Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Beckmann, figuras del exilio


Max Beckmann.
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Hasta el 27 de enero de 2019.

La exposición Beckmann, figuras del exilio en el Museo Thyssen-Bornemisza proporciona la mayor densidad de beckmanns por metro cuadrado nunca vista. Y es que la obra del famoso moderno alemán se encuentra repartida entre muchos museos dentro de Alemania y en Estados Unidos, donde pasó la última parte de su vida hasta que murió prematuramente en 1950.

Sus cuadros son la joya de la corona de estos museos americanos y ha debido resultar notablemente trabajoso que los prestaran. Pero aunque tenemos aquí todos estos cuadros milagrosamente reunidos constatamos con estupor que no hay manera de disfrutar de ellos en conjunto, son absolutamente refractarios al modo “ojeada”. Quizá por eso, después de organizar antológicamente una parte de la muestra, el legendario comisario, Tomás Llorens, ha estructurado el resto en torno a unas figuras o alegorías que pretenden facilitarnos la contemplación de un cuadro detrás de otro, como si fueran universos peligrosos que es necesario consumir en pequeñas dosis. 

Esas alegorías del exilio son tres: el exilio físico, el moderno y el existencial. Porque Beckmann vivió exiliado casi la mitad de su vida, primero en Holanda, a donde huyó después de ser considerado un pintor degenerado por el régimen nazi, y luego en los Estados Unidos. De su periplo holandés, tenemos aquí un insólito vídeo donde se le ve reír.

El exilio moderno nos habla de esa gran migración que Beckmann vivió en su infancia en Alemania, cuando el hombre del campo abandonó el fuego del hogar para entregarse a la eléctrica noche metropolitana. Allí pierde hasta la camisa porque, como a aquel Dinio de Marujita Díaz, o como al devoto judío en la Babilonia de Nabuconodosor, “la noche me confunde”.

En cuanto al exilio existencial, Beckmann experimenta con espanto como el ser (o estar) vivo no está muy lejos del ser inerte. Decía Freud en Más allá del principio del placer que anida en el hombre un instinto de muerte que sirve para contrarrestar la tendencia del principio del placer a buscar la mínima cantidad de excitación posible, o lo que es lo mismo, a desear (secretamente) retornar a un primitivo estado inanimado. Paradójicamente, es el instinto de muerte, tan arraigado en Beckmann, el que da fuerzas al hombre para vivir la vida hasta que llegue su hora: resistiéndose a los cantos de sirenas que lanza el universo de los objetos (al que en parte pertenecemos y al que aspiramos a llegar como “ríos que van a dar a la mar”).

Estas agudas experiencias del exilio modelan el estilo de Beckmann. Un estilo que tiene dos vertientes y puede definirse mediante dos etiquetas que Beckmann, por supuesto, rechazaría airadamente: la Nueva Objetividad y el Expresionismo.

Como corresponde a la primera calificación, Neue Sachlichkeit, las figuras en Beckmann son vocacionalmente volumétricas (objetuales y hasta objetivas) pero se encuentran atrapadas por una antinatural manera de componer que exalta el carácter bidimensional de la pintura. Así, mediante gruesas líneas negras, Beckmann divide el espacio en áreas con formas y tamaños arbitrarios; luego las rellena con pesadas figuras vigorosamente modeladas y sombreadas que quedan incrustadas, sin coherencia perspectiva. El resultado es que línea y volumen, dibujo y color se persiguen incesantemente.

El otro recurso beckmanniano, la temprana deformación expresiva (sobre todo cabezas, manos y pies grandes) le llevó a ser incluido en el círculo del Expresionismo alemán, y deriva también del enfrentamiento perpetuo que éste experimenta entre seres vivos e inertes. Entonces, como si el mundo entero estuviera cubierto por una piel de cactus y fuese imposible sentarse (que diría Vanessa Paradis) o descansar, esas típicas cabezas sobredimensionadas de Beckmann nos retratan como bebés torpes circulando en un mundo muy hostil.

Aunque hay algo casi alegre en ellas y que otros maestros del “cabezonismo” también explotan. Ahí están sino los antihéroes del español Ibáñez, el tierno Julius Knipl del judio-norteamericano Ben Karchor o los autorretratos punk de la canadiense Julie Doucet, que resultan también inquietantemente vitales.



Almudena Baeza


+ Referencias y consulta:
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