Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Lugares vagos


Joël Mestre.
Galería Canen.
Hasta el 23 de marzo de 2010.

El artista Joël Mestre vuelve a su ciudad natal a presentar esta relectura de su obra reciente, bajo la inspiración de su apreciado Sánchez Ferlosio.

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Me encerré en el cuarto y comencé a guardar mi ropa en el armario y a colocar mis cosas, tratando de darle a esta nueva habitación un aire de familiaridad. Con cinta Scotch pegué varios hechos científicos importantes en las paredes. Acomodé algunas rocas de mi colección en los rincones.
Philip K. Dick, Confesiones de un artista de mierda.

¿Cómo ordenar una colección de imágenes para que se convierta en escenario de encuentros fortuitos? No parece que un álbum de fotografías presentadas cronológicamente sea el mejor método. El archivero inquieto siempre preferirá un sistema mutante que permita la reordenación frecuente y la migración del contenido de sus componentes: carpetas, archivadores, cajas y paneles, etiquetados todos ellos con diversos encabezamientos temáticos. Toda clasificación es siempre insatisfactoria, continuamente dividida en insuficientes subsecciones, pero nos sirve de índice y armazón. ¿En qué carpeta debemos archivar, por ejemplo, la imagen de un modelo recortable de robot? ¿en “Cuerpos”? ¿en “Geometrías”? ¿en “Tokio”? Lo más probable es que esa imagen vaya cambiando constantemente de caja, emparejándose hoy con una foto de Peggy Moffit, mañana con una máquina de Picabia y pasado mañana con los neones de Shinjuku. Esta ordenación mudable es muy querida por los pintores que pertenecen a la estirpe del artista-coleccionista y cuyos archivos de imágenes son una herramienta fundamental de su trabajo. No es infrecuente encontrar las paredes de sus talleres cubiertas por todo tipo de fotografías, láminas y dibujos formando secuencias iconográficas de difícil digestión. Pero es lógico que así sea, pues el pintor suele encontrar un terreno fértil en la conexión de imágenes de diferente naturaleza, interesándose principalmente por aquellas asociaciones dislocadas que más le sorprendan. Célebre es el encuentro casual, que inspiró a los surrealistas, entre una máquina de coser y un paraguas sobre la mesa de disección.

Quien imaginó el mencionado encontronazo fue el poeta Lautréamont en Los Cantos de Maldoror, y es que, evidentemente, no sólo los pintores gustan de la vecindad de lo inconexo. En un correo reciente, Joël Mestre me contaba cómo a Cortázar, en su apartamento de París, se le reveló una línea que conectaba sin interrupción un buen número de imágenes que, durante más de un año, había ido clavando despreocupadamente sobre el panel de la biblioteca: fotos, anuncios, dibujos… Cortázar aseguraba que no había en la trayectoria de la línea ningún quiebro o sobresalto. La línea transcurría tan perfecta y precisa, entre las distintas imágenes que el tiempo y el azar habían organizado magistralmente, que se estremeció. (1)

Seguir el rastro de esa línea, imponer orden y sentido a los elementos que la componen, aunque sea a martillazos (2), es pensar con imágenes, clavar en la pared un ensayo visual. Exactamente eso es lo que hizo el historiador Aby Warburg en los 82 paneles de su proyecto Mnemosyne. Warburg pasó los últimos cinco años de su vida fijando con alfileres secuencias de imágenes en grandes tableros de madera tapizados con arpillera negra. Una y otra vez, obsesivamente, variaba la secuencia buscando la narración adecuada de su tesis. A través de esas composiciones, Warburg, quiso demostrar visualmente la influencia de la antigüedad pagana en los artistas del Renacimiento. Desconfiando de las palabras, el historiador proponía que la mejor manera de leer el arte era a través de sus imágenes. El resultado del proyecto es una representación visual de los caminos seguidos por su pensamiento, la inabarcable topografía de una idea obstinada.

Aby Warburg bautizó ese cauce de imágenes con el nombre de un río. Mnemosyne, según la mitología griega, es el río del Hades (fuente o lago, según algunos) de cuyas aguas bebían aquellos que optaban por recordar sus vidas en posteriores reencarnaciones. Los partidarios del olvido dirigían sus pasos hacia las aguas del Leteo. De estas últimas no se plantearía beber Warburg, pues concibió su inmenso atlas visual como un archivo de memoria cultural colectiva y, como dice Anna María Guasch, como «uno de los primeros intentos de interpretar esta “memoria” por medio de reproducciones fotográficas».

A Borges le gustaba imaginar que seguía el curso de los ríos sobre los mapas de las enciclopedias, Mark Lombardi dibujaba cauces ramificados de datos cruzados sobre tramas bancarias y terrorismo internacional y Ned Merril, el nadador de John Cheever, trazó un río imaginario de piscinas al norte de Nueva York. El eslogan del cartel promocional de la película que, basada en este breve relato, dirigió Frank Perry dice: Cuando hables de El Nadador ¿estarás hablando de ti mismo?

En los últimos años Joël Mestre se ha dedicado de lleno a trazar canales entre diversos ríos sin dejar de hablar de sí mismo. Tanto en su libro Cuando la verdad nace del engaño como en sus últimas pinturas y mapas, Joël, como un moderno Warburg con gorro de baño, ha encontrado afluentes y cauces subterráneos que conectan Río Lucinda con el lago Walden, las piscinas de Alcolea con las de Ed Ruscha, y el lago Turkana con las tranquilas playas de Marvazelanda. Con aplicación de geómetra ha trazado líneas amarillas, negras o anaranjadas, que conectan caras B de su archivo fotográfico con lienzos de diversas épocas que ha ido recuperando, extendiendo y desdoblando. Siempre brillante en los títulos (3), Joël ordena los cursos fluviales de su desbordante banco de imágenes y les diseña un Packaging para río y afluentes.

Rescatadas de sus cajas y de sus embalajes, reordenadas ahora en nuevos polípticos, estas imágenes que tuvieron un significado independiente cobran una nueva coherencia, plantean dudas, contienen rarezas y juegan a burlar el tiempo. Hace pocos días, en un periódico que recordaba el quincuagésimo aniversario de su muerte, leí una cita de Camus:

Una obra de hombre no es otra cosa que una larga marcha para volver a encontrar, por los meandros del arte, las dos o tres grandes imágenes a las que el corazón se abrió por primera vez.

Por esos meandros del arte encuentra Joël el ferlosiano tramo de carretera abandonado y los hilillos de hierba naciente en las rendijas del asfalto tantas veces recorrido. Carretera de petróleo y gravilla que es en Joël un trazo de tinta fresca y negra y recién dibujada (4); y los hilillos de hierba naciente son lo que él llama pecios, la parte menos sistemática de su pintura.

Joël, en estos Lugares Vagos, mima esos pecios ferlosianos que en su obra son determinados accidentes que produce el medio pictórico y que él protege de peligrosos amaneramientos. Algunos son fruto de la casualidad pero también los hay, como en su Bulder ingrávido y doméstico, provocados, buscados, subrayados y retados a un duelo extraño. Hubo pecios en la obra de Joël antes de que él mismo los leyera en la obra de Ferlosio pero vuelve a encontrase con ellos en su misión de rescate de imágenes fallidas, en los meandros del arte que menciona Camus.

No es mullido el sillón sobre el que se sienta Joël. Como el Barón de Teive (5), es un milimetrista del pensamiento, escrupuloso en el lenguaje que utiliza y en la disposición del pensamiento que tiene que exponer. Si es necesario se lía a martillazos para que todo encaje. Siempre afronta riesgos y como su apreciado Ferlosio, ese hombre perpetuamente armado (6), sospecha de las soluciones porque se las encuentra siempre que se quiere.


(1) La línea en el apartamento parisino de Cortázar me trae a la memoria el NO(W)HERE de Rogelio López Cuenca, exposición que, recomendado por Joël, visité en 1998 en la galería Juana de Aizpuru. NO(W)HERE es un poema visual que se presenta como el recorrido de una línea de metro. En su última estación se lee: …but then begins a journey in my head. Otra frase que encontramos, mediado el recorrido, es: El obrero lingüístico no sabe lo que hace ni por qué.

(2) «…hay que desconfiar de las primeras ocurrencias que iluminan la cabeza de uno. A la fantasía hay que darla martillazos, como en una fragua, para que se convierta en algo útil». Óscar Esquivias, La ciudad del Gran Rey. 2006

(3) Pocos pintores españoles titulan tan bien como Joël. Es significativo lo parecidas que son estas dos declaraciones:

Hay cuadros que nacen bautizados y es sorprendente lo que tiran las palabras durante el proceso en el que va madurando el cuadro. Cambiar un adjetivo, una preposición, pueden acabar modificando la escena.

…las palabras en los cuadros son importantes para mí porque te llevan a pensar en qué más está ocurriendo allí adentro. Y muchas veces las palabras me atraen como formas y algo sale de esto. […] Las palabras cambian la forma en que percibes lo que está ocurriendo... Una palabra es también una textura. Cuando vas conduciendo en tu automóvil ves cables, ves nubes y el cielo azul o humo, y también ves muchas, muchas palabras.


La primera cita es de Joël Mestre. La segunda de David Lynch.

(4) Otra carretera que seguí por recomendación de Joël es ésta de tinta fresca y un cielo de torres y cigüeñas cautivo en el espejo retrovisor. Jesús del Campo, Castilla y otras islas. 2008

(5) Heterónimo de Pessoa. Personaje pilziano convencido de la imposibilidad de hacer arte superior.

(6) Según el retrato que le hace Azúa en Lecturas compulsivas:

Miraba fijo a la cámara con expresión de emperador manchú en el destierro. La aparente trivialidad de las zapatillas barojianas era un artificio para desprevenir a los incautos; en realidad los dos puños cerrados sobre la entrepierna sostenían una espada que fue luego convenientemente borrada en el curso del revelado con el mismo procedimiento que se hizo desaparecer la cabeza de Trotski en las ediciones canónicas de la Enciclopedia Soviética.



Roberto Mollá


+ Referencias y consulta:
web
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