Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Europa: Tiempo de barbarie, Pasaje en exilio


Florentino Díaz.
Matadero Madrid.
Hasta el 30 de agosto de 2015.

Sumándose al PhotoEspaña’15, Matadero Madrid nos presenta, dentro del ciclo Abierto por Obras, una instalación de Florentino Díaz (Cáceres, 1954) que con el título de “Europa, pasajes de invierno” se adentra en esa memoria distópica que es la que nos dejó la Europa de la primera mitad del siglo XX para, desde ahí, situarse en lo más actual de nuestro hoy. Si, como sostiene el filósofo –y exalcalde de Venecia, ciudad-metáfora de lo que es Europa– “Europa no es, será”, esta instalación debería ayudarnos a conocer mejor el lugar donde vivimos.

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¿Cómo habitar Europa? O, mejor aún, ¿es Europa un lugar habitable?, ¿puede ser Europa hogar de alguien? Las preguntas se atropellan en nuestra mente porque, seamos claros, no hay tiempo que perder. Europa es el lugar de nuestro inhabitar y, a colación de los acontecimientos que recientemente están sucediendo este hogar nuestro, la respuesta debería importarnos.

Si cuestión central en el trabajo de Florentino Díaz ha sido la casa, en esta ocasión amplía lo máximo los límites del habitar para referirse a Europa como hogar, como nuestro hogar, como topos de un constante habitar en exilio.

Para ello el artista despliega un pasaje construido de maderas y puertas recogidas cual trapero en la calle por el cual el espectador se adentra para toparse con fantasmas del pasado que vienen a incordiar nuestra aplacible cotidianeidad. Imágenes, también recogidas de mercadillos y bazares, referentes a la primera mitad del siglo XX pueblan ese hogar que pretende acoger a todas esas historias olvidadas y que, bajo el epígrafe general de barbarie, resume lo que fue la historia de aquella mitad del siglo XX que, recordemos, es de dónde venimos.

Esta labor de reciclaje y de construcción, esta invitación que se nos ofrece de atrevernos a pasar dentro, tiene mucho que ver con sacar del olvido, con reactivar las potencialidades de esas otras historias que discurrieron debajo de aquello otra, la Historia. Y es que si por algo se caracterizan muchos de los intentos filosóficos –y ahora reconvertidos en estrategias estéticas– de aquella primera mitad de siglo es por tratar de derrumbar el edifico hegeliano, un edificio al que no le temblaba el pulso para proclamar la necesidad de una Historia que avanza con paso firme hasta el desenvolvimiento del Espíritu Absoluto.

Prestando atención más a lo micro que a lo macro, a las historias más que a la Historia, la filosofía y el arte logran no ya modificar el pasado sino purgar el presente para ser capaces de pensar el futuro. Así, tras la estela de Adorno y Benjamin, de lo que se trata es de pensar “lo otro” de la historia. Lo otro, entonces, como lo innecesario, lo olvidado, lo vencido y excluido de un discurso que necesitaba hacer coincidir causa y fin, necesidad y libertad, para seguir avanzando en los momentos de síntesis hasta la autoconciencia definitiva.

El famoso Angelus Novus de Benjamin es metáfora perfecta para esta temporalidad capaz de extraer nuevas potencialidades del olvido en que queda sumido toda tragedia: es una dialéctica suspensiva que no trata de fundirse en momentos de síntesis alguno sino que deja al futuro abierto a cuantas reactualizaciones sean necesarias. “Ser profeta”, en lenguaje bíblico, no es adivinar el futuro, sino abrirlo a la posibilidad más increíble: la actualidad mesiánica de la historia, la restitución de todas las causas perdida. En este sentido, recorrer esos pasajes delineados por Florentino Díaz es lo más cercano que se puede estar de ser profeta en tiempos de oprobio como estos.

Pero, ¿por qué Europa?, ¿qué ha sucedido –y sigue sucediendo- con Europa para que el hombre no encuentre nunca el lugar prometido, para que todo sueño se derrumbe como un castillo de naipes? Sucede que Europa tiene un problema consigo misma y es que no tiene identidad propia. Se mire por donde ese mire, se intente por donde se intente, los último fracasos no son si la razón propia del ser de Europa. Porque Europa ha sido, y es, y será, lugar del otro, de conquistas, de emigración, de exilio, decir Europa es siempre decir lo otro.

Europa es un secreto imposible de decirse. Porque ante el abismo de tal contradicción, Europa no tiene forma de decidirse: “Europa siempre ha sido el Indeciso a quien se le exige una decisión”, dice Cacciari. Y es que toda decisión, en cuanto nace de una saberse identidad, es lo imposible para Europa. La identidad de Europa era y sigue siendo una identidad en conflicto; Europa, decía María Zambrano, es ser agónico.

En este sentido, si fue en Europa donde nació la democracia no fue por ningún atisbo de superioridad sino porque fue en Europa donde, en sucesivos momentos históricos, el número de los que deseaban ser incluidos en la comunidad siempre era excesivo. Cortar por lo sano, poner una distancia, para, de una u otra manera, no acoger a todos los excluidos del mundo. ¿No fue eso lo que le comentó la Canciller Angela Merkel a la niña libanesa en la famosa polémica televisiva?

Si Platón exigía saber geometría –es decir, entre otras cosas, saber sumar– para entrar en su Academia, ahora el conocimiento sigue siendo el mismo: saber contar, saber el número de los que pueden estar fuera y el de los que pueden estar dentro, a cuantos se puede acoger y cuantos han de quedar exiliado.

Lo siniestro del asunto es que actualmente, bajo el peso de esta ideología nuestra, ser un incluido no es más que un efecto fantasmático que nos impide ver la verdad: que, de una vez y quizá para siempre, todos somos excluidos, que no somos sino juguetitos llamados a cumplir el sueño devastador de Europa: que mientras los que nos creemos incluidos luchemos a dentelladas por nuestro futuro, éste se deshaga como un azucarillo quedando en manos de –como siempre ha sucedido en Europa– de los otros: los que no cuentan, los inmigrantes, exiliados, refugiados,

En definitiva, adentrarse en estos pasajes –el título está tomado de El libro de los Pasajes de Benjamin– es toparnos con ese no-futuro de aquellos que pueblan esas imágenes, un no-futuro que, tal y como van las cosas, lo más probable es que sea idéntico al nuestro. Quizá haya quien piense que estos ejercicios heterocrónicos son simples devaneos filosóficos pero, tal es nuestra situación de defunción crítica, que solo topándonos con en no-sido de nuestros abuelos podemos pensar como poder ser el día de mañana.

Porque entrar en esos pasillos de madera que forman la obra no debe sino suponer un hacerse cargo radical del hoy: “que todo siga ‘así’ es la catástrofe”, decía Benjamin. Una llamada, por tanto, a recorrer esos pasajes bárbaros que muchos recorrieron en esa primera mitad bárbara de la historia de Europa (¿y cual no lo ha sido?) para hacerse cargo y responsabilizarse por este tiempo nuestro.


Javier González Panizo


+ Referencias y consulta:
Libros de Javier González Panizo
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