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Redes de arte

Observatorio de noticias de arte contemporáneo en blogs nacionales e internacionales.

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Redes de arte es un observatorio global de noticias de arte contemporáneo, centrado en blogs nacionales e internacionales de temática artística. Arte10 selecciona regularmente los mejores blogs, para acercarlos al público en formato de feed.


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  • Permalink for 'La muerte me da/No novela - Jorge Carrión'

    La muerte me da/No novela - Jorge Carrión

    Posted: 7-October-2008, 5:03pm CEST by salonKritik

    Originalmente en jorgecarrión.com/blog

    Cristina Rivera Garza
    La muerte me da
    Tusquets
    Barcelona, 2008.
    353 págs.


    2747573.jpg Libro a libro, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (1964) está construyendo una de las obras más desafiantes de nuestra lengua. Su poética asume la condición fronteriza de la propia autora. Nacida en la frontera norte de su país, vive a caballo entre San Diego y Tijuana, entre el inglés y el castellano, entre la academia y la creación; de esos pasos constantes de frontera sólo podía resultar una obra que también cabalga entre territorios, que asume la teoría (literaria) como una condición de existencia de la práctica (la literatura), que combina la investigación histórica con el lenguaje poético, en artefactos que son novelas al tiempo que luchan por dejar de serlo.

    En el caso de su último título, La muerte me da, que se ha publicado en España tras una buena acogida crítica en México, el molde es el de la novela policial. Concretamente, el de una historia paradigmática de nuestros días: la del asesino en serie, ese personaje desequilibrado y obsesivo que se sitúa, equidistante, entre el homicida y el terrorista, entre el matón puntual y el autor de masacres, con el atributo fordiano de la serialidad, que es el propio de la época contemporánea


    Desde un comienzo tenemos en este libro cuerpos de hombres que aparecen castrados, el pene desaparecido, negado, ausente; junto a ellos, con un punto de inverosimilitud que anuncia que estamos ante una propuesta informal y metalingüística, se transcriben versos de Alejandra Pizarnik. Pronto se establece un triángulo investigador en cuyos tres vértices se sitúan sendas mujeres: una detective, una periodista y una profesora de universidad. Ésta aparece con el nombre de “Cristina Rivera Garza”, en un ejercicio novedoso de autoficción donde la autora real se vuelve un ente vaporoso. A medida que la investigación avance, se irá anulando la progresión del tiempo, las acciones se irán empantanando, las digresiones sobre poesía y sobre lenguaje ocuparán literalmente la obra, que cada vez será más un poema en prosa (cuando no directamente en verso), una elucubración casi fantástica (con excursos de inspiración imaginativa u onírica, sobre personajes minúsculos como los creados por Jonathan Swift), un tratado informe sobre la relación tensa entre la poesía y la prosa, una lectura donde no importen los hechos sino las palabras.

    He dicho que la autoficción se plantea en la (no) novela de un modo novedoso. No es fácil calibrar esa supuesta novedad. Por un lado, tenemos la figura del autor como una suerte de investigador (algo común en Javier Marías, en Enrique Vila-Matas o en Javier Cercas); por el otro lado, tenemos a un yo que articula un discurso y protagoniza unas acciones que no acabamos de percibir como verosímiles (en la línea de, por ejemplo, Fernando Vallejo). Pero Rivera Garza, de algún modo, va más lejos en su apuesta por la autoficcionalidad. El concepto de “yo literario” es problematizado en el momento en que deja de existir una narración fuerte y unitaria que lo sustente. Al contrario que en los cuatro autores –contemporáneos a la mexicana, y hombres– que he mencionado, la autoficción es aquí sólo una parte del material que se baraja; quizá no el más importante. El narrador/autor no se impone. Aparece y desaparece, se esfuma, recuerda su existencia al tiempo que se esfuerza por borrarla. Siguiendo a Maurice Blanchot o a Hélène Cixous (deudas explícitas en forma de epígrafes), Rivera Garza fracciona el sujeto, incluso su subjetividad real, para sintonizar con un apriori artístico: la novela es fragmentaria porque la realidad lo es, como lo son la percepción y la literatura, como lo son al cabo los géneros. Precisamente lo que importa son las zonas de confluencia entre realidades, percepciones, géneros: fragmentos (los que subdividen el capítulo segundo se llaman “mensajes”). En esos intersticios, en esas fronteras, en esos silencios, en esas elipsis –en fin– se encuentra el arte.

    Cuando la autora opta por incluir en su artilugio la transcripción de un paper significativamente titulado “El anhelo de la prosa”, firmado por la “Dra. Cristina Rivera Garza. ITESM-Campus Toluca”, se arriesga con una decisión que puede ser vista como excesivamente teorizante. Pero es que estamos ante un libro que, en la tradición de la novelística de Cortázar, da sus propios parámetros de lectura. El mencionado ensayo analiza la aspiración con el que fabulaba Pizarnik de llegar, a través de la escritura de su diario, a la adquisición de un “un lenguaje concreto que le permita un día escribir una novela”. De alguna forma, La muerte me da sería una posible novela de Alejandra Pizarnik, trasladada al siglo XXI (el siglo inaugurado por el Roberto Bolaño de 2666 y su crimen contra las mujeres mexicanas). Esa novela posible se escribiría en “una forma imposible de prosa”, que se conseguiría mediante “la apropiación de lo que llamó modelos o moldes”. Siguiendo la teoría del propio Bolaño sobre el negativo de cada texto, estaríamos ante una novela que tiene en su reverso un largo poema de Pizarnik; un poema escrito por Rivera Garza que a menudo se asoma e invade un lugar que, en principio, no le corresponde. Hasta hibridarse con la narración policial y con la ensayística y con la digresiva. Porque Pizarnik –y Rivera Garza– buscaba “la forma del relato y no necesariamente el contenido del mismo”. El argumento es anterior a la escritura (una historia de asesinatos en serie); en el desarrollo de esta se da lo que realmente importa, el moldeado, el modelar: la expansión. El lenguaje se convierte en el único protagonista. Porque todo es lenguaje, pero esa certeza sólo la alcanzamos cuando lo desnudamos de las convenciones, de los géneros, de los moldes al uso. La forma es el fondo. Y viceversa. No puede ser de otro modo. Aunque la mayoría de la narrativa que se publica en la actualidad continúe viendo esa vieja dicotomía desde una óptica anterior a Hofmannsthal y a Valéry.

    En la portada de Nadie me verá llorar (1999) se reproducía un cuadro de Frida Kahlo. En esa novela leíamos: “Diga el nombre de una calle, Joaquín, y le dibujo el mapa de una ciudad”. El otro femenino (la otra) es ahora Alejandra Pizarnik. A partir de la Calle de los Castrados, la topografía que se construye no es la de una ciudad verosímil, sino la de una textualidad autosuficiente. “Todo es lenguaje”, se titulaba el tercer capítulo de Nadie me verá llorar. Efectivamente: todo lo es. Y, como acertadamente nos recuerda La muerte me da en varias ocasiones, los hombres castrados son citados e invocados como “víctimas”, es decir, en femenino, como si la mutilación que les dio la muerte perviviera tras ella en forma lingüística, para siempre. Tras su lectura, esta (no) novela sigue planteando dudas, preguntas, relecturas, que ya estaban planteados –de otra forma– en los libros anteriores de ese proyecto de largo aliento, que es la obra de Cristina Rivera Garza. Tras cada novela, uno tiene la sensación de haber asistido a una mutilación: se desprende un trozo asequible, legible, de un cuerpo vasto, ilegible, que se nos va dando por entregas, para que lo vayamos entendiendo, pausadamente. Así se construye una relación de complicidad entre un escritor y un lector. Así la ambición literaria sí tiene sentido.

  • Permalink for 'Lo que no puede ser olvidado - Fernando Castro Flórez'

    Lo que no puede ser olvidado - Fernando Castro Flórez

    Posted: 5-October-2008, 7:53pm CEST by salonKritik

    Originalmente en abc.es | ABCD

    now29-u.jpgUna de las mejores exposiciones de cuantas se han realizado en el Museo Reina Sofía en los últimos años ha sido la retrospectiva de Darío Villalba, que demostró con impresionante contundencia que es una referencia crucial del arte español contemporáneo. Pocos artistas han sabido definir con tanta radicalidad un terreno plástico propio, en su caso, ese lúcido y dramático uso de la fotografía como pintura.

    Desde sus encapsulados hasta las obras más recientes, apreciamos en Darío Villalba una coherencia implacable y una voluntad de profundizar en un imaginario que no recurre nunca a lo decorativo o a la pose de las modas. Las «mitologías personales» de Villalba están fuera de sitio en un panorama crítico e institucional que prefiere legitimar lo anodino o la última cantinela. Pero un artista tensado entre la dimensión religiosa y la postvanguardia no está dispuesto a regodearse en lo epidérmico; antes al contrario, la preocupación que manifiesta es principalmente metafísica.

    Las monumentales obras que presenta en su primera exposición en la galería Marlborough en Madrid componen una emocionada meditación sobre la fragilidad del ser humano que va dejando un rastro deseante. Villalba destila su estética para obligar al espectador a enfrentarse con lo esencial. En esta ocasión, estamos en el borde extremo de su propuesta con imágenes netamente fotográficas como si tuviera que reiniciarse el proceso de simbolización. Y, además, con una desenvoltura admirable, el artista recupera figuras que ya había utilizado en otros momentos en ese proceso hermeneútico que tiene algo de compulsión y repetición.

    Ascensión versus caída. Hay un motivo doble que sirve de hilo de oro: los náufragos de la cotidianeidad y aquéllos que viven en una felicidad efímera. Hombres que parecen dominados por el frío, cabizbajos o vencidos en el suelo y, en tensa simetría, jóvenes sonrientes o con el torso desnudo, caminando por la calle o chapoteando en una fuente. Caída y ascensión, melancolía y gozo, descarrío y esperanza son las notas dominantes de una imágenes que nos perturban.

    Villalba asume la idea barthesiana de que la foto es algo automático que toca, algo que punza una mirada que finalmente querría que el otro pudiera ver la posición atópica en la que está instalado el sujeto enamorado. Porque el artista es un cazador de cuerpos anónimos que finalmente pasan a formar parte de su archivo de soledades y frustrados intentos de conseguir vencer la distancia. La forma en la que Darío Villalba atraviesa su fantasía es transformando lo Real (traumático) en una puesta en obra de lo que llamaríamos el gran Otro. Su iconografía está siempre sugiriendo lo sacrificial o el abandono en una perspectiva propia de lo sagrado, y también de aquella forma de erotismo en términos de Bataille que implica el tabú y la intención transgresora.

    En el tríptico del niño gitano, una obra maestra, una figura sonriente y acaso esperanzadora está flanqueada por dos superficies que son tierra baldía. Las especulaciones y las simetrías angulares aparecen en las fotos del cabello de mujeres o en Hombre postrado con perro. Podría ser un símbolo de una conversación imposible, de ese encuentro con lo idéntico vuelto extraño. Lo inhóspito en el sentido freudiano en la obra de Villalba es la vecindad del homeless. Vivimos sobre el cimiento de certezas que son sumamente precarias porque todo lo que atesoramos puede evaporarse como humo en el aire. Nuestra cultura de la transparencia está tan quebrada como ese vidrio que Villalba sedimenta en un guiño lejanamente duchampiano. La vida encontrada es algo que oscila entre la anestesia o la narcolepsia y el instante lúdico que está a punto de abismarse.

    Un origen terrenal. «La raíz de la palabra hombre -apunta Jean Clair en La barbarie ordinaria- muestra su origen terrestre, pero de dos maneras diferentes: es la humildad y la humillación. Recordar que el hombre es humilde es recordar que ha nacido del humus. En cambio, humillar al prójimo no sólo es reducirlo a humus, reducirlo a la humildad del polvo, de las hojas, del estiércol, sino "hacerlo polvo", hundirlo en esa capa primitiva en la que el suelo es podredumbre y descomposición y de la que la vida lo ha desembarazado».

    Hay en la obra de Darío Villalba una poesía estremecedora y una belleza extrema que rinden perfecto testimonio de nuestra finitud. Más que la muerte, el desfallecimiento y el delirio, pero contemplado desde un «apartamiento del mundo», vale decir que con una perspectiva mística contrapesada por deseos insaciables. El dramatismo y el dolor no excluyen en este caso el canto a la inocencia, porque las emociones vertiginosas que guían a este artista no son otra cosa que aquella arcaica verdad que era etimológicamente, lo que no podía ser olvidado.

  • Permalink for 'La desaparición - David G. TORRES'

    La desaparición - David G. TORRES

    Posted: 5-October-2008, 12:02pm CEST by salonKritik

    Originalmente en el cultural

    montornesexpo3-u.jpgLa desaparición es una vuelta de tuerca más a una especie de atracción hacia el abismo, al catastrofismo, a una cuestión existencial planteada de la manera más plana, presente en los últimos proyectos de Frederic Montornés, comisario de la muestra. La desaparición es la desaparición de todo. Y la referencia, más que a Perec (que escribió el celebre libro homónimo), es a Ignasi Aballí. Así lo aclara el comisario en un pequeño texto: los listados sacados de periódicos de Aballí le llevaron a sorprenderse viendo la palabra desaparición constantemente en titulares.

    Respecto a las obras, quizá pesa demasiado la contundencia del enunciado. Quizá también porque el inspirador de esa desaparición no está. Rivane Neuenschawander (Belo Horizonte, 1967) presenta un vídeo en el que unas hormigas devoran un plano del mundo hecho con restos de comida: ajusta la idea de la exposición hacia el catastrofismo, pero peca de literalidad. Ori Gersht (Tel Aviv, 1967) muestra pequeñas fotografías de flores explotando. De Guillermo Kuitca (Buenos Aires, 1961) unos dibujos y un gran cuadro que traza el plano manual, con butacas numeradas, de un gran teatro. Como siempre Kuitca es plásticamente impecable, pero sólo de refilón toca el tema de la exposición (¿el mundo como un teatro próximo a su desaparición?). Finalmente los dibujos con sutiles escenas de lucha por la supervivencia animal de Alexis Rockman (Nueva York, 1962) prometen mucho sobre lo que son sus pinturas (algo así como El Bosco a través de Yves Tanguy). Un ensayo en el que seguir dándole vueltas a parecidas cuestiones, que promete mucho más de lo que hay en esta desaparición. Título que, por cierto, aparece en medio de las obras como una más, en mayúsculas, no demasiado grande, destacando por contundencia y austeridad. Y que quizá ejemplifica el lastre y la gran virtud de la apuesta.

  • Permalink for 'Evaristo Bellotti o el ejercicio de mojarse los pies - Rocío DE LA VILLA'

    Evaristo Bellotti o el ejercicio de mojarse los pies - Rocío DE LA VILLA

    Posted: 4-October-2008, 7:47pm CEST by salonKritik

    Originalmente en el cultural

    23992_1-u.jpgLa nueva temporada en el Palacio de Cristal se abre con una intervención aparentemente discreta: apenas puede atisbarse nada antes de atravesar el umbral, ya que la escultura está desplegada literalmente al ras del suelo. La opción, de principio, es sorprendente, pues ningún artista que ya ha trabajado para este espacio tan goloso ha dejado de advertir que entre las serias dificultades que, sin embargo, plantea no es la menor la de atender a un público popular y generalmente inadvertido, al que el arte le “sale al encuentro”. La tentación inicial, por tanto, de cierta espectacularidad es inevitable. Así como conjugar esta encrucijada con otra aún de mayor calado: la de integrar o no la obra en el recinto arquitectónico, cuya transparencia apenas atenúa el gran riesgo de la confrontación con la naturaleza.

    Pero también es sorprendente para los entendidos y sus seguidores: porque Evaristo Bellotti (Algeciras, 1955) no ha aprovechado esta ocasión única para crear una obra de nuevo cuño, sino que ha utilizado una estructura modular ya presentada en Madrid (Sa Nitja, en la exposición Extrañamientos, Sala Alcalá 31, 2003) como punto de partida de un trabajo a todas luces, una vez transitado y experimentado, memorable. Y esto en un doble sentido, porque ha pasado ya a ser una de las obras mayores en el conjunto de su trayectoria. Y por las cualidades evocadoras que contiene: al formar un espacio en cuyo tránsito viajamos a momentos ya vividos, a experiencias conectadas a la infancia y, en último término, a conexiones primarias, sensoriales, y por ello, primordiales, de raíz ancestral: espiritual. Esta convicción en que lo distintivo que puede ofrecer el arte es una experiencia espiritual, e inclusive intelectual, pero sólo a través de lo táctil y corporal es lo que contenía la escueta declaración de Evaristo el día de la presentación (filmada y colgada en Youtube): “Sólo quiero decir que esta escultura es un trabajo de artes plásticas, nada más”.

    Cuando entramos, primero vemos que, en la estructura modular compuesta con 1.668 losetas de mármol almeriense Macael, la profundidad de las hendiduras curvadas van de menos a más, a modo de flecha, orientada en el sentido de su encaje en la planta triabsidal del edificio, de manera que el ritmo del labrado en la piedra culmina bajo la bóveda del fondo, frente al umbral. Vista unos días después de la inauguración, entre el público, me ha impresionado el silencio y la actitud de respeto, como si intuitivamente los visitantes reconocieran –rememoraran– la estructura de los cruceros de las iglesias cristianas y, aún antes, de espacios sagrados en el Mediterráneo. Y no es casual esta lectura del antiguo invernadero que ha hecho Bellotti, quien tantas veces se ha declarado perteneciente a la tradición laica, pero que tantas otras ha relacionado su trabajo con lo religioso. Comenzando con los “milagros”, como llamaba en broma a sus obras primerizas. Pero sobre todo con sus reiteradas incursiones en la mitología pagana, su templete Monumento al Sol (1998) en Algeciras. Y sus intervenciones en iglesias cristianas, como la Puerta de Támara (1987), en Soria, donde Bellotti se adentraba en un lenguaje primitivista –pasado por el vanguardismo moderno– para congeniar con el estilo románico de la iglesia.

    La seriación modular de esta escultura en el Palacio de Cristal también es “primitivista”: de la búsqueda de formas primarias a principios de siglo por Brancusi, siempre admirado por Bellotti, y que retomarían después, pero ya no atentos a la naturaleza sino al artefacto, los minimalistas. Estilos… y tiranía de la creación y disfrute del arte bajo el estilo contra la que se rebela Evaristo: “El a-estilo es una estrategia destinada a devolver la soberanía al individuo”. En el conjunto de su trabajo plural, esta escultura tiene que ver con pequeñas obras como las Nereidas (1998), donde intentaba recrear esas piedras y conchas lamidas, agujereadas por el mar, y todavía conteniendo agua. Pero que aquí, estilizadas y desplegadas sobre la planta del edificio, se nos invita a pasear descalzos. Entre su irregularidad, caminamos inseguros, como cuando nos hacemos niños entre las rocas y nos asalta en la orilla la lengua de una ola. La elegancia de las curvas perfectas de las cavidades en estos días ya se han impregnado del polvillo de los pinos circundantes. Y no sé trata de ludismo facilón. Mi consejo: vayan a “mojarse los pies” lo antes posible, antes de que deje de ser apetecible por los rigores del otoño.

  • Permalink for 'Apenas - Gemma Aguilar'

    Apenas - Gemma Aguilar

    Posted: 4-October-2008, 6:51pm CEST by salonKritik

    Originalmente en la comunidad | elpais.com

    Sin título-u.jpghacía mucho tiempo (años) que no me comía una galleta de la suerte. el viernes, la Fortune Cookie que venía acompañando mi postre chino me dijo “Todo tiene belleza, pero no todos lo venla frase me ha causado un cierto desasosiego porque, pensaba, el pronombre que presumía asociado a “belleza”, cambia de género y, o bien se asocia a “todo”, dando un giro al significado esperado; o bien se hace cargo de toda la proposición, manteniendo la expectativa inicial (en realidad, viendo la presencia de la frase inglesa en Google, opto por considerarlo, más que descuidada traducción, giro eufemístico de traducción políticamente correcta, nada extraño leyendo los créditos de la galleta -Golden Bowl® Company -Wonton Food Inc Brooklyn NY 11206-)

    La imaginación no es la fantasía..., la imaginación es una facultad casi divina que capta... las relaciones íntimas y secretas entre las cosas, las correspondencias y las analogías.” (Baudelaire, Nouvelles notes sur Edgar Poe [Nuevos apuntes sobre Edgar Poe] (Nouv(elles) hist(oires) extraord(inaires) [Nuevas historias extraordinarias]). pp. 13-14.Walter Benjamin, El libro de los pasajes

    nothing-u.jpg

    Le pouvoir de Rien est extraordinaire : un Rien nous fait pleurer, un Rien nous fait rire, un Rien nous afflige, un Rien nous console, un Rien nous embarrasse, un Rien nous fait plaisir ; il en faut qu'un Rien pour le renverser. Anonyme, Éloge de rien

    entonces, me pregunto si hipersensibilidades como la que hace saltar a la vista nimiedades [por ejemplo, cuando presentan una relación con algo que nos inquieta o, simplemente, que por algún motivo tenemos presente en especial o esperamos o, más simple todavía, por ser algo muy reciente] que en otras circunstancias serían apenas detalles imperceptibles son las que, acumuladas, consumen nuestros recursos hasta hacernos torpes para dejar pasar el gusto de ciertos estados o sensaciones que, sin embargo, la amarga o desgraciada lucidez de un momento posterior nos devolverá como regusto o eco de un sabor de intensidad añadida, más que ganada ahora, perdida antes; y nos devuelve el reconocimiento postrero de ese paladeo, por esa sobredosis de nimiedad, invisibilizado

    [...], que la plupart de nos conversations sont pleines de Rien, et que ce sont ordinairement ces conversations pleines des petits Riens agréables, qui réjouissent et divertissentt le plus ; [...]. Anonyme, Éloge de rien

    leve trayecto,

    nothing-material-u.jpg

    a toque de código puede devenir hipertextual:. un bolígrafo, leitmotiv de escritorio; de suplemento cultural, una foto. la mente sensible a los títulos

    La perseverancia de los desaparecidos (tomo la frase de un título del poeta Miguel Suárez que publicó Hiperión) se muestra en esos detalles, pero también en su resistencia a desaparecer del todo, como sucede con las estrellas, que siguen dando luz después de muertas, incluso cuando llevan millones de años apagadas. Y es que los desaparecidos se convierten en fantasmas que continúan viviendo junto a nosotros, por más que no los veamos salvo en las fotografías que conservamos de ellos. Julio Llamazares, La perseverancia de los desaparecidos

    hilando [memoria(s)]

    Le robo el título a Pete Seeger, que compuso la canción mucho antes de que el inefable Trini López la convirtiera en un hit (1963) y de que Los Sirex se inspiraran en ella para su mucho más digerible (entonces reinaba en España un fresco general procedente del norte, según célebre chiste) Si yo tuviera una escoba. Bueno, pues si yo tuviera un martillo haría algunos estropicios a diestra y -sí, también- a siniestra. Manuel Rodríguez Rivero, Si yo tuviera un martillo

    Un inconnu m'a envoyé cette épigramme sur mon Éloge de Rien, et m'a prié de l'insérer à la fin de ma postface ; je défère avec plaisir à ce qu'il souhaite.

    À l'auteur de l'Éloge de Rien.
    Maints auteurs, soit en vers ou en prose,
    Font tous les jours ici de quelque chose Rien ;

    Pour toi tu trouves le moyen

    De faire de Rien quelque chose. Anonyme, Éloge de rien

  • Permalink for 'Breve historia de un hereje - Benjamín Mayer'

    Breve historia de un hereje - Benjamín Mayer

    Posted: 2-October-2008, 11:30pm CEST by salonKritik

    Originalmente en zonezero.com

    225.jpg Recuerdo ahora mi primera fotografía: un borreguito negro que había nacido de una borrega blanca. En 1947 caminaba por el valle de la Marquesa con mi primera cámara, una Brownie. Observé entonces una oveja que estaba pariendo; no salía de mi asombro al ver que esa oveja blanca daba a luz a un borreguito negro. Preparé mi cámara y disparé hacia esa oscura ovejita que se tambaleaba frente a mí.


    Con Herejías, Pedro Meyer deja de ser un fotógrafo de 400 imágenes. Aunque estos pocos centenares de fotografías han brindado un sólido sustento a su prestigio, históricamente ha habido una gran desproporción entre su producción y su obra publicada. Hoy el total de su obra suma más de 300,000 fotografías. El diferencial entre 400 y 300,000 no sólo es inmenso, es enigmático. “¿Para qué habré tomado tantas fotografías, si ni siquiera las exhibía?”, se pregunta Pedro.

    “Soy un hombre—cámara”, resume. Desde temprana edad la fotografía ha sido una presencia permanente en su vida: “En ciertos momentos de aguda pena personal, captar imágenes era para mí la única posibilidad de tratar de comprender más adelante lo que pasaba.” La fotografía ha sido el mayor de los órganos del cuerpo imaginario de Pedro Meyer, su piel misma: la fotografía le ha brindado estructura a su persona, lo ha protegido, ha posibilitado sus percepciones, ha promovido su contacto con los otros y ha facilitado sus capacidades de articulación. Pero, además, dicha epidermis subjetiva ha sido resguardada, regenerada, reforzada, extendida y ensanchada por una potentísima prótesis: la digitalidad.

    Meyer fue el comprador de la primera Apple vendida en México. Al encenderla se produjo un parteaguas en su vida; las implicaciones de la informática le parecieron inmediatamente obvias y deseables. Sabemos de los muchos años que ha pasado abogando a favor de la fotografía digital, batiéndose con otros; pero la virulencia de la pugna sólo se entiende al tomar en cuenta su trasfondo religioso. Pues la digitalidad es mucho más que un nuevo modo tecnológico: el paso de lo analógico a lo digital es el correlato de la ruptura radical de cierto orden teísta. El desplazamiento de la jerarquía por la red, la sustitución de la transmisión unidireccional por la interactividad, y el paso de la unicidad a la multiplicidad suponen -en conjunto- dejar atrás aquella teo—lógica según la cual un punto central, de sí mismo absoluto, da lugar a una serie de términos derivados, más y más infieles a su origen.

    En el caso de Herejías, la interfase digital permitió a Pedro franquear las oposiciones tradicionales entre lo privado y lo público, lo abarcable y lo inabarcable, para hacer emerger –a partir de la invitación a montar una exposición retrospectiva en el Centro de la Imagen- esa formidable epidermis procurada por él durante tantas décadas, más por una pulsión íntima —cuya última capacidad es deicida— que por un afán de comunicar. Oportunidad determinante, ésta, para que ese aparato fotográfico, antes omnipresente en su vida familiar y personal, se transfigurara en un dispositivo cuyo alcance lo hiciera extensible a una colectividad indeterminada de sujetos sin una espacialidad o temporalidad precisas.

    Por eso, Herejías no es el ordenamiento final de una larga trayectoria creadora; su tiempo no es el de una historia que revelaría una verdad pasada, sino el de la promesa de un entendimiento siempre por venir. Observar sus imágenes es invocar la posterioridad de una comprensión de la que carecemos en el presente. De ese modo, Herejías lleva a cabo con la retrospectiva lo que ya se ha producido en nuestra actualidad crítica con el autorretrato y la autobiografía, géneros que no hacen sino destruir aquello mismo que fingen representar: así como el sujeto es en verdad el residuo dejado atrás por las operaciones del retrato y de la escritura del yo, así también la sustancia activa de Herejías es aquello mismo desechado por la retórica del gesto retrospectivo —la prospectiva de una obra y de una vida siempre en ciernes.

    De entre todos los relatos que le he escuchado a Pedro, ninguno me ha parecido condensar tan llana y precisamente el ánimo común a su persona y a su producción que el recuerdo de su primera imagen, hoy extraviada (y por consiguiente aún no incorporada a Herejías). El primer retrato de Pedro, en cuya producción posterior tanto abundan los retratos como los autorretratos, puede considerarse asimismo como su primer autorretrato.

    Pedro dice siempre haberse sentido como un outsider. Cuando asistía a la escuela con los maristas, entre setecientos estudiantes era uno de sólo cinco niños judíos: tenía que presentarse al catecismo, adonde llevaba sus propias lecturas; su primer libro elegido, Los tres mosqueteros, estaba prohibido. Cuando en otro tiempo fue enviado a una academia militar en Estados Unidos, se negó a marchar con un rifle por parecerle “una completa estupidez”: todos sus compañeros cadetes se graduaron como oficiales, él fue el único que egresó como soldado raso. A los trece o catorce años, Gerhard Herzog, un querido amigo de su padre, le regaló un equipo fotográfico con el que produjo sus primeras tiras de contactos; cuando a los treinta y ocho años anunció que había decidido dedicarse profesionalmente a esa actividad, don Ernesto Meyer se opuso y sufrió un intenso vértigo; pretendía que su hijo se dedicara a algo más serio que le asegurara un buen sustento a su familia: fue Gerhard quien persuadió a su camarada de que la cosa no era tan grave.

    Mas Pedro no sólo discrepa. A la vez que se identifica con esa oveja negra, lleva a cabo el fotograma. Como en cada una de esas cientos de miles de ocasiones posteriores, en esa primera oportunidad su mirada tras la lente (situada en el perímetro exterior de la bucólica maternidad) se ubica en el mismo punto donde siempre estuvo su padre, ora exiliado, ora viajero. Rizoma de esa luminosa película epidérmica que de ahí en más arropará a la persona de Pedro, en presencia y en ausencia de su papá, como también más allá de él, y cuyos alcances personales y profesionales serán cada vez mayores hasta llegar a la escala insólita de proyectos como ZoneZero y Herejías, capaces de corroer los cimientos mismos del status quo fotográfico de su tiempo. Diáfana piel que Pedro siempre habrá insistido en compartir con otros mediante el impulso y la promoción de la fotografía, de los fotógrafos y del fotografiar, no meramente como una técnica, un arte o un recurso social, económico o político, sino como una apuesta existencial. Con la mediación de la lente y la pantalla, la oveja negra ha transmutado en el mago que hoy preside ese horizonte abierto que es www.pedromeyer.com

  • Permalink for 'Turner Prize en El País - DAVID G. TORRES'

    Turner Prize en El País - DAVID G. TORRES

    Posted: 2-October-2008, 11:18am CEST by Jose Luis Brea

    Originalmente en A-Desk

    Llama la atención en El País la redacción de la noticia de la exposición de los candidatos a los premios Turner en Londres. Por esa tendenciosidad que inunda las noticias genéricas sobre arte contemporáneo. Tal vez es tiempo de rescatar la vocación crítica del comisariado y empezar a ejercer una auténtica policía o vigilancia.

    Rescato a penas una frase que explicita esa tendenciosidad:

    "La pintura vuelve a ser la gran marginada del galardón más polémico y publicitado del Reino Unido, en pro de exponentes del arte conceptual, cuyas obras precisan de un soporte discursivo que las acompañen para ser comprendidas."

    Osea que hay un ataque de prácticas llamadas conceptuales a la pintura. Cuando justamente las prácticas conceptuales surgieron en ocasiones de una pregunta de la propia pintura. Y han sido pintores (como On Kawara) los que más han precipitado una reflexión sobre la pintura… lo que en realidad hablaría de la buena salud de la pintura. Si es que admitimos que hay una cosa que es pintura y otra que son otras cosas, cuando todo es arte.

    Por otra parte no sé de donde sacan que esas obras son conceptuales. Quizá son multimedia, pero conceptuales no sé porque. ¿Acaso porque trabajan sobre ideas y conceptos? Ya puestos a ser evidentes, Velazquez o el propio Turner también trabajaban sobre ideas.

    Y finalmente no sé de donde sale que hace falta un libro de instrucciones para esas obras "conceptuales". ¿Presupone que la pintura no lo necesita? ¿o es que está hablando de una idea difusa de la belleza? Aunque no sé donde está la dificultad: una flaca sentada en un retrete rodeada de objetos de consumo no sé si necesita más explicación que una marina. Simplemente se trata de saber leer las imágenes, imágenes contemporáneas de otra parte.

    Así que estaría bien que el periodismo cultural (salvo contadas excepciones) cuando habla de arte que se informase un poco más. ¿O acaso cubrirían una noticia en otro ámbito con la misma tendenciosidad? Lo peor es que también… pero ahí ya hay otras policías.

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    La curaduría como medio - Lourdes Morales, Javier Toscano y Daniela Wolf

    Posted: 1-October-2008, 9:25pm CEST by salonKritik

    Originalmente en Laberinto

    foootUntitled-1.jpg I. Sobre la curaduría La curaduría es un franco derivado de la complejidad del ámbito artístico contemporáneo. Los primeros curadores en el sentido actual del término parecen haber sido los que, al contrario de ciertos críticos, dejaron de preguntarse si algo era arte para entender una obra desde la complejidad de sus relaciones, desde el sentido de su producción y hacia el acervo alegórico que cada una construía con obras contiguas y coetáneas. El curador no fue un nuevo actor de la escena artística, fue una nueva función que iba a contracorriente de la excesiva especialización y la división del trabajo. Se convirtió en un intermediario más por necesidad que por afición, un entusiasta semiprofesional que iba atando cabos sueltos, que marcaba itinerarios para “ires y venires”, que iba urdiendo poco a poco una producción simbólica a partir de fragmentos y retazos.

    Entendido como una función dinámica, el término “curador” es más un adjetivo que la nominación de una profesión. Hay artistas curadores, gestores curadores, entusiastas curadores, devotos curadores y hasta fanáticos curadores. Quizá estos últimos son quienes asumen la función bajo un esquema productivista que no tarda en caer en la neurosis y se ungen como legisladores del ámbito artístico. Es en esta actitud —facilitada por un medio pre-dispuesto a los excesos individuales— más que en una práctica real, donde se despliega el curador como un ser de excepción, un demiurgo —como anota Reyes Palma— cuyos atributos se concretan a estar dotado de omnisciencia (es decir, al tanto de conjuntos totales), omnipresencia (permanecer en constante movimiento) y omnipotencia (poseer un control total sobre su materia de creación). 1

    El gran arte clásico —y sus derivaciones modernistas— no necesitó de curadores porque se planteaba desde la voluntad de sus patronos. El arte contemporáneo, dispuesto desde las estructuras socioeconómicas del mundo actual, se acerca a la mundanidad de experiencias particulares, minúsculas, dispersas.

    Así, la especificación de la tarea curatorial es ambigua, y más que llevarnos a un centro reconocible, nos suspende en un borde de amplia circunferencia donde concurren otros complejos de prácticas artísticas, donde se acumulan productos y experiencias, se construyen nombres y se vinculan individuos, y en fin, se eslabona cuidadosamente uno más de los finos engranajes que conforman la industria de la cultura.

    En 1942 Marcel Duchamp montó una exposición organizada por Breton en Nueva York: Mile of string (Milla de cuerda). Una milla de cordel blanco se tejía en un espacio donde se mostraban cuadros del grupo surrealista. Pero “mostrar” es aquí un decir, porque el hilo dispuesto por Duchamp bloqueaba el paso, pero sobre todo la mirada, hacia los distintos trabajos. La museografía de Duchamp se convertía así en una verdadera instalación que incorporaba las piezas de sus colegas en un proceso experimental no del todo claro, pero a todas luces sugerente.

    En 1990, en medio del debate sobre la disposición de fondos públicos para el arte en Estados Unidos, Joseph Kosuth creó una obra en torno a la censura a partir del conjunto de la colección permanente del Museo de Brooklyn. The play of the unmentionable (El juego de lo inmencionable) —nombre del proyecto-intervención-obra-curaduría— yuxtaponía piezas artísticas que a lo largo de la historia habían sido cuestionadas por motivos políticos, religiosos o sexuales, subrayando la subjetividad del gusto y las tendencias hacia la censura y la iconoclastia a partir de juegos simbólicos determinados.

    La función curatorial, que varios individuos más conocidos bajo la función de artista han asumido en la historia del arte, implica un acto de creación. Creación de sentido bajo el signo de una producción simbólica reconstituyente. Procesamiento de enlaces, descentramientos, goznes y derivas, quizá hasta détournements y emplazamientos de zonas autónomas temporales, dependiendo de capacidades e intereses. La curaduría es la más reciente de las prácticas creativas en un ámbito a veces inconexo, a veces inerte, a veces superfluo y a veces atónito frente a la capacidad intrínseca de transformación del mundo.

    Los riesgos de la producción simbólica son muchos, pero los conocemos porque nos son familiares en el ámbito de la industria cultural: los curadores pueden ser hábiles orquestadores cuya ambición, apoyada en la mistificación de su tarea, los lleve (a ellos mismos o a quienes con ellos trabajan) a sobrevaluar sus teorías como totalidades en práctica y sus elaboraciones como territorios donde han conseguido domesticar la diferencia y el desencuentro. El curador no está exento de las tentaciones del poder, sus representaciones de intercambio cultural pueden aludir a un pretendido ideal democrático, sus ensambles equiparar el libre flujo de artefactos culturales con el movimiento mercantil. El curador, cuando se torna global y naturaliza su práctica sin embalajes, se torna sospechoso.

    La función curador no tiene aún sustantivación concreta ni genealogía definida. Pero, más que adaptarla al mundo de simulacros que es el arte, está en nuestras manos significarla, dislocar las estrategias a las que pretende ajustarse, asistir a los procesos de creación de sentido y mantener en jaque esa constante tentación de mistificar tan compleja figura, a veces tan poco digna de confianza.

    II. De la curaduría como medio de resistencia

    El curador que resiste entreteje narrativas de tal modo que ofrece nuevas posibilidades de coincidencia entre el pensamiento y la experiencia. Cuando la narrativa expele un nuevo sentido sobre la realidad, el proceso de resistencia comienza. La curaduría como resistencia forma a veces un cuento y otras un acontecimiento. La diferencia entre ambos no importa. Lo que trasciende de una propuesta es la posibilidad de una nueva gramática que retuerza la manera en que nos aproximamos a las cosas, que la retuerza hasta encontrar otra manera. Y no es cuestión de novedad, sino de retorcimiento, del ejercicio que pueda implicar hacerse cargo de los “sin-sentidos”.

    Creemos que vivimos en un mundo real del cual tomamos referencia para entender lo que somos. Pero escuchar el cuento de lo real como un marco inamovible es vivir encerrado en la narrativa de alguien más, es ordenar el mundo y disponerlo para el poder que lo gesta y lo cuenta a su modo. El sujeto puede soltar las sujeciones si sabe reconocer la fábula de la Ley y más aún si sabe que en la enunciación se encuentra su poder como individuo político. La garantía del poder civil reside, en gran medida, en la capacidad lúdica de pensar la experiencia. Resistir es entender la levedad oculta por un mundo dado. Ni el mundo ni lo real sufren de la pesantez inscrita en lo inamovible. Poner en movimiento una narrativa es trazar una línea de fuga, un espacio exotérico que pueda debatir la hegemonía y su discurso.

    Digamos que la actividad del curador podría caer en el adjetivo de lo facticio. Podemos entender este término como lo artificial, pero también como lo cita Rancière: “lo que es sin necesidad y lo que queda por hacer” 2. La presencia de una naturaleza absurda o de una cuota de ficción táctica que tal vez sirva de estrategia. Lo facticio de la curaduría busca crear ruido en la melodía de lo cotidiano. La curaduría como resistencia promueve así narrativas facticias, propone lo mundano como un sistema cambiante, inestable, y no como marcas indelebles en la subjetivación. Lo mundano del arte contemporáneo, la confusión de sus medios en lo cotidiano —la utilización de un mingitorio y no de un lienzo— es posibilidad de los iguales, es la devolución de la imagen, la perfecta contestación al juego de los roles que requiere de un sujeto enajenado.

    La curaduría como resistencia se plantea entonces como un medio, un dispositivo de interferencia con lo real que busca retorcer la experiencia. La curaduría como resistencia detiene a los ideólogos de la pura sensación, afronta la ilegitimidad con que se sostiene que lo divino es divino perpetuamente y válido para todas las épocas y lugares. La resistencia es nombrar una y otra vez nuestro mundo. Es jugar en el campo de lo simbólico sabiendo que es el valor de la experiencia lo que se apuesta.

    La dificultad para transmitir un mensaje es aquí potencia. Fuerza opositora al movimiento de la máquina. La curaduría como medio: interfiere.

    1.- Cf. Reyes Palma, Fco. El curador, figura de fusiones, silencios y saturaciones. INBA y Estampa Artes Gráficas, México, 2005, p. 7.

    2.- Jacques Rancière. En los bordes de lo político. La Cebra, Buenos Aires, 2007, p. 121.

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    Partir de cero: Jonh Cage - Vivian Abenshushan

    Posted: 1-October-2008, 2:56pm CEST by salonKritik

    Originalmente en Replicante

    Darnos cuenta de que no poseemos nada, esa es nuestra poesía.
    J.C.

    grl_tudor046.jpg Cuando tenía quince años mi padre me prestó un librito del compositor estadounidense Aaron Copland sobre Cómo escuchar música (música “clásica” o “culta” se entiende, ese tipo de música para la que uno se tiene que educar), en el que introducía algunos conceptos fundamentales como armonía, timbre, contrapunto… También explicaba la diferencia entre sonata, sinfonía, concierto y daba ejemplos de algunos referentes de la música occidental como Bach, Mozart y, a veces, el propio Copland. Aunque estaba escrito con un estilo, digamos, amigable y festivo, un estilo como el de la música de Copland, aquellos conceptos perduraron poco tiempo en mi memoria. Y, sin embargo, yo escuchaba música. Lo hacía con frecuencia desde que era niña, sobre todo los domingos por la mañana cuando mi padre encendía el tocadiscos de la sala, tomaba un trinche de carnes frías en la mano y con ella dirigía, en calzoncillos, a una orquesta invisible. Scarlatti, Schubert, Schumann, Saint-Saëns, Mahler, Rachmaninoff, Shostakovich, Prokofiev (los rusos me gustaban espe-cialmente). Alguna vez puso a Xenakis. Pero jamás lo vi dirigir una pieza de John Cage.

    Aunque es común encontrarlos reunidos en CDs del tipo The Contemporary American ‘C’, donde aparecen como los compositores distintivos del estilo estadounidense, es probable que no exista nada más antagónico en la historia de la música moderna que la obra de Copland (Brooklin, 1900) y Cage (Los ángeles, 1912). De un lado, el héroe de la armonía inconfundible (pienso en El Salon México, en Billy the Kid, en toda la música que escribió Copland para el cine); del otro, el niño salvaje que propagó la desarticulación del lenguaje musical (la armonía y la tonalidad: ¡al cesto!) y buscó extinguir con sus procedimientos las nociones de estilo y composición (es decir, de cualquier cosa que fuera inconfundible). De hecho toda la estética, el pensamiento y la vida personal de Cage no son más que una permanente demolición del tipo de cosas que representaba Copland, es decir, una tradición en ruinas.

    Es sabido que a partir de su encuentro con la filosofía oriental y el budismo zen en la década de los cuarenta, Cage vivió un proceso de alteración profunda que desembocó en una de las concepciones musicales más radicales del siglo pasado: la sustitución de la expresión (ese “asunto europeo fundado en el ego y el juicio de valor”) por la no-intención, la contingencia y la indeterminación. En otras palabras: la renuncia total al control de la obra. Cage proponía situarse fuera del círculo del universo conocido, alejarse de toda servidumbre mental, para descubrir una música hasta entonces inexplorada, ajena a la subjetividad, el gusto, la memoria, esos caminos recorridos hasta el hartazgo por Occidente, que sólo parecían conducir a la repetición y la parálisis. Para Cage el compositor debía ser un intérprete, alguien que formula preguntas y luego desaparece. Por ejemplo: ¿cómo cruzar el callejón sin salida provocado por veinte siglos de teoría musical decantada? Esa era la pregunta constante de Cage, una inquietud que sólo encontró respuesta en el zen: “La música está ahí antes de ser escrita.” Es decir, la música debe ser emancipada de las notas, los instrumentos musicales, la partitura, el espectador pasivo y, sobre todo, del autor. Para alcanzar ese estado de no-intervención –el momento en que la personalidad creadora se disuelve en nada–, Cage desarrolló un complicado sistema de creación frotuita, usando el I Ching y otros métodos aún más heterodoxos (las imperfecciones del papel, el empleo de mapas celestes) para deteminar las coordenadas formales de sus piezas.

    Un ejemplo: Apartment House 1776. En cierta ocasión le comisionaron una pieza para conmemorar el bicentenario de la Independencia. La pregunta era: ¿cómo crear algo early American (el tipo de música neoclásica que le gustaba a Copland en su juventud), pero sin toda esa tonalidad armónica que le resultaba insoportable? A través de operaciones determinadas por el I Ching, Cage se dedicó a desmembrar cuarenta y cuatro piezas corales de un tal William Billings, un compositor de la época. Sustrajo una serie de notas de los originales, extendió las notas restantes y luego agregó largos silencios en los vacíos que se habían creado por las notas desaparecidas. Lo que quedó fue la ironía de una música cercenada: “En Apartment House 1776 –escribió— es posible reconocer la música del siglo dieciocho, pero con un repentino brillo que no tenía. Todo eso gracias a que cada sonido vibra por sí mismo… La cadencia, la sintaxis y todo eso que proviene de la teoría se ha ido; sólo quedan una serie de maravillosas superposiciones.”

    Cage pensaba que si la sintaxis, la forma en que se organiza una frase, es idéntica a la forma en que se organiza un ejército (una idea que tomó de su amigo Norman O. Brown, un pensador anarquista de los sesenta), era necesario desmilitarizar el lenguaje. ¿Cómo? Desconociendo todo principio de propiedad intelectual. Del mismo modo que hizo con Billings, Cage saqueó en más de una ocasión la obra de otros para aniquilar su sintaxis. (Secuestrado el autor, la obra podía sublevarse.) Así fue como se convirtió en el intérprete visionario del Finnegans Wake de James Joyce, otro quebrantahuesos del idioma a quien consideraba su espejo gemelo. La idea era producir a nivel acústico lo que Joyce había conseguido a nivel de la escritura: convertirla en una zona minada, toda deformación, simultaneidad babélica, berridos, juegos de palabras, nonsense. Concebida en 1979, Roaratorio: An Irish Circus on Finnegans Wake es uno de los mecanismos más complejos y monumentales de la vastísima, y siempre cambiante, obra de Cage, un denso magma de palabras y sonidos superpuestos, atomizados, vibrando por sí mismos, en absoluta anarquía. Como si se tratara de las pistas de un circo donde suceden todo tipo de cosas todo el tiempo, la pieza consiste en tres registros simultáneos: un collage abrumador de 2,293 ruidos (truenos, explosiones, puertas, cristales rotos, gatos) y ambientes sonoros obtenidos in situ a partir de los lugares nombrados en la novela; una serie de baladas y música tradicional irlandesa grabada con distintas intensidades, como si saliera de las ventanas de un pub y se mezclara a lo lejos con el ruido de la ciudad, y, en primer plano, la voz de Cage haciendo una lectura –que es en realidad un bufido, un escupitajo, un canto— del Finnegans Wake, o mejor, de lo que quedaba de él después de haber sido desintegrado por un mecanismo al que Cage llamó mesostics, y que consistía en aglutinar palabras al azar alrededor de un acróstico:


    PftJshute
    sOlid man
    that the humptYhillgead of humself
    is at the ckoCk out
    in thE Park

    El resultado es inquietante, multitudinario y absurdo, como el ruido mental de una larga borrachera. La interpretación de Cage (en el doble sentido, musical y hermenéutico) es exacta, porque es creativa. Roaratorio es el Finnegans Wake convertido en experiencia, sin necesidad de traducción. En ella, como en toda la serie de Circus que produjo en las últimas décadas del siglo pasado (que también fueron las últimas de su vida), se concentran de manera prodigiosa sus identidades sucesivas: el músico-filósofo, el ácrata, el clown, el artista omnívoro (happening, pintura, danza, teatro), el creador de mecanismos sonoros que ampliaron la sensibilidad musical más allá de los instrumentos consabidos (cut-ups, poesía sonora, música electrónica, live). Desde 1940 cuando inventó el “piano preparado” (implante de gomas, rines, maderas y clavos en las cuerdas del piano, convertido así en orquesta de percusiones), Cage enfrentó el vacío de una cultura convencional asomándose al futuro, un espacio donde prevalecería –ese era su deseo—la multiplicidad, la atención descentrada y la simultaneidad caótica. Otra cosa: junto con Joyce, trastornó el curso de la creación contemporánea al convertir nuestra experiencia mundana en experiencia estética.

    Escuché a Cage por primera vez hace cuatro años, en la calle. Era domingo por la mañana, la ciudad estaba vacía, yo buscaba departamento en bicicleta (necesitaba mudarme). Sin tráfico, sin ruido, sin nada qué hacer, las calles parecían las de una ciudad distinta. Aquel silencio me perturbó; a través de él se podía escuchar, con una nitidez estereofónica, lo que sucedía en los interiores: trastes, discusiones, niños. Había algo más: la gente escuchaba música (sobre todo música clásica) a todo volumen. Era domingo por la mañana, la hora de los hombres e