
Ahora mismito está oliendo a lejía a través de mi balcón. Y no se oye ni una mosca. Alguien debe de estar lavando sus interiores (o a lo mejor sus exteriores) en silencio absoluto. Es lo que tienen las noches de los jueves en tiempos de incertidumbre: huele a lavado y ni los quinquis se atreven a protestar.
Creo que estaría mejor en Salamanca, en ese hotel tan divertido detrás del mercado, o a lo mejor en Compostela, dándoles de comer a los palomos en la Alameda (lo cual no es sino una forma de hablar) o en Mérida, tal vez, tomando los vinos con mis parientes aunque no sé bien dónde porque hace dos décadas que no voy. Aquí no hay quién viva. Un vecino, seguramente víctima de Ikea, parece que está montando un armario zapatero pero en sordina. Un breve golpecito cada tres minutos y nada más. El cascar de un huevo contra la escudilla (mi otra vecina, víctima de sí misma y votante de Esquerra Republicana de Catalunya). El batir de ese huevo y otra vez el silencio y posiblemente la sinrazón.
Acabo de leer que a Art Lisboa acuden solamente 42 galerías y eso debería (de) considerarse un desastre. Aunque a lo mejor no. Más o menos buenas galerías pero ¡sólo! cuarenta y dos. Carla Bruni va a grabar un tema de David Bowie, están sonando las diez en mi campana mayor, la de la Catedral cercana (íntima, excesiva) y seguramente las otras vecinas silenciosas, las del convento de las carmelitas, estarán elaborando, en silencio sepulcral, una vigilia a Santa Teresa. Que ya no sé si eso se estila. El señor obispo, tan amable y también vecino, seguramente estará viendo la película de George Clooney, que hace un rato que ha empezado, y el otoño no nos va ofreciendo más que unos cuantos níscalos y esa dejadez previa al Adviento.
Recuerda cuando nada sonaba a nada. Pero ¡era divertido!

Marc Chagall
Chema Madoz
José Saborit


