
Leonardo Da Vinci, El feto en el útero. 1510.
Hace mucho tiempo, hubo un día en que odié por primera vez y hasta lo más profundo de mi ser el hecho de haber estudiando artes plásticas.
Fue, hace casi diez años, en una de mis clases de teoría del arte en la universidad de Estrasburgo, Francia. El tema del curso no fue la causa, aunque era típico y se repite hasta el día de hoy en los medios académicos. La profesora no paraba de entretejer una madeja somnífera de citas de "W. Benjamin", "Adorno", "Foucault", "Lacan", "Kristeva" etc. Es decir, citaba toda una serie de nombres que en cualquier discurso filosófico incoherente, actúan como destellos orgásmicos o clímax que logran bañar de profundidad las idioteces más severas.
Pero dejando a un lado los gustos de la profesora, hubo un momento particular en ese curso que cambió definitivamente mi manera de entender las artes plásticas:
Fue el día en que una compañera, en una exposición que debía realizar, nos hizo presenciar lo que en esa época era la última novedad de la vanguardia artística mundial. La muchacha mostró las diapositivas de un artista chino que en la cúspide de su carrera, se presentaba a sí mismo, en su cocina, junto a la estufa, fritando y comiéndose un feto humano, como si se tratara de un pedazo de pollo crocante.
Ver esas fotografías perturbadoras bajo el rotulo de "obra de arte" me produjo un diciente malestar que se fue transformando, poco a poco, en una aprehensión de espanto y pánico. Dicho sentimiento se apoderó de mi por largo tiempo.
En esa época yo era un estudiante de maestría, algo ingenuo. Me era todavía difícil entender las maniobras de agentes poderosos que con las imágenes juegan a inocular venenos en la psicología de los demás, para lograr reproducirse en sus víctimas.
Aquellas imágenes poderosas cumplieron en mí su cometido. Tal vez por el hecho de encontrarme frágil, en un país extranjero, en esos días comencé a tener visiones demoledoras: al caminar por la calle, no podía parar de pensar ¿por qué había estudiado artes si ESO era el arte hoy?.
Miraba entonces hacia el piso y sobre las aceras veía las cacas malolientes de los perros. Entonces deprimido saltaba de repente a mi mente la imagen repetitiva de mi rostro retorciéndose embadurnándose de esa mierda.
Fue entonces cuando odié profundamente haber estudiando artes plásticas.
La lucha interna que afronté duró varios años. Esa y muchas otras razones me llevaron a profundizar en campos como el psicoanálisis, la teología y la historia del arte. Al mismo tiempo pintaba obras religiosas por las noches en una buhardilla. Quería encontrar algo mas allá, buscaba un camino fecundo y trascendente que parecía haberse perdido para siempre en las artes contemporáneas dado su afán pueril de transgresiones.
Fue así como encaminé mi investigación artística hacia lo que consideraba las más nobles causas. Comencé a interesarme por las cualidades positivas del espíritu creativo del ser humano. Leí los principales textos de los más antiguas religiones, me introduje en los mitos de los orígenes y en las ciencias esotéricas. Comencé a asistir a sesiones de psicoanálisis y de budismo Zen.
Poco a poco recuperé la calma y entendí qué era el arte para mí y qué no lo era y por qué.
Las imágenes del chino fueron así perdiendo su fuerza psicológica en mi inconsciente, aunque continúan siendo repugnantes a la vista.
La opinión de un amigo de letras sobre esa obra también me ayudó bastante a recobrar la tranquilidad. Un día en su auto esperábamos en un semáforo cuando, buscando su opinión, le comenté la "obra" del oriental. Mi amigo, un hombre viejo y supremamente cultivado me escuchó atentamente. Luego, sus palabras bastante ofuscadas fueron las más acertadas de todas : .- Son unos hijos deputa - dijó - las estructuras psicológicas de las personas son algo muy delicado, lo que son es unos hijos de puta - repitió firmemente, con el seño algo fruncido y con una seguridad imperturbable mientras miraba hacia el frente.
















