Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Travesías


Dis Berlin, Joël Mestre, Charris, Carlos Garcia-Alix, Sicre,...
Atarazanas
Hasta 1l 11 de enero de 2015

Veinte años después vuelve Travesías, secuela de aquel movimiento en torno a la figuración pictórica del arco mediterráneo surgido a principio de los noventa, y que fue bautizado como el ya histórico Muelle del Levante.

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Aviso para navegantes: Travesías (Reales Atarazanas, 2004) parte de nuevo, retoma el viaje tras aquel 1994 en el conocido Muelle de Levante (Club Diario Levante, 1994) donde participaron veintiún artistas acuñados bajo la denominación de “neometafisicos”, término que los distinguía de la figuración madrileña, la pintura sevillana de los ochenta o la posterior “metarrealista”, en Barcelona. Un periodo comprendido entre finales de los ochenta y principio de los noventa, en el que disciplinas clásicas como la pintura y la escultura sufrirían una gran crisis que las llevó a perder su reinado sobre las Bellas Artes. Tiempos en que izaba una vez más la bandera de la muerte de la pintura, apareciendo disciplinas, medios y soportes nuevos. Pero como diría en un gran grito de guerra el pintor gallego Carlos Alcolea: “Si la pintura está muerta, nosotros, necrófilos”. Veinte años después, la pintura continúa el viaje por un ámbito repleto de nuevos conceptualismos y soportes con los que trata de convivir en un establishment artístico más democrático y plural. Eso sí, estableciendo posicionamientos frente a los constantes giros artísticos surgidos de ferias, bienales, comisarios, críticos, espacios institucionales o privados.

A estas alturas del viaje no hace falta introducirnos por desaguisados romanticismos. Menos aun veinte años después de haber emprendido el viaje acechado por tormentas de posicionamientos neoconceptuales y nuevos medios artísticos empeñados en llevar el arte constantemente por otras derivas y sin flotador. Porque como dice el tango, veinte años no son nada y menos si se transforman en poesía. Veinticinco artistas y más de un centenar de obras nos invitan a adentrarnos en un océano lleno de guiños, un océano donde la pintura figurativa retoma ademanes una y otra vez de la pintura, de la literatura, del cine, de la poesía, del cómic, la arquitectura y conceptualismos varios. Ardua tarea en un ecosistema artístico que se empeña una y otra vez en etiquetarlo todo, en reconducirlo todo por un guion prescrito por historicismos, por coyunturas económicas, por normalizaciones y por encuentros con sus desencuentros respectivos.

Cómo amarrarse al mástil de la proa y continuar la travesía, no es tarea fácil en estos tiempos de navegantes sponsorizados por el gran capital. Sin embargo, lancémonos con la verdad por delante, sin sponsors, como diría el gran crítico y agitador de la figuración madrileña, Quico Rivas. No nos dejemos llevar por historicismos o revisiones críticas, naveguemos por las diversas travesías artísticas que han desarrollado la mayoría de artistas que participaron en el Muelle del Levante dispuestos a ver hacia dónde han reconducido su obra en esta pervivencia de la pintura a través de la figuración, porque como señaló el por entonces comisario de Muelle del Levante, Juan Manuel Bonet: La selección de pintores y obras no respondía a una tesis ni a un programa, no había un manifiesto. Y ahora, “Travesías” sigue sin pretenderlo.

Mucho se escribió y se dijo sobre la pintura figurativa valenciana de aquel Muelle del Levante, aunque en realidad abarcaba también artistas de Madrid y Cartagena. Pero lo cierto es, que se convirtió en un referente nacional del que han surgido posteriores revisiones tratando de analizar una realidad que iba más allá de un debate o un pulso entre la pintura metafísica y las abstracciones. Y lo hacía aportando novedades conceptuales, lo que demostraba una vez más la capacidad de la pintura de darle un nuevo giro de tuerca a cualquier nuevo despliegue de ideas nacido dentro del ámbito del Arte Contemporáneo.

Travesías nos sumerge en un viaje de navegantes a contracorriente. Aunque a estas alturas hayan descubierto que no se adentraban por charcas muy profundas de nuevas disciplinas artísticas en las que ahogarse, y que tal vez, Turner, no se ató al palo del mástil, sino que se les adelantó en las artes prestidigitadoras: Cómo ser radicalmente figurativo y no morir en el intento parece que ha sido la clave de Santi Tena, cuyo naufragio en clave de humor, veinte años después, sigue teniendo vestigios del cine negro. Y si de cinematografía negra se trata, encontramos ahora a Carlos García-Alix embarcado en una deriva personal a lo Maurizio Nichetti atravesando la gran pantalla, pero sin la rubia suntuosa dentro de la bañera. Lo contrario que Gino Rubert, atado y acurrucado teatralmente al cuerpo desnudo de una morena en clave del gamberro surrealista. Damián Flores empeñado en invocar los demonios del racionalismo arquitectónico y la literatura en una suerte de cartografías privadas. La metapintura de Alberto Gálvez junto a los viajes in memoriam a la pintura de Pedro Esteban dejan paso in misericordiae a las lecciones de historia de la pintura de Tomás Mendoza y Jordi Ribes. Mientras que Balanzà y Dis Berlin desembarcan con una serie de breviario o leçon de chosses, y La Mutua Artística se empeña en reivindicar la fotografía. Nos topamos con ecos constructivos y futuristas en Roberto Mollá o en Tarazona. Mujeres hay pocas, pero excelentes, con una Teresa Tomás que ha abandonado el muestrario de objetos y nos sorprende con otros guisos culinarios repletos de personajes espaciales propios de una secuela de cine digital y Aurelia Villalba que hace lo propio, pero en un mundo surreal a caballo entre lo teatral y la ilustración.

Charris continúa con sus evocaciones hopperianas, y Sicre se nos muestra cada vez más richteriano, en tanto que Cuéllar se mantiene alerta con ese pop que nos avisa de futuras distopías. Y quizás menos Pop se nos muestra Joël Mestre, que parece haber decidido cargarse la vajilla de cerámica en protesta a la hisperconsciencia histórica. Calo Carratalá con una metapintura paisajista nos adentra por esas literarias aventuras a lo Corner, contraponiéndose a un Andrea Bloise, Cordón o Rojas que se presentan como sufistas zambullidos en un universo surreal. Paco de la Torre transita por espacios híbridos propios de un mundo digitalizado, al contrario que Antonio Domenech empeñado navaja en mano en perfilar sus dibujos en pequeñas esculturas de madera, cual sioux tras el asedio.

Aviso para navegantes: El Muelle de Levante ha emprendido nuevas travesías con la verdad por delante, atados a la proa, sin sponsors y sin flotador, casi nada.


Rosa Ulpiano


+ Referencias y consulta:
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