Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

El tiempo consumiéndose


Gonzalo Lebrija.
La Casa Encendida y Galería Travesía 4.
Hasta finales de octubre de 2015.

Gonzalo Lebrija (Mexico DF, 1972) recala por primera vez en Madrid y lo hace por partida doble, en la galería Travesía 4 y en La Casa Encendida. Ambas, sin embargo, son exposiciones de muy diferente calado. Si en la primera comparecencia acude con una única obra, el vídeo “Golden Hours”, en la segunda nos ofrece el grueso de su obra de la última década.

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Dicen, no lo sabemos, que Lebrija forma parte de la generación del boom latinoamericano de mediados y finales de los años noventa. Dicen, insistimos, porque esto de los booms no significa nada más que lo que calla: hay tantos booms como necesidades del sistema de introducir sabia nueva. Sea como fuera, el trabajo de Lebrija es desconcertante: a ratos anodinamente aburrido y, a instantes, de una brillantez casi subyugadora. Quizá esta extraño deambular con sus cimas y sus abismos forma parte de la fluídica temporal que el mexicano quiere poner encima de la mesa y de la distancia –todas las distancias desde las que el arte se fragua– que le sirve de leitmotiv para su obra.

Si decimos esto es porque desde donde trabaja Lebrija es desde el tiempo, desde su fluir, su percepción y su consumo. Porque si el tiempo pasa, no menos cierto es que el tiempo se consume. O, dicho de otra manera, si desde una hermenéutica existencial el tiempo nos consume, desde una crítica estética –a veces muy naif y que vale más que nada como reflexión metalingüística– somos nosotros quienes consumimos tiempo. Es en este ir y venir, en este trasiego de lugares comunes que se forjan en la intercomunicabilidad e intersubjetividad que el arte dispone y propone, donde Lebrija enarbola su trabajo como una reflexión, tan crítica como autoreferencial, del tiempo. En una entrevista reciente el artista centra lo que es el núcleo de su trabajo: “para mí, el tiempo, más que una concepción, es una forma de manifestación del ser. En mi trabajo he reflexionado mucho sobre él, sobre las distancias y los desplazamientos, cuestiones que se convierten en obsesiones en un intento de revivir lo ya vivido. En definitiva, lo que se impone en mis obras es una especie de idea de tiempo suspendido”.

Y es que no hace falta ser un privilegiado para percatarse que gran parte de la reflexión filosófica –y por ende estética– del siglo XX transita desde el epicentro que supone el tiempo: tiempo y ser, tiempo y lenguaje, tiempo y narración, etc, son y siguen siendo núcleos duros desde donde el pensamiento y la experiencia estética continúan su camino. Porque, en una época de exiliados como somos todos nosotros, el tiempo es nuestro peor y único enemigo: el tiempo que horada nuestras antaño bien fundamentadas narraciones para dejarnos huérfanos de todo sustento. Solo nos queda un claro a cielo abierto donde se intuye una ausencia que, quizá, pudiera ser el vestigio y la huella de algo.

Pero, el tiempo… ¿qué es el tiempo? El tiempo, y esto el artista mexicano lo explota con sabiduría, es el lapsus que media entre dos acontecimientos que, paradójicamente, son continuamente pospuestos: el de la obra, su presencia, su aparecer, y el de la percepción del espectador. Extrañamente uno depende y se da en el otro. La obra no encuentra su totalidad hasta que el espectador la cierre en su sentido; pero, al tiempo, éste anda perdido en una búsqueda infinita ya que la obra escapa siempre de ser apresada en sentido delimitador alguno.

  Es entonces en esta ilación siempre pospuesta, siempre dejada a la espera de un instante más donde, se nos promete, todo tendrá sentido, donde reposa la obra de arte. Una espera infinita, diferida constantemente, que abre un espacio –temporal, espacial, espiritual incluso– donde lo prometido, y nunca mejor dicho, es deuda. Claro está, y aquí opera Lebrija su crítica sistémica, que esa espera ha sido colonizada por las mecánicas del capital: ¿por qué esperar un desenlace infinito si la satisfacción puede estar a la vuelta de la esquina? Si nuestra condición, ya hemos señalado, es la del exiliado crónico es porque no tenemos las narices de tomarnos el tiempo que las cosas –y sobre todo el sentido– necesita. Lo queremos todo y, como niños de teta, lo queremos ya.

La obra Dirty Wish funciona en este sentido. Un coche, una rubia, una escena fantasmáticamente libidinal…y chas, de repente el tiempo de la percepción-deseo se detiene: el borronazo, la tachadura que impide que el sentido se pliegue cerrándose sobre sí mismo. Ese borronazo, el corte temporal, señala cómo nuestros deseos son también “consumidos” por y para el sistema: es él quien necesita de veras de nuestros deseos para construirnos subjetivamente.

Este borronazo –escupitajo pictórico– me recuerda a la interpretación traumática que dio Hal Foster a algunas fotografías de Warhol: en la superficie fotográfica se descubre un punto ciego, deslumbrante, un agujero que simula pasar del otro lado. Es lo Real-traumático de nuestra realidad-ficción, el lugar (¿otro claro?) donde la estructura óntica muestra su querencia a atravesar la pantalla. Y es que si algo hay más que claro es que todos –nosotros, nuestros deseos, nuestra realidad– reposamos en un cosido con alfileres alrededor de un vacío que nos empeñamos en llenar con acontecimientos para apartar de nosotros la absurda idea de que, simplemente, no pasa nada…solo tiempo.

Pero donde Lebrija más interesante nos parece es cuando trata de apresar un tiempo bien concreto: el que discurre llenando la distancia estética. Si Debray sostenía que el arte ha de crear distancias, Lebrija se afana en mesurar la temporalidad de tal distancia. La paradoja, apenas se postula el intento del artista, salta a la vista: ¿cómo medir temporalmente algo que por sí es infinito? Obviamente es algo imposible, pero sí precisamente el arte tiene y tendrá mucho qué decirnos es porque opera mostrándonos trazas de ese infinito donde, queramos o no, estamos asentados.

La obra más interesante desde este punto de vista, pensamos, es la titulada La distancia entre tú y yo. Consta de cuatro películas en 16 mm donde se ve, enlazadas unas con otras, al artista aparecer huyendo tras la línea del horizonte para aparecer por otra pantalla. El bucle es, así, infinito; la distancia es, así, infinita. El artista está y no está, la obra, en su totalidad, se desvanece apenas pareciera que acaba con final feliz. El espectador se mueve dando círculos de pantalla en pantalla sin nada más que llevarse a la boca que un hombre corriendo, huyendo, como poseso, de sí mismo. La obsolescencia del medio utilizado, el blanco y negro de las películas, nos traspone incluso en busca de un tiempo ancestral, que ni siquiera es el nuestro. Y es que aquellos que claman con la imposibilidad viajar al futuro están muy confundidos: el futuro está aquí mismo, entre nuestra manos: es nuestro pasado. La confusión estriba en que los científicos solo conocen esa pamema de tiempo mediocre llamado cronológico…

Pero, sin lugar a dudas, la obra que más nos ha gustado es la presentada en la galería Travesía 4. Golden Hours es su título. Horas doradas. Su contenido, una barca vacía navegando hacia el horizonte y surcando las olas. Está vez, a diferencia de lo que sucede en la carrera infinita del artista en la obra anterior, la barca nunca llega al horizonte; más bien parece estar continuamente detenida, en un viaje que parece imperceptible.

Las constantes de esta obra son las mismas que las obras vistas en La Casa Encendida: el tiempo, la distancia, el espacio abierto donde espectador y obra se dan cita sin acudir ninguno de los dos fielmente a la hora acordada y como, a pesar de ello, el tiempo sigue pasando, consumiéndose y consumiéndonos. ¿Somos sujetos que vemos pasar la barca manteniendo nuestro contador a cero o vamos en la barca de polizones consumiéndose así también nuestro tiempo a bordo? No hay respuesta porque nuestra existencia habita en la indecibilidad de, como la barca, no llegar nunca a destino alguno. Llegar a ese claro –dar con la respuesta, desvelar el secreto– es, a pesar de irnos la vida en ello, imposible. ¿Somos sujetos de contemplación, u objeto contemplados mientras contemplamos una barca alejarse hacia ningún sitio?

Las preguntas que se enarbolan en la contemplación extática de la barca rozan el ser propio del arte: ¿sigue la barca navegando si nadie la mira? O, lo que es lo mismo, ¿es una obra de arte si nadie la mira como tal? No lo sabemos, es un indecible, una distancia, como todas, infinita; una pregunta que nos consume, una pregunta, si se quiere, existencial, que nos saca de nosotros mismos haciéndonos temblar de terror.

Y es que eso, y no otra cosa, es el arte: una pregunta sin respuesta, una pregunta que hemos de mantener en silencio ya que nada parece más imposible que el acertar en su respuesta. ¿A dónde va la barca? No lo sabemos; está, simplemente, en envío. Pero ese no-saber es precisamente el que necesita el arte para su puesta en escena: desconectar la causa del efecto, el saber de su fin; no saber, en definitiva, nada. Nada más que, como la interpretación de Zizek al cuento de Poe “Mensaje en una botella”, el destino es justo ahí donde la barca esté. Es decir, más importante que la respuesta es la pregunta, más importante que el destino es el siguiente golpe de viento. Porque mientras estemos navegando siempre cabe la (im)posibilidad, siempre queda una respuesta bajo el abrigo de un estar a la espera. Llegar a buen puerto es terminar la travesía, morir, amputar a la obra de su itinerante, repetido e infinito sentido. Es, simplemente, llegar a la orilla para morir. Y es que la confusión cosificadora en la que nos encontramos cómodos hace aguas por todas partes: el destino no es la meta; el destino es el propio camino, la escritura que escribe mientras estamos escribiendo….

En definitiva, de lo que se trata es de, igual que decía Lacan de nuestro inconsciente que no deja de no escribirse, de no dejar nunca al arte de sostenerlo en su envío, no dejar de no surcar las aguas de lo indecible, no dejar de no abrirse a la claridad de un horizonte lejano, no dejar de estar habitado de un tiempo inmemorial. Mientras tanto, y como señala Ray Loriga en un texto que acompaña a la exposición, “sólo cabe agradecer tan hermosa travesía, y aterrarnos, al tiempo y por culpa del tiempo, ante la posibilidad, ¿la amenaza?, de la tierra firme”.


Javier González Panizo


+ Referencias y consulta:
Libros de Javier González Panizo
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