Las palabras son las herramientas de la comunicación hablada y escrita. Su significado, enlace y ordenación permiten dibujar imágenes y volcar sobre ellas la emoción que anima nuestras relaciones.
La emoción de las palabras varía según la vivencia de cada uno. Si esta vivencia tiene connotaciones afines al grupo que pertenecemos, suscita la aprobación y el ego queda reforzado. Si la emoción de estas palabras carece de argumento propio y se basa en negar el valor de los demás. Lo que construimos con nuestra emocionada aprobación es el vacio complaciente y efímero de un monologo grupal…
Las vivencias personales son diferentes y tienen valor especial para cada uno de nosotros, porque todos interpretamos la realidad desde el ego emocional de cada uno. Afirmar este valor sin negar el valor del otro, que también es especial, denota que tenemos vida propia; que somos libres, y responsables creativos de nuestras emociones; y que estamos dispuestos a compartirlas. Cuando esto ocurre, empieza el dialogo con los demás; porque respetar, entender y aceptar al otro, valorando los motivos de su emocionada opinión no pone en peligro nuestro ego, sino que actualiza nuestro valor…
José Córdoba
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