Dotamos de sentido a un conjunto de percepciones sensoriales, integrándolas en unidades de significación, condicionados por la naturaleza y mediatizados por nuestra cultura.
La integración de estas percepciones y sus significados, nos proporcionan la conciencia del mundo condicionando opiniones y actitudes.
Si aceptamos que la idea del mundo como una continuidad integrada, no es más que una entelequia perceptual –lo asumimos como parte de nuestra propia naturaleza-, tendremos que convenir que la sustitución de la percepción de lo real por su simulacro, condiciona sustancialmente los puntos de partida para aproximarse a una idea de la realidad.
¿Qué sentido podemos darle a las cosas si la única información sobre ellas la obtenemos interpretada a través de los medios que, precisamente son los que sustituyen el mundo por su imagen?.
Cuando más intentamos aprehender el mundo, cuanto más queremos comprenderlo y abarcarlo, más nos alejamos de él. Este perverso mecanismo solo se ve alterado, en su productividad, por los ruidos que –de forma tan poco “ecológica”- produce el sistema y por la tenacidad de la especie en construir su propia conciencia de la existencia.
La uniformización de la información ( valor de cambio de nuestro tiempo ); la legitimación interesada de las opiniones autorizadas; las políticas culturales que dictan las pautas y la nomenclatura del canon estético; etc,: nos llevan a una simplificación de lo real, a la reducción de los matices en los hechos y sus causas, conformando un mosaico de estímulos perceptibles, -reales en cuanto a la constatación de su existencia en el mundo físico, ilusoriamente reales en cuanto a su distancia a la verdad-, que transmiten la idea de un mundo cierto, monosémico, simulacro de lo real y opuesto a su naturaleza, alejando las posibilidades de elección y conocimiento.
En un contexto cultural de disolución de toda opinión fuerte, sujeto a las normas de la dictadura democrática de lo políticamente correcto, la situación es de una notable improvisación de criterios en el conocimiento y difusión social del arte (aceptada como prerrogativa del poder político y/o económico).
Planteada la intervención en la llamada “actividad cultural” como operación propagandística de bajo coste económico y de alto rendimiento, se le imprime un sentido patrimonialista que deviene en asunción de funciones de autoridad estética.
Llegamos así a la atenuación de las posibilidades de pluralidad, de atribución de posibles distintos sentidos a la percepción del mundo y a la ausencia de toda discrepancia real.
La revisión de aquello que damos como supuesto –y que aceptamos como verdadero-, la utilización del sentido prospectivo que encierra el arte –más allá de la mera constatación-, y el acceso a una programada pluralidad de propuestas, puede ayudar a volver a pensar el mundo, conformar la imagen del propio y compartir la del otro.
Quizá, así, podamos aproximarnos, un poco más a encontrar nuestro propio sentido.



Chema Cobo
Marc Chagall
Chema Madoz


