Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

The Killing Machine y otras historias


Janett Cardiff y George Bures Miller.
MACBA - Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.
Hasta el 1 de mayo de 2007.

Pocos artistas contemporáneos logran establecer el grado de empatía que los canadienses Janett Cardiff y George Bures Miller están generando entre el público del MACBA. La técnica binaural, que confiere sentido espacial al sonido, está en la base de su proceso creativo. Mediante el uso de micrófonos para cada registro sonoro y métodos de reproducción auditiva a distintos niveles, estimulan y confunden la capacidad perceptiva del espectador.

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Pocos artistas contemporáneos logran establecer el grado de empatía que los canadienses Janett Cardiff y George Bures Miller están generando entre el público del MACBA. La técnica binaural, que confiere sentido espacial al sonido, está en la base de su proceso creativo. Mediante el uso de micrófonos para cada registro sonoro y métodos de reproducción auditiva a distintos niveles, estimulan y confunden la capacidad perceptiva del espectador.

Así, en instalaciones como “Paradise Institute” y “Playhouse” introducen al espectador en maquetas a escala de un cine monumental y un palco de ópera, respectivamente, haciéndole vivir realidades solapadas. Los auriculares nos sumergen en la narrativa fílmica o nos permiten disfrutar de la actuación de una cantante de ópera, pero esa evasión que privilegian el cine y el teatro se ve interrumpida por voces y sonidos que evocan realidades más cercanas, que ocurren en la misma hilera de butacas. Se enturbian los límites entre la realidad psicológica y la física. Los artistas sacan a relucir la necesidad que tiene el hombre contemporáneo de un programa de comportamiento: nos molestan los comentarios de espectadores virtuales y nos ofende que se rían de la cantante, por más que sabemos que esas voces forman parte de una trama más compleja. Cardiff y Bures Miller se burlan del silencio sepulcral reclamado en la apreciación de espectáculos de alta cultura (arte, cine de autor, teatro), mezclándolos con lenguajes más populares: novelas de espionaje, películas de serie B, diálogos banales…

Especialmente “Paradise Institute” desequilibra nuestra capacidad perceptiva. Los “malos” de la película salen del celuloide y nos susurran amenazas al oído; cierto estado de psicosis se apodera del público, que deja intermitentemente de serlo intercambiando su papel con la enfermera o con el paciente de un hospital psiquiátrico de posguerra.

Otra pieza envolvente, en la que planean múltiples significados combinables en infinitas variantes es “The Dark Pool”, en la que, convertidos en detectives o intrusos curiosos, nos sentimos impelidos a deambular entre objetos que hablan de vidas errantes y personalidades excéntricas (maletas, extraños aparatos seudo-científicos, tazas con posos de café, novelas de Stevenson, una cama desecha…) La escenografía, ya de por sí sugerente, se ve animada por conversaciones y monólogos que nacen a nuestro paso, gracias a sensores camuflados entre ajadas alfombras persas y unidos a megáfonos que nos invitan a acercar el oído. Ristras de recuerdos y pensamientos expresados van haciendo mella en nuestra conciencia, y de forma natural engarzamos voces y objetos: la belleza turbadora de esas sombras que bailan en la noche, los vestidos de algodón de la mujer desaparecida en el estanque negro, los experimentos del científico empecinado en hacer volar pájaros muertos. No siempre imágenes y voces se corresponden, pero la pátina de un tiempo congelado reviste de misterio cada rincón, cada historia apenas esbozada.

Una mezcla similar de poesía, dolor y nostalgia destila “Opera for a small room”, la recreación del cuarto de un coleccionista de discos de ópera, en la que música y reflexiones personales se entretejen haciéndonos confidentes de un alma lastimada. Desde una ventana observamos el interior de este refugio de un hombre solitario, cuya presencia intuimos por un juego de sombras que nos hace imaginar su silueta, ilusión ratificada por el ruido de la silla al desplazarse. Varios tocadiscos se ponen en marcha de forma alterna, acompasados por un espléndido espectáculo lumínico de lámparas de araña que nos deja ir vislumbrando los objetos fetiche del entrañable personaje. Con voz cavernosa, comparte sus obsesiones con nosotros. Intuimos un accidente ocurrido a un ser amado, del que posiblemente se siente culpable, el sonido chirriante del frenazo de un tren, las alusiones a las propiedades curativas de la música… Todo contribuye a crear una atmósfera densa y sobrecogedora. La instalación ejemplifica de modo magistral al ser humano atrapado en la tela de araña de su micromundo.

Tras la calidez humana que transpira el habitáculo del coleccionista entramos en un recinto gélido, en el que las sombras amenazantes de dos brazos articulados se proyectan sobre las paredes. En una sala oscura entrevemos una silla de dentista (de la que salen dos largos brazos articulados). Monitores de televisión, altavoces y luces rodean la maquinaria, que el espectador es invitado a activar apretando un botón. Entonces “The killing machine” empieza a vibrar al son de tambores fúnebres, activados por poleas, y los brazos, rematados con agujas, escarban las entrañas de su víctima. Como ocurría en “La colonia penitenciaria” de Franz Kafka, imaginamos la terrible tortura de sufrir en carne viva las lentas punzadas del escalpelo que ha de inscribir en el cuerpo el supuesto delito, con el fin de redimirlo. Una bola de espejos setentera y el asiento afelpado de rosa constituyen la nota cómica de este mundo apocalíptico que no nos es ajeno. Cardiff y Bures Miller orquestan la tragedia y la ironía que tan brillantemente confluyen en el mundo absurdamente cruel descrito por el escritor checo.

El broche de oro al recorrido lo pone la instalación sonora “Forty-Part Motet”. Ubicada en la Capella dels Àngels, la sacralidad del lugar se ve enfatizada por esta sublime reinterpretación de una pieza del compositor Thomas Tallis. Un crescendo de murmullos va inundando la sala, conversaciones, carraspeos, pruebas de voz (ruidos que, una vez más, confundimos con los del público), culminando con un sublime canto polifónico que nos transporta a la austeridad anglicana del siglo XVI. La composición coral procede de cuarenta altavoces dispuestos en círculo, entre los que podemos deambular y apreciar la entonación de cada cantante, llegar con cada uno de ellos a un grado de intimidad impensable en un concierto.

Son obras que engarzan con una larga tradición de arte conceptual, desde la música experimental de John Cage hasta las inquietantes escenografías de Ed Kienholz o los evocadores ambientes soviéticos de Ilya Kabakov. Pero es su vertiente festiva, su gusto por el ilusionismo, la inmersión en un “collage” de estímulos sensoriales, lo que nos atrapa y consigue involucrarnos, dejarnos llevar como lo haríamos en atracciones de feria, con el valor añadido de trascender nuestra fisicidad, manipular nuestras conciencias y despertarnos de la letanía diaria mediante ambientes simulados que cuestionan nuestra percepción de la realidad.

En la obra de estos artistas lo cotidiano se torna enigmático, lo onírico incursiona en la memoria; rastrean huellas en tiempos que se solapan como palimpsestos, de ahí su atracción por películas como “La Jettée” de Chris Marker o por los mundos paranoicos de Philip K. Dick. Como en el Aleph imaginado por Borges, conviven en estas instalaciones percepciones simultáneas de la realidad, extendiéndose, cada una de ellas, en ramificaciones o infinitos laberintos, en los que el ser humano queda atrapado por la dinámica de su propio pensamiento.


Anna Adell Creixell


+ Referencias y consulta:
MACBA
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