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Las bibliografías de estética están embarradas de intentos desesperados de contestar a la pregunta «¿qué es arte?» Esta pregunta, a veces confundida más allá de toda salvación posible con la que interroga «¿qué es buen arte?», se hace mas aguda en el caso del arte encontrado -la piedra recogida en una carretera y expuesta en un museo- y se agrava aun mas con el desarrollo de las formas de arte llamadas ambiental y conceptual. ¿Es obra de arte un parachoques de un coche, todo retorcido, que se expone en una galería de arte? ¿Qué cabe decir de algo que ni siquiera es un objeto, y que no se expone tampoco en una galería o en un museo, como podría ser, por ejemplo, el cavar un hoyo en Central Park y luego taparlo, como prescribe Oldenburg? Si tales cosas son obras de arte, ¿lo serán también todas las piedras de la carretera, todos los objetos y todos los acontecimientos? Y si ese no es el caso ¿qué es lo que diferencia lo que es arte y lo que no lo es? ¿Será arte porque así lo denomina un artista o porque está expuesto en una galería o en un museo? Ninguna de estas respuestas es muy convincente. Tal como comentábamos al comienzo, parte de los problemas nacen de plantear una pregunta equivocada, de no aceptar que una cosa puede funcionar como obra de arte en algunos momentos y no en otros. En los casos más cruciales, la pregunta pertinente no es «¿qué objetos son (permanentemente) obras de arte?» sino «¿cuándo hay una obra de arte?» o, por decirlo mas en breve, y con el título del capítulo, «¿cuándo hay arte?».
"El perfil de lo andaluz se fue modelando desde el siglo XVIII a partir de la visión que la burguesía europea tuvo de sí misma. Andalucía fue ante todo un mito burgués, tanto como Italia lo había sido de la aristocracia. La apariencia de sus viajeros, el consumo de sus imágenes por el público europeo y los nuevos medios de difusión artística, primero con el desarrollo de la litografía y, avanzando el siglo, del daguerrotipo, permitieron rápiamente la divulgación a gran escala, como pocas veces había pasado en la historia, de sus principales monumentos y de sus tipos populares. Frente a lo que sucedió en otros países, Andalucía consiguió vender a Europa su cultura popular basada en sus trajes tradicionales, sus escenas singulares, sus tipos de costumbres y sus principales ciudades. Sus edificios llegaron a ser tan populares que se construyeron copias en Londres y en París, para que el público pudiese disfrutar de su contemplación.
Todo ello permite deducir que la imagen de Andalucía que ofrece el arte no sólo obedece a una necesaria simplificación perceptiva, sino que, evidentemente, a fuerza de reiterar esta visión, sobre todo en los nuevos espacios de ocio y cultura de mediados del siglos XIX, como fueron las exposiciones universales, la percepción de lo andaluz se volvió aún más fantasiosa e imaginativa. Y siempre descontextualizada y sometida a una simplificación que, como todas, tienden a empobrecer su auténtica realidad cultural."
MÉNDEZ RODRÍGUEZ, Luis, La imagen de Andalucía en el arte del siglo XIX. Sevilla: Centro de Estudios Andaluces, 2008. Pp. 162-163.


No obstante, hace unos meses la editorial Cátedra publicó una obra completísima y de mucha calidad que recomiendo encarecidamente: Diccionario visual de términos arquitectónicos, válida tanto para aficionados como para profesionales, donde en cada entrada se analizan en profundidad los términos, con ejemplarizantes ilustraciones y relaciones entre los distintos conceptos.
Gracias Juan Diego.

Cuando imagino suicidarme por una llamada telefónica que no llega, se produce una obscenidad tan grande como cuando, en Sade, el papa sodomiza a un pavo. Pero la obscenidad sentimental es menos extraña, y eso es lo que la hace más abyecta; nada puede superar el inconveniente de un sujeto que se hunde porque su otro adopta un aire ausente, mientras existen todavía tantos hombres en el mundo que mueren de hambre, mientras tantos pueblos luchan duramente por su liberación...
Roland Barthes.