sólidos. Simple querencia de hábito que espero sepan perdonar.

          Lo antes mencionado de la dualidad entre geometría y equilibrio comporta que son una misma cosa. Esto es, que la geometría de algo sólo es posible si permite el equilibrio y que, a la inversa, basta que un equilibrio sea posible para que la geometría del mismo se pueda verificar en un cuerpo físico concreto. Sin recurrir a demostraciones, las leyes de la termodinámica establecen que todo sistema tiende al equilibrio en un punto de mínima energía relativa. Cuanto menor sea dicha energía, mayor es la cercanía al óptimo. Así, de cuantas soluciones existan a un sistema, el óptimo será el que suponga un menor consumo. Tómese este consumo tanto desde el punto de vista termodinámico, como financiero o material. Los óptimos naturales consumen la menor cantidad de recursos y materia posibles. Así, ceñidos a lo anterior, la mejor cúpula constructivamente será la que mejor adapte su forma -geometría- al campo de fuerzas necesario -equilibrio- para su pervivencia.

          Por curioso que pueda parecer, de lo antes enunciado se deriva que Miguel Ángel era un magnífico escultor pero un pésimo constructor, mientras que el que realizó la cúpula del Pantheon, desconocido, era un constructor genial. En realidad, los tiempos manieristas del Buonarroti no dejaban demasiado espacio al rigor, mientras que la sustancia romana era la expresividad máxima del mismo. Y he dicho bien, expresividad, que no expresión. Porque, por raro que parezca, la genialidad técnica no crea nada, sino que simplemente es capaz de sacar a la luz lo que conceptualmente ya existe, pero nada más -y nada menos-(2). Digamos, por empezar por el final, que la diferencia conceptual entre una y otra cúpulas es que, en términos más o menos banales, la de San Pedro aún no se ha caído y la del Pantheon nunca se caerá. La primera es una enorme escultura, toscota ella, y la segunda la más sublime expresión de lo que es una cúpula semiesférica.

         Quede claro que no voy a hacer de iconoclasta y bajar del pedestal a Miguel Ángel. Quien al ver La Pietà no desee tórridamente ser Jesucristo, o no sienta el arrebato de martillar el Moisés de San Pietro in Vincoli, no tiene alma.

(Escrito por Dragut; continúa en Blog http://libresenred.blogspot.com/ No se reproduce íntegro aquí por su extensión)


(1) Esto explica por qué los fenómenos naturales, al expresarlos en ecuaciones diferenciales, derivan siempre en formulaciones de términos pares y resultan imposibles los impares. Fortuna que permite que estas ecuaciones sean resolubles, analítica o numéricamente. Los casos más conocidos son los de la Laplaciana y la doble Laplaciana, tan usados en los modelos físico-matemáticos.

(2) Sobre esto hay unos escritos de Heidegger, densos y magníficos, en Construir, habitar, pensar y en La pregunta por la técnica. Los recomiendo.

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Lección de anatomía: la mano.

De varias lecturas caniculares he seguido un hilo conductor que, relacionando diversas bellas artes, se ha dirigido hacia ese órgano humano, demasiado humano. Cuando W. Benjamín escribió sobre la interrelación entre las artes expuso una metáfora provocadora, que puede con Jung ser reinterpretada, comparando el pintor con el mago y el arquitecto con el cirujano. Me temo que todos estos personajes van a aparecer, con distintos papeles, en estas impresiones. En una conversación periodística entre la curadora Elena Ruiz y el mentalista Anthony Blake, éste planteaba respecto a la técnica que si bien estos tiempos actuales se dicen la era del silicio, ya en la edad de piedra se usaba, y bien, su mineral, el sílex. A lo que aquélla le apostillaba que eso ocurría porque entonces el alma humana estaba en la mano. Es evidente que la mano constituyó el modelo primitivo de todas las herramientas de la civilización. Con mayor profundidad Rilke ya había hecho corresponder no la técnica, sino la creación artística con el acto primigenio de poner la mano sobre la tierra y dejar alguna huella. Aparición de la grafía y sobre todo materialización del pensamiento simbólico. La mano suplanta al rostro y habla.
  Pero el tacto además nos une a lo tocado. Ya hemos comentado en otros blogs la hapticidad y la conexión benjaminiana entre arquitectura y el reino de lo táctil y así, las sugestiones del arquitecto finés Pallasmaa, para el que el elemento erótico de la arquitectura está representado por el tacto que invita, nos expresaba en una entrevista, a juntarse y a ser uno con lo tocado. Por eso con la escala adecuada, se consigue el entendimiento de cómo la mano toca al edificio. Un aprendizaje con la mano. Por el contrario, en muchas de las artes, hoy predomina lo visual, por lo que el resto de los sentidos han dejado de ser instrumentos adecuados para un cerebro que, desde el primer cuarto del siglo XX, ha acabado tal vez demasiado ardiente. Nos lo recordaba en Babelia, Calvo Serraller a propósito del pintor protagonista de un relato de Mirbeau, el cuál, antes de morir, se corta la mano con la que pintaba. ¡Qué creador necesitará sus manos en el arte conceptual! Quizás por participar inconscientemente de esa idea, en la citada conversación entre Blake y Elena Ruiz, ésta, directora de museo actualmente, rememora lo que le sugiere haber visto en La Haya “La lección de anatomía” de Rembrandt para abundar en la reivindicación de esa parte de nuestro cuerpo. Nos recuerda que las lecciones de anatomía se hacían públicas, empezando la disección por las partes más blandas etc. Rembrandt pintó dos lecciones de anatomía, por encargo ambas, la segunda en 1656 de Ámsterdam que presenta un escorzo mantegniano y está dañada, y, la más famosa, la del doctor Nicolaes Tulp en 1632.
 
A ella se refiere Elena Ruiz cuando dice: «Aristóteles pl
anteaba que la mano es donde reside el alma. Y ese cuadro empieza por la mano del doctor». Con razón citaríamos a Heidegger para el que en cada movimiento de la mano persiste un elemento de pensamiento.
 
Pero se equivoca, creemos, de interpretación. Si observamos el cuadro no es la mano, esa recurrente mano, su esencia, sino la vista, mal que nos pese. Lo que ven los personajes es lo que importa. Aunque recordando a Deleuze la mirada, independiente de sus funciones ópticas, también descubriría en sí misma una función de tocar que le pertenecería por entero.
No tendríamos más remedio que darle la razón a Sarah Kofman y a su lectura, “La muerte conjurada”, de esa obra maestra. En ella los doctores no observan ni la mano del doctor Tulp ni el cuerpo del presidiario ejecutado Abrian Adriaenz, los médicos que asisten a la lección de anatomía examinan el libro abierto al pié del yacente. Y el libro organiza el espacio. Rembrandt nos muestra que allí donde su vista se posa, allí está lo trascendente. Aprendiendo la lección del libro, el cuerpo de doctores está por encima del cuerpo del cadáver y por tanto por encima de la muerte. Por eso, Derrida, en su homenaje póstumo escrito a la muerte de su amiga Sarah, pretende asemejarnos a esos médicos, como sí leyendo nosotros, los últimos escritos de la Kofman o cualesquiera otros libros, signos, nos dice entonces, sobre la sábana rígida de papel, quisiéramos como en el cuadro, olvidar, rechazar, negar o conjurar la muerte e incluso la angustia ante la muerte de un ser querido. Ésta acabaría siendo, el libro abierto que ocupa el lugar del cuerpo abierto, la verdadera lección de Rembrandt. La verdadera lección, pues, de anatomía.


(Blog Bartleby: http://libresenred.blogspot.com/)                                                                        (Escrito por Sr. Verle)

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