El otro día fui a Sevilla por motivos de trabajo, ya que estoy preparando un capítulo de un estudio colectivo que edita la Universidad de Jaén sobre la Guerra de la Independencia en Andalucía, ¿adivinan que parte me toca a mí?, como no podía ser de otra forma, el desarrollo de la pintura andaluza en los años en que se desarrolla el conflicto bélico franco-hispano.
Así, visité el Museo de Bellas Artes de Sevilla, y como siempre es una gozada recorrerlo, principalmente por el contraste en comparación con los "mastodontes" de Madrid (Prado, Thyssen o Reina Sofía), resulta curioso la tranquilidad que se respira en sus dependencias, más si tenemos en cuenta que es la segunda pinacoteca de España por calidad de sus telas. ¡Eso de poder visionar las obras sin ningún tipo de interferencias, no tiene precio!
He visitado este museo en infinidad de ocasiones, siempre con el afán de ver los Murillos, los Valdés Leal, los Zurbaránes, los Domingo Martínez, etc., pero nunca me había parado a ver la sala dedicada al siglo XIX y XX, donde me sorprendió sobre manera la obra de las que le voy a hablar,
Las Cigarreras de Gonzalo Bilbao.
Como decía, me quedé impresionado por esta obra del pintor sevillano
Gonzalo Bilbao, que al contrario de lo que he leído en algunas publicaciones, no es representante del costumbrismo sevillano que cultivaron los Bécquer, los Cabral Bejarano, Manuel Rodríguez de Guzmán, Escacena o Manuel Barrón; Bilbao pertenece a una o dos generaciones posteriores, desarrollará su obra en el último tercio del XIX y gran parte de las tres primeras décadas del XX, en una corriente plenamente regionalista (concepto que matiza y mucho al de costumbrista, ya lo explicaré algún día) como tantos otros pintores de la época que alcanzaron un éxito rotundo, por ejemplo Sorolla con sus
Visiones de España de la Hispanic Society.
El tema en cuestión, refleja una tradición sevillana: la
Real Fábrica de Tabaco, cuya repercusión en la vida cotidiana de la capital andaluza ya despertó la curiosidad de Merimée, que en un tono romántico e idealizado nos la describía así:
"Sabrá, señor, que hay de cuatrocientas a quinientas mujeres empleadas en la fábrica. Son las que lían los cigarros en una gran sala, donde los hombres no entran sin un permiso del Veinticuatro, porque cuando hace calor, se aligeran de ropa, sobre todo las jóvenes.
A la hora en que las obreras vuelven después de comer, muchos jóvenes van a verlas pasar y se las dicen de todos los colores. Pocas de ellas rehúsan una mantilla de glasé, y los aficionados a esa pesca no tienen más que agacharse para coger el pez".Esta escena, sacada de la
Carmen de Merimée, dista mucho de acercarse a la realidad, imaginen sólo por un momento el olor que debía de haber en esa gran sala repleta de empleadas sudorosas, aunque también entiendo que los hombres de la época se volvieran literalmente locos por ver esto y obviaran las cuestiones olorosas, que tan poca gracia me hacen, ya que al contrario que nosotros, ellos no podían ver tantas mujeres como quisieran con un solo click al botón derecho del ratón. Lo dicho mejor no imaginen los dichosos olores, que para eso tenemos las descripción mucho más realista y seca que realizaba Richard Ford:
"Los fabricantes de puros en España son, de hecho, los únicos que trabajan de verdad. Los muchos miles de manos que se emplean en esto en Sevilla son principalmente manos femeninas: una buena obrera puede hacer en un día de diez a doce atados, cada uno de los cuales contiene cincuenta cigarros puros; pero sus lenguas están más ocupadas que sus dedos, y hacen más daño que los puros. Visítese el local.
Muy pocas de ellas son guapas y, sin embargo, estas cigarreras cuentan entre las personas más conocidas de Sevilla y, forman clase aparte. Tienen fama de ser más impertinentes que castas; llevan una mantilla de tira especial, que está siempre cruzada sobre el rostro y el pecho, dejando sólo la parte superior, o sea sus facciones más pícaras, al descubierto.
Estas damas son objeto de un registro ingeniosamente minucioso al salir del trabajo, porque a veces se llevan la sucia hierba escondida de una manera que su Católica Majestad nunca pudiera haber soñado."
No obstante, la descripción más cercana a la obra que estamos analizando es la que realizó en 1873 el escritor italiano Edmundo Amicis:
"Las operarias se hallan casi todas en tres grandísimas salas, dividida cada una por otras tantas filas de columnas. La primera impresión es soberbia; a un mismo tiempo aparecen a la vista 800 mujeres sentadas alrededor de las mesas de trabajo; las que están lejos ya confusas, y las últimas apenas visibles.
Son todas jóvenes, pocas niñas: 800 cabelleras negrísimas y 800 rostros morenos de las varias provincias andaluzas, desde Jaén a Cádiz y desde Granada a Sevilla. Se oye un estrépito como el de una plaza llena de pueblo.
De la puerta de entrada a la salida, en las tres salas, están llenas las paredes de sayas, mantillas, pañuelos y faldas, y, cosa curiosísima, todo aquel conjunto ofrece dos colores dominantes, ambos continuos, uno sobre otro, como los colores de una larga bandera: el negro de las mantillas encima y el rojo y rosa de las sayas debajo. Las muchachas vuelven a ponerse aquellos vestidos antes de salir; para trabajar visten una ropa más ordinaria, pero igualmente blanca o colorada.
Como el calor es insoportable, se aligeran todas lo más posible; por manera que entre aquellas 6.000 apenas habrá unas 50 de quienes el visitante no logre contemplar a su antojo el brazo, el escote o parte de las espaldas. Hay caras lindísimas, y aún las que no lo son tienen algo que solicitan las miradas y se imprime en la memoria: el color, los ojos, las cejas y la sonrisa...
De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de la picadura, y por todas partes se ven sayas de color vivo, trenzas negras y ojazos inmensos. ¡Cuantas historias de amor, de celos, de abandono y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!
Al salir de la Fábrica parece verse durante largo rato y por todas partes pupilas negras que os miran con mil expresiones de curiosidad, de enojo, de simpatía, de alegría, de tristeza y de sueño."
Las Cigarreras (1915) de Gonzalo Bilbao describen precisamente eso de lo que hablan los escritores citados, de una jornada de labor más en la Fábrica de Tabacos de Sevilla, pero las reminiscencias velazqueñas procedente de
Las Hilanderas y el estilo suelto, a base de una pincelada rápida y muy empastada, le dan a esta obra un sello especial.
El motivo principal de la obra y que articula la misma, se encuentra en primer plano, donde una joven madre amamanta a su hijo rodeada de otras operarias que asisten a esta acción con regocijo. Independientemente, de esta escena anecdótica, nos adentra en el mundo laboral de las cigarreras que abarrotaban esas inmensas naves que se pierden en el fondo por el conseguido efecto de perspectiva, destacando el desparpajo y gracia con que las retrata, barnizadas de un espectacular uso de la luz.
Les animo a visitar esta obra que no les dejará indiferente, ya que las reproducciones no hacen honor a su calidad. Arte en la red