me ha llegado por email un texto muy interesante de Cesar Aira, quizas les interese.
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La utilidad del arte
por César Aira
Cuando yo era chico, en Pringles, había dueños de
autos que se jactaban, sin mentir, de haberlos
desarmado “hasta la última tuerca”, y haberlos vuelto
a armar. Era una proeza bastante común, y, tal como
eran los autos entonces, bastante necesaria para
mantener una relación sana y confiable con el
vehículo. En un viaje largo, había que levantar el
capot varias veces, cada vez que el auto “se quedaba”,
para ver qué andaba mal. Antes, en las eras heroicas
del automovilismo, al lado del piloto iba el mecánico,
que después se degradó a copiloto. Y recuerdo que
cuando las mujeres empezaron a conducir, uno de los
argumentos fuertes en contra era que no entendían de
mecánica: sólo podían aspirar a “usar” el auto.
En realidad, los bricoleurs de pueblo o de barrio no
se limitaban a los autos; lo hacían con toda clase de
máquinas: relojes, radios, bombas de agua, cajas
fuertes. Hasta hace diez años mi suegro desarmaba
periódicamente el lavarropa y lo volvía a armar, sólo
para asegurarse; cuando compraron uno con programa
automático, no pudo seguir haciéndolo. De más está
decir que desde que los autos vienen con circuitos
electrónicos, el famoso “hasta la última tuerca”
perdió vigencia.
Hubo un momento, en este último medio siglo, en que la
humanidad dejó de saber cómo funcionan las máquinas
que usa. Lo saben, en forma parcial y fragmentaria,
algunos ingenieros en laboratorios de Investigación y
Desarrollo de alguna grandes empresas, pero el
ciudadano común, por hábil y entendido que sea, les
perdió la pista hace mucho. Hoy día todos usamos los
artefactos como usaban antaño las damas el automóvil:
como “cajas negras” con un Imput (apretar un botón) y
un Output (se enciende el motor), en las más completa
ignorancia de lo que sucede entre esos dos extremos.
El auto no es un ejemplo al azar, porque creo que fue
la máquina de más complejidad hasta dónde llegó el
saber del ciudadano corriente. Hacia la década de
1950, antes del gran salto, cuando todavía se estaban
desarmando autos y heladeras en el patio, circulaba
una profusa bibliografía con patéticos intentos de
seguirles el rastro al progreso. En las páginas de
Mecánica Popular o la recordada Hobby se quemaban los
últimos cartuchos con artículos sobre el
funcionamiento de la propulsión a chorro o el
televisor; pero los suscriptores se rendía,
desalentados.
Hoy vivimos en un mundo de cajas negras. A nadie le
escandaliza ignorar lo que sucede dentro del más
simple de los aparatos de los que nos servimos para
vivir. Sólo importa que funcione, como un pequeño
milagro doméstico. ¿Quién sabe en realidad cómo
funciona un teléfono? Yo tengo una teoría: cada vez
que marcamos un número y nos contestan, es porque ha
intervenido Dios y ha puesto en acción su omnipotencia
para hacer suceder algo que en términos naturales no
podría suceder. En el siglo XVII el filósofo francés
Nicolás Malebranche construyó una curiosa teoría según
la cual entre cada causa y efecto participaba Dios
para efectuar la conexión. Desteologizando a ese
“Dios”, tenemos una buena explicación general del
mundo contemporáneo.
El saber de losbricoleurs domésticos se ha desplazado
al uso. El Equivalente de aquellos ingeniosos
“entendidos” que desarmaban autos son los jóvenes que
lo saben todo sobre las computadoras. Salvo que estos
jóvenes, aunque desarmen las computadoras (gesto
atávico con un contenido ya puramente simbólico) lo
saben todo sobre el uso, no sobre el funcionamiento.
En todo caso, pueden jactarse de saber sobre el
funcionamiento del uso, no sobre los resortes que
hacen que la máquina funcione. Lo mismo puede decirse
de los profesionales que reparan hornos a microondas o
televisores.
Lo que ha pasado con las máquinas es apenas un indicio
concreto de lo que ha pasado con todo. La sociedad
entera se ha vuelto una caja negra. La compilación de
la economía, los desplazamientos poblacionales, los
flujos de información trazando caprichosas volutas en
un mundo de estadísticas encontradas, han terminado
produciendo una resignada ceguera cuya única moraleja
es que nadie sabe “qué puede pasar”; nadie acierta con
los pronósticos, o acierta por casualidad. Eso antes
había sucedido con el clima, pero a lo imprevisible
del clima el hombre había respondido con la
civilización. Ahora la civilización, dando toda la
vuelta, se hizo impredecible.
Es como si se hubiera clausurado la posibilidad lógica
de que haya alguien lúcido o inteligente. No tendría
sobre qué emplear su clarividencia, porque ya no hay
nada que desarmar y volver a armar. La ciencia sigue
empeñada en ese trabajo, pero ahora la ciencia
requiere un cuantioso financiamiento que va a una
elite dócil al poder, en tanto admite cerrarse sobre
sí misma y funcionar ella también, respecto del resto
de la sociedad, como una caja negra. Creemos que
apretando un botón podemos poner a nuestro servicio
las partículas del átomo, o clonar vacas, y es
probable que podamos hacerlo, pero eso no va a
ensañarnos cómo se hace. Crece el abismo entre causas
y efectos. Dios avanza.
Que se estreche el campo de acción de la inteligencia
no debería parecernos tan grave, si podemos seguir
siendo felices. Después de todo, lo que estaría en
vías de desaparición no es más que un tipo de
inteligencia, que será reemplazado por otro, quizás
con ventaja. La inteligencia es un instrumento de
adaptación, y mal podría servir para adaptarse a un
mundo que ha dejado de existir.
No obstante, toda atrofia que nos disminuya, aun con
la mejor excusa evolutiva, nos inquieta. Y quizás
tenemos un motivo serio de preocupación. Si la
humanidad hizo todo su camino sabiendo de qué se
trataba, la promesa de felicidad que encierra la
ignorancia resulta sospechosa. Primero, porque no se
presenta a cara descubierta como ignorancia; al
contrario la sobreoferta de información intenta
convencernos de que sabemos más que nunca. Más que
como ignorancia, se presenta como una forma de dichosa
impotencia eficaz. No sabemos cómo funciona la cámara
de video. ¿Y qué? ¿No podemos usarla para registrar
nuestros cumpleaños o vacaciones? ¿No podemos usarla
para darle más sentido a nuestras vidas? Lo que se
perdió en todo caso fue una ilusión de virilidad y
autosuficiencia, tanto más ilusoria porque antes
estábamos tan sojuzgados a los poderes como lo estamos
ahora. La Revolución en última instancia era la idea
de desarmar la sociedad “hasta la última tuerca” y
volverla a armar, pero la idea de Revolución caducó,
de lo que podemos consolarnos pensando que la sociedad
vuelta a armar iba a ser tan injusta y alienante como
la anterior. Después de todo, los bricoleurs
domésticos cuando volvía a armar el auto obtenían el
mismo auto del que habían partido, no un avión.
Pero el conocimiento era algo más que circular. Quizás
no tanto por el conocimiento en sí como por el tipo de
inteligencia que ponía en acción. Y la inteligencia
bien podría ser de esas cosas que no funcionan si no
están completas. La mutilación de una rama marginal
podría secar todo el árbol; o, para emplear una
metáfora menos orgánica, retirar un ladrillo puede
producir el derrumbe de todo el edificio.
Sea como sea, valdría la pena preservar, por si a
caso, ese instrumento de la evolución. Podría ser útil
en los países no desarrollados, porque hay que
recordar que el mundo está lejos de alcanzar un
desarrollo homogéneo.
Pues bien, a esto iba: el arte sigue siendo el mejor
campo de práctica y experimentación de la vieja
inteligencia, la que se imponía el objetivo de saber
cómo funcionaban las cosas, y cómo funcionaba el
mundo.
Se objetará que esto equivale a darle entidad a la
vieja metáfora derogatoria del arte como “arenero”
(hoy deberíamos decir “pelotero”); pero se trata de un
arenero pedagógico, no meramente hedónico. Y en
realidad no tanto pedagógico como de practica o
entrenamiento, o más bien preservación. En efecto, la
práctica del arte es la única con consenso social en
la que pueda desarrollarse un saber que en todos los
otros ámbitos está en acelerado proceso de extinción.
Esto se debe a la radicalidad inherente del arte, que
no se diferencia de las artesanías y la manufactura
utilitaria sino en su capacidad (sin la cual no es
arte) de desarmar por entero el lenguaje con el que
opera y volverlo a armar según otras premisas. Si no
retrocede hasta el punto de partida, no es arte,
aunque lo parezca. Esto lo sabe todo artista de
verdad, así sea intuitivamente, y lo hace cada vez que
pone manos a la obra.
Las vanguardias de todo tipo han explorado esta
radicalidad más o menos sistemáticamente. Y esto
explica por qué no hubo vanguardias antes de que se
esbozara la era de “las cajas negras”. Durante dos mil
o tres mil años la humanidad pudo hacer arte auténtico
limitándose a aprender el oficio de los que o habían
hecho antes. El arte estaba a mismo nivel de cualquier
otra actividad, en tanto todas ponían en práctica un
saber completo y saltos de sus cadenas causales. El
artista no necesitaba postularse como detentador de
una inteligencia sin zonas oscuras, porque ese tipo
de inteligencia era el que usaban todos.
De las vanguardias, la que fue más lejos en esa
dirección fue el Constructivismo ruso. Oponiéndose al
concepto de “composición”, propio del usuario de la
práctica artística., el de “construcción” significaba
que la obra de arte debía exhibir su proceso de
factura desde cero, de modo que no sólo el artista
sino también el espectador pudiera desarmar “hasta la
última tuerca” la pieza y volverla a armar tal como la
tenía ante los ojos.
El Constructivismo no pudo sostenerse en el tiempo:
habría necesitado una Revolución (y eso creían estar
haciendo sus miembros). Pero sus premisas han
persistido, mil veces transformadas, hasta hoy.
Y esas premisas dan el hilo conductor del sentido de
la obra del artista más representativo del siglo,
Duchamp. Es el concepto de base llamado ”arte
conceptual”: el concepto del arte mismo. La famosa
obra de Duchamp, la que encierra todas las otras que
hizo, el Gran Vidrio, se propone como “máquina
transparente”, la máquina modelo de la que verse a
simple vista como fue hecha, el antídoto definitivo a
todas las “cajas negras” que proliferan en forma
creciente a nuestro alrededor. Poéticamente, en lo que
tomo como un homenaje a los bricoleurs domésticos de
mi infancia, Duchamp dijo que el Gran Vidrio, la
Casada Desnudada por sus Solteros, debí verse “como el
capot de un auto”.
Mi conclusión es que el arte, esa actividad que suele
verse como decadente o en decadencia, hoy tiene una
función. Y no es esa función retrógrada o
conservacionista, como podrían hacer pensar mis
propias evocaciones juveniles. Porque las cajas
negras entre las que vivimos no son tan negras en
realidad. O admiten rodeos para pasar al otro lado de
su oscuridad y ponerlas a funcionar a nuestro favor.
El artista en nuestra sociedad es el único ciudadano
corriente, no financiado por el poder, que trabaja con
una materia sofisticada y actual que no es una caja
negra, es decir que puede ser desarmada y reconstruida
enteramente. Es el único que usa un tipo de
inteligencia que se está atrofiando en el resto de la
sociedad. Pero esta actividad actúa a su vez sobre las
“cajas negras”, les quita funcionalidad (y, por lo
tanto, misterio) al mostrar como funcionan en la
máquina social englobante.
Y no importa que los artistas sean fraudes. La
conceptualización generalizada a que apunta lo
anterior parece incrementar la posibilidad de fraude,
y lo hace realmente, pero no importa . Al contrario,
cuando más fraudulentos sean los artistas, más
enérgica será la puesta en marcha de este mecanismo de
radicalización.
En cuanto al uso de formatos artísticos que hace la
cultura popular, por ejemplo en le cine o la música,
hay que decir que cede miserablemente a la lógica de
la caja negra: se aprieta un botón (es decir, se usa a
ciegas un lenguaje artístico sin desarticularlo
previamente) y se espera un resultado, que no es otro
que el éxito o la venta. Y todos los que han buscado
el éxito saben que por definición resulta de un
proceso misterioso e imprevisible fuera de nuestra
vista, dentro de la caja negra.
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