Bien. Parece que por fin Ana Martínez de Aguilar ha hecho algo sensato con su cargo, abandonarlo. Jamás debería haberlo aceptado. Nadie mejor que ella podía conocer la total inadecuación de su currículum -y sus cualidades y formación- para lo que le hubiera tocado hacer ?y obviamente no ha hecho. Algo tan simple como posicionar al Reina en un lugar digno en el circuito internacional de los museos y centros de arte contemporáneo: un lugar que en sus comienzos tuvo muy fácil alcanzar y que con María Corral estuvo ciertamente cerca de conseguir.
Desde entonces, la cosa no había hecho sino caer en picado. Lo cierto es que Bonet, su antecesor último, había dejado el listón tan realmente bajo ?casi en la sima del mundo, casi en la de los tiempos- que cualquiera que viniese detrás lo tenía relativamente fácil. Pero para dirigir un museo de arte contemporáneo hace falta entender un poquito -por lo menos- de arte, y otro poquito -por lo menos- de contemporaneidad. Y claro, eso es ya demasiado pedir. Por desgracia, a propósito del Reina rige Murphy. O bueno, esa variante tan lamentable y castiza que reza su ?alguien otro vendrá / que bueno te hará?.
Ahora la cuestión es ver si ese maldito fatalismo ?encarnación quizás del fantasma que, dicen, pulula en los pasillos de esa institución malhadada- puede dejarse atrás. Algunas señales nos animan a concebir esperanzas.





