Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

La Disidencia como conversación abierta. ¿Quién nos dice qué?


Ai Weiwei.
CAC Málaga.
Hasta el 6 de diciembre de 2015.

Sumándose a la centralidad que Málaga como capital cultural ha alcanzado, el CAC presenta la exposición inédita en España del artista chino Ai Weiwei (Beijing, 1957) “Circle of Animals/Zodiac Heads”. Comisariada por el propio director de la institución, Fernando Francés, la obra consta de doce cabezas de bronce de más de tres metros de altura que representan las cabezas de los animales del zodiaco chino. Esta pieza se encuadra dentro del grueso de los intereses de este gran artista que es Ai Weiwei: una profunda reflexión de la traducción china que encuentra un perfecto interlocutor en la postmodernidad occidental y, porque no decirlo, nihilista.

                   clic para ampliar
Lejos de querer minusvalorar la potencia hermenéutica de la obra del artista chino, de lo que se trataría –de lo que sin duda vamos a tratar, pues es nuestra responsabilidad como críticos– es de superar por elevación el maniqueísmo del decir sí o decir no y señalar que “razones” tiene el arte contemporáneo para elevar al bueno de Ai Weiwei en figura totémica. Tales razones no son, sustancialmente, ni buenas ni malas: son las que son y la labor de una crítica eficiente es hacerlas ver bajo el compacto y brumoso bosque de contradicciones y paradojas en que se asienta nuestra aseada ideología.

I
Lo primero, la obra. Circle of Animals/Zodiac Heads recrea una serie de esculturas diseñadas en el siglo XVIII por el artista italiano Giuseppe Castiglione que en su día adornaron la famosa fuente del reloj de Yuanming Yuan (Jardín del perfecto brillo), un retiro imperial fuera de la ciudad de Pekín. En 1860 las esculturas del zodiaco originales fueron saqueadas por soldados franceses y británicos durante la Segunda Guerra del Opio. En la actualidad siete cabezas han sido repatriadas a China; desconociéndose la localización de las otras cinco.
Esta situación actual de la fuente le vale a Ai Weiwei de excusa perfecta para elaborar un discurso estético centrado en lo que vienen siendo sus dos principales intereses: uno, las relaciones entre original y copia y, dos, la reelaboración de la milenaria tradición china en su diálogo con las premisas culturales de Occidente. Ambas líneas de investigación se relacionan más de lo que se suele pensar: ¿cómo pensar “China”, su fundamentación en una tradición ancestral, dentro de un contexto global donde nociones como la de original son poco menos que puestas entre paréntesis?, ¿bajo qué coordenadas debe de virar China para entrar en diálogo con su radicalmente otro, es decir, con Occidente?
Pero, como no podía ser menos conociendo a unos y a otros, el diálogo es, como poco, un diálogo de sordos: si a China, al poder chino, tal diálogo le es más que indiferente pues lo que le importa es mantener la férrea dictadura en la que se fundamenta, para los poderes factos occidentales –esa tramoya fantasmática-libidinal de la que el propio arte forma parte– el diálogo está viciado pues el interés en la conversación solo se da desde una preeminencia –sobre todo ética– en los valores puestos en juego.
En este sentido, si elaborar un escrito dilucidando las bondades del arte de este artista chino supondría la enésima vuelta de tuerca donde escribir lo “mismo”, más interesante sin duda es tratar de mostrar aun en sus líneas más generales las razones ideológicas por las que Ai Weiwei es aclamado hasta el frenesí en el Occidente civilizado. Más aún: es, creemos, labor prioritaria de una crítica que se suelte por fin el pelo y deje de repetir lugares comunes y de balbucear razones de peso para aclamar –o no– a un artista. Si la crítica, y aquí nos ponemos serios, es necesaria es porque su mirada debe de llevarnos más lejos, más allá de la mera aparición de la obra. Mirar más allá, tan lejos como para que salgamos todos en la escena, el artista y el espectador, ellos y nosotros. Si el arte crea relaciones y distancias la crítica ha de, como un neurocirujano, tocar puntos nodales para que la comunicación se produzca. Quizá solo sea el murmullo de un silencio, pero nadie dijo que la conversación fuese fácil ni que el silencio fuese la total interrupción de la conversación.
En esta ocasión la crítica debe de sortear la interpretosis de la obra de Weiwei para hacernos portadores de una pregunta: ¿salimos nosotros en sus obras?, ¿quiere decir algo la proliferación de exposiciones de Weiwei, su ascensión a primera figura dentro del panorama internacional?, ¿estamos contestando correctamente a la pregunta que nos lanza Ai Weiwei con sus obras? Si ciertamente es un logro importante para el CAC contar con la obra de Ai Weiwei, solo situándonos ante estas preguntas podemos dialogar verdaderamente con él.

II
A nadie escapa que decir Ai Weiwei es nombrar, sin lugar a dudas, a uno de los más impresionantes artistas de la actualidad. Él encarna, en su sola presencia, todos los mitos habidos y por haber del artista actual: educado en la honda popera de los 80, consigue trascender lo anodino del copy/paste warholiano para erigirse, desde su vuelta a China en el disidente político más famoso del mundo, utilizando internet como ningún otro avezado jovenzuelo logra hacer. Ai es, sin lugar a dudas, el artista que todos quisiéramos ser pero que no nos atrevemos o, simplemente, no podemos.
En su nombre se concentran e intersecan toda una red de lugares comunes que, elevados a la enésima potencia, dan lugar al artista diez, al totem de todos los artistas ante cuya majestuosa presencia todos hemos de claudicar. Lo conocido con gotas de exotismo, la producción capitalista con alma artesanal, la despersonalización técnica occidental sumada al alma de una tradición que se remonta milenios atrás. Ai Weiwei explota, sin concesión alguna, este diálogo ecléctico que muchos tildarían de nihilista y otros de, simplemente, postmodernidad.
Pero si hasta 2005 lo más interesante de su obra es la peineta que dedicaba a diferentes monumentos internacionales y la destrucción de una urna de la dinastía Han (206 a. C.-202 d. C.), es a partir de ese año que los acontecimientos en su vida se multiplican exponencialmente: se convierte en blogger, colabora con Herzog & de Meuron en la construcción del Estadio Olímpico de Pekín (el Nido) para las olimpiadas del año 2008 y su posición contraria el régimen comunista chino le va transformando poco a poco en artista fetiche para un Occidente ávido de contestación y protesta hasta ser erigido en el 2011 en la persona más importante dentro del mundo del arte (la famosa lista de los 100 de ArtReview).
Echar una mirada cínica al periplo vital de Ai Weiwei es de todo punto miserable. Desde su padre, desterrado a una granja en 1958 para ser “reeducado”, hasta él mismo, apresado y detenido durante 81 días en abril de 2001 prohibiéndosele viajar al extranjero hasta el 22 de julio pasado, las vicisitudes de la familia Weiwei dan buena cuenta de lo tiránico y cruel de la dictadura comunista china. Pero el no ocultar el cúmulo de injusticas que ha sufrido tampoco nos niega la mayor: ¿por qué razón este artista ha sido encumbrado en triunfador?, ¿por qué nos interesan tanto sus vicisitudes vitales?
Cuando en el 2010 la obra que ahora nos presenta el CAC de Málaga fue inaugurada en Nueva York, el discurso del entonces alcalde, Michael R. Bloomberg (sí, el de Bloomberg, demócrata según la Wikipedia hasta el 2001, republicano de 2001 a 2007 y, para concluir el periplo, independiente desde 2007) nos pone sobre la senda a seguir mejor que ninguna teoría crítica: “Es un honor agridulce dar la bienvenida a todos para celebrar la inauguración de una notable obra de arte público realizada por uno de los más creativos y valientes ciudadanos públicos: Ai Weiwei. Ai Weiwei no ha podido estar aquí con nosotros para la inauguración de su último trabajo, Círculo de Animales/Cabezas del Zodiaco. Ha sido detenido por el gobierno chino, y el hecho de que no sepamos donde está ni cuándo será liberado es muy preocupante”. Y continúa: "Hoy, nos solidarizamos con los millones de personas alrededor del mundo que están esperando que Ai Weiwei sea liberado de forma rápida y segura. Y nos solidarizamos con los billones [sic] de personas que no tienen el más fundamental de todos los derechos humanos, el más preciado de todos los valores americanos y la más valiosa de todas las riquezas de la ciudad de Nueva York: la libertad de expresión”.
Como se palpa en estas palabras, la satisfacción de poder inaugurar obras y exposiciones de Ai Weiwei trasciende la consabida morralla ideológica que todo politicastro medianamente avezado se sabe al dedillo para situarse, sin dudarlo un instante, dentro de la más obscena soflama panfletaria. Y es que el “caso Weiwei” dice lo que todos “sabemos”: que somos la leche, que aquí sí que tenemos unas libertades como Dios manda, que somos tan liberales y libertarios que hasta nos responsabilizamos en hacernos cargo de todo el pueblo chino y, con dos bemoles, de esos billones de personas que no pueden hacer uso de la sacrosanta libertad de expresión. De cero a cien en, como quien dice, dos parrafadas.
Sin escarbar demasiado, la falsedad de discursitos como el del señor Bloomberg es más que patente. Pero, falsedad, ¿de parte de quién? Sin duda que de todos excepto del artista y de, en su caso, todo espectador Chino. ¿Exagero, se me dirá? En modo alguno. La muerte del arte está rumiándose más de dos siglos y la figura de Weiwei solo es la puntita de este iceberg que se mueve ya hacia un destino claro: mostrarnos nuestro propio rostro invertido en la pantalla ideológica, la gélida escenografía que diseñamos para creernos nuestras propias mentiras.
Y es que la experiencia estética de las obras de Weiwei puede atravesar varios niveles de significación pero sin duda que el más interesante es el que nos devuelve la mirada: vosotros, que miráis y adoráis estas obras de denuncia, lo hacéis porque, claramente, no os interesa nada, no tenéis ningún interés en ellas. Nuestra interpretación es que la mirada que desde hace una década atrae la vida y obra de Ai Weiwei es el exorcismo que realizamos para superar nuestra catatonia circense, nuestra impostura al simular que hacemos frente a algo. Maestros del cinismo, no tenemos reparamos en saludar al bueno de Ai, darle una palmadita en la espalda, al tiempo que no nos causa ni el más mínimos sonrojo la puerilidad inane de lo que cocinamos entre nuestros fogones.
Así las cosas, decir que nos gusta porque, simplemente –y realmente–, es un gran artista, es decir solo la mitad de la verdad. Mi conclusión es que a este artista se le adora en este Occidente nuestro porque no es ni más ni menos que la encarnación de nuestra inversión especular en la pantalla ideológica. Nos sumamos a sus intereses, mitificamos su disidencia, elogiamos su valentía…porque en el fondo nos importa un pito. En una sociedad como la nuestra donde el pegamento comunal es el del mutuo desinterés, las luchas de Ai Weiwei son la quintaesencia de ese desinterés ilustrado con el que el arte conquistó su autonomía. Es ahora cuando, por fin, el desinterés es patente: nada nos importa menos que las correrías de un artista chino es su procelosa relación con la operativa de un estado tiránico.
Y es que en el fondo (y en la superficie) somos unos meapilas y lo sabemos: preferimos la floritura de sentirnos representado por un “extraño” que apostar por sacarnos nosotros mismos las castañas del fuego. Es decir: este artista nos permite el doble salto mortal con tirabuzón invertido: asociarnos a una causa justa que sabemos en nada cambia nuestra realidad bien aseadita. Es más: en el caso de que la dictadura china ceda terreno sabemos que será nuestro bien construido capitalismo lo que entrará en liza. Y así, definitivamente, y como todos deseamos, habremos triunfado. Y todo desde el sofá de casa y sin mover un dedo.
Baudrillard interpretaba los reality show como una escena llamada a revelarnos que esta cotidianeidad espectral nuestra posee aun algún rastro de realidad: no es que ellos, los concursantes, copien nuestra realidad, es al contrario que nosotros, copiando a las cobayas de Gran Hermano, podemos darnos de bruces con esta realidad nuestra y descubrir en ella algún residuo de realidad –una realidad como mera copia ya que el proceso, como la ideología, es inverso: se copia a la copia para producir el original. De manera semejante, la contemplación global de las obras de Ai –esa extraña confraternización de solidarizarnos en masa con él– no es síntoma de que aun mantenemos la esperanza por un mundo mejor sino, inversamente, de todo lo contrario: que ya no ocultamos que todo es mera fachada, que el desinterés mutuo con que cimentamos nuestra sociedad supera nuestras fronteras: la obra de Ai nos dice lo que todos sabemos, que los golpes de solidaridad que nos dan de vez en cuando son solo efectos concomitantes de la lógica del capital mediático.
Solo un espectador Chino, hemos dicho antes, puede tener un acceso directo a la obra sin ser mediatizado por la estructura ideológica occidental que modula –de modo inconsciente y sin posibilidad de salir al afuera– la distancia precisa para que la finalidad sin fin estética quede anulada: solo un espectador Chino tiene el campo libre de minas para poder comprender el verdadero potencial de las obras de Ai Weiwei. Todos los demás, todos nosotros, no podemos dejar de ver en él la figura que la ideología nos pone a la vista para simular que todavía nos interesan los problemas de los otros, para simular que todavía somos capaces de responsabilizarnos por los otros.
Pero esto, si se comprende bien la dialéctica que anima al desarrollo histórico del concepto de arte, no va en menoscabo alguno del artista chino. Más bien al contrario, si Ai Weiwei es un gran artista es porque, sin tapujo alguno, mata dos pájaros de un tiro: por una parte, respecto a la dictadura china, es un artista político según todos los cánones de lo que se espera de un artista político –su actitud es verdadera–, por otra parte y respecto al Occidente capitalista nos da aquello que más nos pone: nuestra imagen más perfecta en el espejo ideológico, aquella que nos muestra aunque no queramos lo falso de nuestra posición.
Si la pregunta flotante que sobrevuela la historia reciente de Occidente es la de la responsabilidad –¿somos, y en qué medida, responsables de los otros?, ¿de esos que mueren escapando de la guerra?, ¿qué son masacrados por algún tirano al otro lado de nuestras fronteras?– la figura de Ai Weiwei nos permite silenciar esa pregunta y simular que damos una respuesta a la altura de las circunstancias. Las cuitas políticas de Ai –desproporcionalmente seguidas por Occidente– nos permite ejercitarnos en la cínica respuesta con la que simulamos que todavía podemos soportar cierta responsabilidad, que todavía estamos atentos a la pregunta del otro cuando lo cierto es que pocas cosas nos importan menos.
Más allá de la denuncia contundente del régimen totalitario chino, más allá del logrado efecto estético, el “caso Weiwei” nos muestra que, contrariamente a lo que parece, no queremos ninguna conversación con ningún otro, con ningún afuera. Hacia donde habría que teledirigir el efecto estético de la obra de Ai, hacia donde habría que orientar el espectacular éxito de su obra, es a, una vez más, constatar lo imposible de contestar a preguntas como esta que se hacía Blanchot en su obra La conversación infinita: “¿cómo hablar de modo que el habla sea esencialmente plural? ¿Cómo puede afirmarse la busca de un habla plural, que no esté fundada en la igualdad y la desigualdad, ni en el predominio y la subordinación, ni en la mutualidad recíproca, sino en disimetría e irreversibilidad, de manera que, entre dos hablas, siempre está implicada una relación de infinidad como movimiento de la significación misma?”. No lo sabemos, pero más que dar respuestas el arte vale para constatar la imposibilidad de todas ellas.
«Duchamp tuvo la rueda de bicicleta, Warhol la imagen de Mao, yo tengo un régimen totalitario. Es lo que está hecho para mí», dijo una vez el propio artista. Y lo verdadero de esta proposición excede lo que el propio Ai nos quiere decir: lo mismo que el urinario o la Marilyn sirvieron para echar una mirada dentro del entramado ideológico del capitalismo –del que el arte es ámbito privilegiado–, el régimen dictatorial chino le vale a Weiwei para (allí) desplegar el poder subversivo de su arte y (aquí) darnos una bofetada en los mofletes y reflejarnos tal como somos. Que no queramos verlo y prefiramos ver solo estatuas referidas al horóscopo chino es ya cosa nuestra.


Javier González Panizo


+ Referencias y consulta:
Libros de Javier González Panizo
Descargar monográfico en PDF


  < Siguiente Anterior >  


        


Últimos monográficos:
Bill Viola: Entre lo anacrónico y lo sublime. . Bill Viola.
El Guggenheim de Bilbao celebra sus veinte años con una exposición de las ...
Eugenio Merino: Aquí murió Picasso. Eugenio Merino.
Fiel a su talante polémico, Eugenio Merino ha formulado la mejor crítica que a ...
Julian Rosefeldt: Vanguardia y contemporaneidad. Julian Rosefeldt.
Hasta el día 29 de abril puede verse en la galería Helga de Alvear la última ...
La obra de arte debe de ser un ejemplo no algo ejemplar. Xavier Arenós.
Hoy nos encontramos resistiendo a unas imposiciones políticas y económicas muy ...






Otros canales
rss   twitter   facebook   youtube






 portal:   Aviso Legal | Información | Enviar a un amigo | Enlazar con Arte10 | Publicidad en Arte10.com | Contacto | Widgets y RSS | Mapa de Museos de España

Hecho con por Portfolio Multimedia

Arte10.com es una marca registrada con referencia: M2303078
ISSN 1988-7744. Título clave: Monográficos de Arte 10. Tít. abreviado: Monogr. Arte 10.

    |  © 1999-2017 ARTE10.COM