
Diego Silveiro establece las coordenadas necesarias, ocultas e imperceptibles de un tramo de costa lucense a través de una serie de bloques pétreos, tallados sin concesiones por este hacedor de formas. Huye de la trampa, de la materia aleatoriamente dispuesta en la Naturaleza en tanto síntoma de perdida de la fe, enfrentando la roca natural con el producto artificial mediante un montaje que pone de manifiesto la banalización de la relación entre lo urbano y el discurso rural/utópico. Silveiro pone en entredicho la invasión urbanisitica, el gigante entramado estructural que desborda la costa, a través de formas deliberadamente poéticas, en un deseo de hacer confluir dos mundos, el primitivismo lucense y la nueva estética del hormigón invasivo como conflicto contemporáneo.
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¿Qué mareo no?
Diego Silveiro no existe y lo que veis en la fotografía son unos dolos en San Ciprián/San Cibrao, costa de Lugo, que se llevaron hace unos años para servir de contención. Nunca se llegaron a utilizar, y ahí quedaron abandonados, incluso por el monte. La fotografía la tomé el año pasado, me extrañaron muchísimo. Esa crítica por tanto es falsa, sin sentido. He llenado esas diez lienas en cinco minutos y nadie puede negar nada de lo escrito. Bla bla.
Es esa literatura vacua que tanto agobia y secuestra catálogos, libros o críticas de Arte Contemporáneo. Llenar lineas, decir nada, y a ver quien puede contradecir o siquiera comprender algo. Que sea sesuda, muy sesuda. He leído hoy en Babelia una
crítica a mi obra favorita de Juan Muñoz The Waste Land que me ha dejado bastante aturdido, palabreria. Hay que poner empeño, releer los párrafos, darle la vuelta, mirar el diccionario, salir a tomar aire, pero nada, no sale. Otra incomprensible y ególatra crítica.
Y ya que estamos, atención a esta otra que también he leído hoy sobre una performance de Ariel Orozco,
firmada por Héctor Antón (negritas mías):
"En los disturbios del mayo del 68 francés, los estudiantes arrancaban los adoquines de las calles del Barrio Latino y se los tiraban a la policía gritando la proclama: Debajo de los adoquines, la playa. Este era el símbolo del poder de la libertad contra la rigidez y la censura estatal. Después de sofocada la rebelión, el gobierno regido por el General Charles De Gaulle dictó una ley que prohibía arrancar adoquines de la calle. Otorgándole a la acción la categoría de un delito, esta se castigaba con grandes multas y hasta con la reclusión.
A partir de estos hechos y de que orinar en la vía pública está más o menos prohibido, Ariel extrajo de manera clandestina un adoquín de una avenida de París. Más tarde, llenó el espacio vacío con orina. El resultado es una intervención ilegal donde tanto lo sólido como lo líquido poseen una connotación efímera. Es decir, que el olvido de los abusos del pasado se equipara con la intolerancia del presente. Entre el objeto y la acción, el saldo de la combinación es una escultura como recipiente de la ilegalidad. El mutismo de la obra se revierte en una abstracción política, renuente a la afirmación o negación de la anécdota como pretexto reflexivo.
De la instrucción al objeto incógnito"
Vale.
Me lo haré mirar.
También de El Pais:
La Critica de arte y su próxima desaparicióny para compensar en SalonKritiK una
crítica muy buena de una Exposición de...
Juan Muñoz.