EXÁMENES A LA VISTA
Hace unos días los célebres niños de San Ildefonso se desgañitaban cantando los números premiados de la lotería de Navidad. En ese preciso momento a unos pocos afortunados les cambiaba la vida; es de imaginar, en algunos casos, que un variado abanico de términos, probablemente nada amables, bullían en sus cabezas y se organizaban para ser vomitados con violencia sobre los rostros de sus respectivos jefes, superiores, encargados... al día siguiente. Ya iniciado el año 2009 y el mismo día de Reyes, un suceso similar tenía nuevamente lugar, último bote salvavidas para los que, como el perro de Goya, se encontraban semihundidos, pero en esta ocasión en el oscuro pozo de la pobreza causada por el azote de un Atila con forma de euro. Sin embargo, para muchos estudiantes queda otra cita este mes con un tipo de lotería bien distinta, los exámenes de ?febrero?, que se inician antes de lo habitual.
Algunos quizá se rasguen las vestiduras pero no nos engañemos, un
examen tal y como está planteado en la actualidad es posiblemente una de las formas más arbitrarias e injustas de valorar los conocimientos de un alumno y, en muchos casos, dependiendo como haya sido planteado por el docente, la suerte juega un papel fundamental. Algunos opinarán que si nos supiéramos la lección de
pe a pa nada tendría que ver la suerte a la hora de enfrentarnos a un examen. Eso está bien para recitar las tablas de multiplicar en el colegio o para aquellos que no tuvieron más remedio que engullir la lista de los reyes godos para luego cantársela al profesor de turno, por cierto, ¿cuántos de estos reyes recuerdan?
Pongamos algún ejemplo ilustrativo y, para evitar suspicacias, siempre ?imaginario?. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... Imaginemos por ejemplo que un profesor de cine nos pregunta en el examen que le contemos un capítulo específico de su libro (el típico libro-Biblia), ¿acaso nos hemos tenido que aprender de memoria, como si fuéramos loros, el infame escrito de este sujeto, por muy bueno que sea?, pero ¿realmente se aprende algo haciendo eso?, porque lo más probable es que una semana después ya no recordemos absolutamente nada, puesto que en Historia del Arte saber discurrir, interpretar, relacionar o deducir es fundamental. Por supuesto que es necesario poseer una base previamente adquirida, pero esta no se consigue a base de labrar lecciones en el córtex cerebral como si nos fuéramos a presentar a unas oposiciones de notarías, sino con la lectura, pieza clave en las humanidades y en cualquier tipo de conocimiento en general, con el manejo de una amplia y variada bibliografía gracias a la cual se puedan contrastar afirmaciones, teorías o posturas y, finalmente, creando nuestro propio juicio crítico, es decir, pensando, opinando... en definitiva, evitando el uso de ideas y opiniones ajenas e intentando configurar las nuestras propias en base a una argumentación coherente. No fomentar este tipo de aprendizaje no es sino caer en la desidia y la vagancia docente, ambas posturas muy dañinas para el estudiante pero muy cómodas, que duda cabe, para quien las practica.
Desde luego no es nuestra intención dar lecciones a nadie de nada, ni mucho menos, somos unos humildes estudiantes con un futuro más que dudoso en el mundo de la Historia del Arte que tratamos de juntar palabras del mejor modo posible en unas pocas páginas impresas en blanco y negro que, por cierto y para que no se olvide, desde hace unos meses pagamos de nuestro bolsillo. Sin embargo, pensamos que las cosas pueden mejorar notablemente si todos ponemos de nuestra parte. Parece que siempre es el estudiante el culpable de sus fracasos, y en parte es así, pero otra parte de esa culpa recae indiscutiblemente en un sistema obsoleto y atrasado que valora varios meses de trabajo en dos escasas horas, y en aquellos que se afanan en aplicarlo y se niegan a innovar y a desarrollar otros sistemas más acordes con los nuevos tiempos, con necesidades distintas.
No debe ser motivo de orgullo para ningún profesor un alto número de suspensos en los exámenes así como los calificados como ?no presentados?, pues no es en realidad, como algunos se vanaglorian, consecuencia de su exigencia o de la inoperancia del alumno, sino más bien la incapacidad del docente a la hora de transmitir una serie de conocimientos, de despertar en el estudiante el interés por la asignatura, más allá incluso de lo impartido en clase, de incentivar la curiosidad por saber más, por investigar.
Afortunadamente, parece que siempre hay una luz al final del túnel, y por ello damos las gracias a todos aquellos profesores que reman a contracorriente, otra cosa no, pero esperanza aún nos queda, ¿será idealismo juvenil?, quien sabe, tiempo al tiempo.Hace unos días los célebres niños de San Ildefonso se desgañitaban cantando los números premiados de la lotería de Navidad. En ese preciso momento a unos pocos afortunados les cambiaba la vida; es de imaginar, en algunos casos, que un variado abanico de términos, probablemente nada amables, bullían en sus cabezas y se organizaban para ser vomitados con violencia sobre los rostros de sus respectivos jefes, superiores, encargados... al día siguiente. Ya iniciado el año 2009 y el mismo día de Reyes, un suceso similar tenía nuevamente lugar, último bote salvavidas para los que, como el perro de Goya, se encontraban semihundidos, pero en esta ocasión en el oscuro pozo de la pobreza causada por el azote de un Atila con forma de euro. Sin embargo, para muchos estudiantes queda otra cita este mes con un tipo de lotería bien distinta, los exámenes de ?febrero?, que se inician antes de lo habitual.
Algunos quizá se rasguen las vestiduras pero no nos engañemos, un examen tal y como está planteado en la actualidad es posiblemente una de las formas más arbitrarias e injustas de valorar los conocimientos de un alumno y, en muchos casos, dependiendo como haya sido planteado por el docente, la suerte juega un papel fundamental. Algunos opinarán que si nos supiéramos la lección de pe a pa nada tendría que ver la suerte a la hora de enfrentarnos a un examen. Eso está bien para recitar las tablas de multiplicar en el colegio o para aquellos que no tuvieron más remedio que engullir la lista de los reyes godos para luego cantársela al profesor de turno, por cierto, ¿cuántos de estos reyes recuerdan?
Pongamos algún ejemplo ilustrativo y, para evitar suspicacias, siempre ?imaginario?. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... Imaginemos por ejemplo que un profesor nos pregunta en el examen que le contemos un capítulo específico de su libro (el típico libro-Biblia), ¿acaso nos hemos tenido que aprender de memoria, como si fuéramos loros, el infame escrito de este sujeto, por muy bueno que sea?, pero ¿realmente se aprende algo haciendo eso?, porque lo más probable es que una semana después ya no recordemos absolutamente nada, puesto que en Historia del Arte saber discurrir, interpretar, relacionar o deducir es fundamental. Por supuesto que es necesario poseer una base previamente adquirida, pero esta no se consigue a base de labrar lecciones en el córtex cerebral como si nos fuéramos a presentar a unas oposiciones de notarías, sino con la lectura, pieza clave en las humanidades y en cualquier tipo de conocimiento en general, con el manejo de una amplia y variada bibliografía gracias a la cual se puedan contrastar afirmaciones, teorías o posturas y, finalmente, creando nuestro propio juicio crítico, es decir, pensando, opinando... en definitiva, evitando el uso de ideas y opiniones ajenas e intentando configurar las nuestras propias en base a una argumentación coherente. No fomentar este tipo de aprendizaje no es sino caer en la desidia y la vagancia docente, ambas posturas muy dañinas para el estudiante pero muy cómodas, que duda cabe, para quien las practica.
Desde luego no es nuestra intención dar lecciones a nadie de nada, ni mucho menos, somos unos humildes estudiantes con un futuro más que dudoso en el mundo de la Historia del Arte que tratamos de juntar palabras del mejor modo posible en unas pocas páginas impresas en blanco y negro que, por cierto y para que no se olvide, desde hace unos meses pagamos de nuestro bolsillo. Sin embargo, pensamos que las cosas pueden mejorar notablemente si todos ponemos de nuestra parte. Parece que siempre es el estudiante el culpable de sus fracasos, y en parte es así, pero otra parte de esa culpa recae indiscutiblemente en un sistema obsoleto y atrasado que valora varios meses de trabajo en dos escasas horas, y en aquellos que se afanan en aplicarlo y se niegan a innovar y a desarrollar otros sistemas más acordes con los nuevos tiempos, con necesidades distintas.
No debe ser motivo de orgullo para ningún profesor un alto número de suspensos en los exámenes así como los calificados como ?no presentados?, pues no es en realidad, como algunos se vanaglorian, consecuencia de su exigencia o de la inoperancia del alumno, sino más bien la incapacidad del docente a la hora de transmitir una serie de conocimientos, de despertar en el estudiante el interés por la asignatura, más allá incluso de lo impartido en clase, de incentivar la curiosidad por saber más, por investigar. Afortunadamente, parece que siempre hay una luz al final del túnel, y por ello damos las gracias a todos aquellos profesores que reman a contracorriente, otra cosa no, pero esperanza aún nos queda, ¿será idealismo juvenil?, quien sabe, tiempo al tiempo.
E.P.D.A