Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

La constancia del pintor Carlos Martín Aresti


Carlos Martín Aresti.
Galería Octógono.
Hasta el 8 de marzo de 2014.

Artista castellano de nacimiento y formación, Carlos Martín Aresti (Salamanca, 1965) toma sus primeras lecciones en la antigua Escuela de San Eloy de su ciudad, donde se licencia como pintor en el año 1989. Por tanto, es en Salamanca donde “toma conciencia del arte” como profesión. Aresti pertenece a la primera promoción de estudiantes de dicha facultad y en aquellos años estudia bajo el magisterio del desaparecido Javier Pereda y también de Carlos Pascual (Madrid, 1950), entre otros.

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Artista castellano de nacimiento y formación, Carlos Martín Aresti (Salamanca, 1965) toma sus primeras lecciones en la antigua Escuela de San Eloy de su ciudad, donde se licencia como pintor en el año 1989. Por tanto, es en Salamanca donde “toma conciencia del arte” como profesión. Aresti pertenece a la primera promoción de estudiantes de dicha facultad y en aquellos años estudia bajo el magisterio del desaparecido Javier Pereda y también de Carlos Pascual (Madrid, 1950), entre otros.

Tras esto completó su aprendizaje en los talleres de arte actual del Círculo de Bellas Artes, que a lo largo de los años ochenta vio renovada su intencionalidad y relación con la sociedad gracias sin duda al tiempo de cambio y movimiento introducido en la época de la Movida madrileña. Allí, en la capital de España pasa siete largos años trabajando como docente y sobre todo pintando y empapándose de la intensa actividad del Madrid de aquellos tiempos. A finales de la década de los años noventa su dedicación a la enseñanza le llevó hasta Asturias, donde se afinca en el paraje rural de Villapérez, muy próximo a Oviedo.

Entre las influencias que ha ido recogiendo nuestro artista en su ya maduro itinerario creativo no se puede obviar su particular querencia por la figura de Paul Cézanne (Aix-en-Provence, 1839-1906), del que toma, a partir de su visita a la gran exposición presentada en la antigua sede del Museo Español de Arte Contemporáneo en la primavera de 1984, su modo de trabajo, basado en el orden, algo que tenía claro que alcanzaría “cuadro a cuadro”. Esto último precisamente es lo que ha ido haciendo Aresti a lo largo de veinte años. Como hizo el notable pintor francés, se mantiene alejado de los centros artísticos, uno en Aix y el otro en Villapérez, elaboran sus cuadros con exquisita dedicación y constancia. De Cézanne Fernando Castro dijo que “considera el arte una percepción personal organizada posteriormente por la inteligencia” y eso coincide con el pensamiento de Carlos Aresti. Además, los dos autores vuelven de forma repetida sobre el motivo, lo que da lugar a múltiples variaciones. Es obvio que ambos entienden la pintura como un proceso. Asimismo, el salmantino no deja de mirar e inspirarse en el paisaje, algo que el francés buscaba en su reiterada visión de la montaña de Sainte Victoire.

También se muestra atraído por el neoimpresionista Georges Seurat (1859-1891), quien empleó estructuras geométricas regularmente y en palabras de Juan Antonio Ramírez seguía un “programa consciente y sistemático”. Al tiempo, valora y aprecia la pintura del alemán Paul Klee (1879-1940), marcado por su viaje a Túnez, como le ocurriría a Aresti muchas décadas más tarde. No desdeña tampoco las lecciones pictóricas ni la actitud de Mark Rothko (1903-1970), Wasily Kandinsky (1866-1944), Nicolás de Stäel (1914-1955), Yaacov Agam (1928) y Agnès Martin (1912-2004).

Entre los españoles que inspiran su producción, destaca su inclinación por la obra de Juan Antonio Aguirre o José Manuel Broto. Muchos de ellos tienen en común que entienden su trabajo como un recorrido espiritual. Otra interferencia fundamental en su discurso plástico lleva directamente al gran pintor y escultor madrileño Pablo Palazuelo (1915-2007) y a su interés por la arquitectura, algo que se respira en cada trabajo de Aresti, poblado de geometrías con esa orientación; igualmente ambos alcanzan, a pesar del carácter aéreo de sus telas, una evidente sensación de equilibrio.

De su trayectoria expositiva cabe señalar que llegó a preparar varias muestras y tempranamente gozó de una individual en la Sala Borrón (1990), donde presentaría sus Variaciones ya en 2001. En aquella fecha llamaban poderosamente la atención por su fuerza plástica sus dos Derivaciones (1999), en que mediante el empleo del óleo revelaba al espectador gruesos trazos negros que remitían al lejano mundo de la vidriera emplomada y al cloisonné tan característico de la orfebrería medieval utilizado para organizar y combinar esmaltes y piedras engastadas. En cambio, Aresti acotaba a partir de tan sólido tabicado sus también concretos y bien situados campos de color. Sus pinturas nos trasladaban a un mundo en que poco a poco iría entrando el aire como ocurre en los ventanales repletos de pasta vítrea. Eran, pues, sus creaciones de entonces, casi vidrieras y su catedral estaba aún en construcción. Sin embargo, ya se perfilaba su identidad artística en que dejaba como poso aquellas reveladoras pinturas del comienzo, marcadas por Piet Mondrian (1872-1944), el gran artista holandés que en sus inicios se había visto seducido por la obra de Vicent Van Gogh (1853-1890), cuyos originales caminos estéticos también motivaron a Aresti. Del inventor del neoplasticismo no olvidará jamás su creencia en sí mismo y en su trabajo como algo progresivo.

Al mismo tiempo, en su currículum sobresalen diversas exhibiciones en su tierra de origen, especialmente en la década de los años noventa. Al margen de los tres lugares (Salamanca, Madrid y Asturias) que han marcado la biografía de Aresti, el autor recuerda sus largas temporadas en el hermoso enclave de San Cibrián de la Somoza, en plena montaña leonesa. Asimismo, son escogidos y muy significativos sus viajes, que le llevan, indudablemente, a ver mucha buena pintura en las principales ciudades europeas, entre las que sobresalen aparte de París y Londres, Amsterdam y Zúrich. Igualmente es relevante su reconocimiento del Norte africano de Túnez y Tetuán, de evidentes resonancias pictóricas que antes que a él influyó a destacadísimos pintores de la vanguardia del pasado siglo, hacia la que Carlos Aresti mira de forma permanente.

Se trata ante todo de un artista que reflexiona sobre su propio camino y que lucha constantemente por establecer su método de trabajo de forma clara. Así, desde 1996 y sobre todo en esos años finales de la penúltima década del pasado siglo formula en sus escritos todo aquello que le atañe y hasta obsesiona como pintor. Este creador defiende un arte racional basado en el número que en su opinión no tiene porqué ser aburrido. Así, Aresti examina los principios matemáticos de la proporción, la trigonometría y la geometría, con los que persigue “reparar lo desordenado”. Ya de partida desecha la mancha como forma de expresión y apuesta por las formas geométricas. Cree además que la profesión de pintor es absolutamente vocacional, no exenta de sacrificio y dedicación, y trata de dar un verdadero sentido a su quehacer cotidiano. No resulta fácil enunciar un lenguaje propio, pero es plenamente consciente de que debe dar un sentido a su tarea. Establece unas reglas de composición por pura necesidad y para ello emplea las matemáticas y la música; se preocupa de aprender los conceptos esenciales que tanto necesita para efectuar de correctamente su trabajo.

Tampoco renuncia el pintor a dibujar del natural y en definitiva a pintar ante el paisaje, aunque de éste le interese una visión nada convencional al igual que hicieran otros muchos durante toda la centuria pasada. Ensaya y formula sus combinaciones basándose en un razonamiento casi único: la constancia. Cree, sabiamente, que el éxito llega solamente si hay continuidad en la labor que se emprende y llega a proclamar en sus apuntes que “la pintura es trabajo”. Y aparte de sus preocupaciones por la adecuada disposición de las formas en el plano pictórico, no descuida el color, que jamás coloca de manera arbitraria en sus creaciones. Como hacía Luis Fernández (Oviedo, 1900-1973, París), opera con un plan previo y para ello hace uso del número con el fin de que cada color ocupe exactamente su lugar en el espacio. No son, por tanto, improvisaciones los trabajos de Aresti. Cada lienzo es el resultado de una profunda elaboración mental lenta, como en el caso de Fernández, y es que considera que “no hay que correr”.

Otra fuente que emplea el autor es la palabra, pero no de manera explícita en el cuadro. El lenguaje le interesa porque busca componer su propia gramática pictórica. Nuestro pintor sistematiza cuantas reglas precisa para comunicarse con el espectador de forma coherente, tiene claro que lo suyo es un lenguaje de geometrías. Pretende establecer manifiestamente un sistema inédito, suyo, que va configurando en base a la necesaria y cotidiana toma de decisiones, que siempre tiene consecuencias (Lo que pudo ser). Pero a pesar de esa indagación consciente, en busca de normas, Carlos M. Aresti piensa que hay que dejar actuar a la voluntad, con lo que reincide en uno de los principios claves de la pintura de vanguardia desde hace más de un siglo: la libertad del artista, que él llega a proclamar en sus escritos. Por tanto, defiende el trabajo sin sujeciones y, si analizamos su trayectoria, en ningún momento ha estado sometido a los dictados del mundo artístico y menos a los del mercado, por lo que se puede decir que desde hace casi dos décadas ha moldeado su discurso en forma de búsqueda verdadera sin mediación alguna. Este pintor sigue un camino sin señales, que no ha estado exento de dificultades y dedicación continuada. En 2008 Carlos Aresti, tras años de metódico trabajo concluye que “se van el tiempo, las ilusiones y las fuerzas para seguir”, pero sigue, pues considera propio de “cobardes” el abandono. Avanza hacia lo perfecto que siempre relaciona con lo bueno y útil. Al tiempo pretende el disfrute al materializar su labor.

La pintura es para Carlos Aresti un oficio repleto de incógnitas. A través del empleo de la materia pictórica explora las múltiples formas que puede lograr. Intenta domeñar su generosa paleta inicial, que llega a controlar y reducir mediante el inteligente uso de la línea. Lo que más usa es el óleo, a veces combinado con el acrílico, y el soporte habitual es el lienzo. A veces construye sus composiciones sobre lino.

En sus cuadros se suceden al principio infinidad de retículas, ricos y diversos campos de color, formas y tramas que se distribuyen por toda la superficie. Pero ya estaban presentes aquellas líneas que luego dotará de corpulencia hasta transformarlas en enormes armazones que ocupan el lugar principal del plano. En los años centrales de la década pasada consiguió composiciones en base a negros y grises con sugerentes efectos casi de trampantojo entre fondo y superficie. Esas piezas de 2005 y 2006 presentan figuras que parecen disolverse en un espacio que suponemos infinito, si bien se puede intuir un límite de exquisita sutileza que las hace visibles en el cosmos. Aresti ya construye sobre el aire con gran determinación. Es en ese momento en que su obra adquiere una seguridad y un oficio claramente cimentado. El fondo es un paisaje de nubes que parecen estar en circulación y que aportan movimiento y hasta una atmósfera al cuadro que ahora es su marca de identidad. Aresti no recorta sus geometrías sobre fríos planos neutros. Funde por tanto el insólito dinamismo del fondo con la quietud y solidez de las figuras, teñidas de color sabiamente equilibrado y muy estudiado. En definitiva, llega a fijar sus composiciones en el aire. Se trata de un arquitecto que traslada de forma efectiva su idea al plano pictórico. Aresti compone teniendo muy bien aprendidos todos los principios de proporción y matemática, pero el movimiento parecen ser aportado por la música que insufla a sus pinturas.

Con su obra actual acaba por conformar y presentar un amplio conjunto de geometrías que aparecen siempre dispuestas sobre fondos carentes de frialdad; son estos planos, en realidad, dinámicos celajes poblados de nubes que simulan movimiento y multiplican la emotividad del motivo. Estas complejas escenas ocupadas por figuras de rotunda y sólida presencia se muestran como arquitecturas suspendidas. El resultado demuestra una vez más su preocupación matemática, que ya trasplantara al campo escultórico el recordado Amador Rodríguez (1926-2001).

El trabajo de Aresti surge del encuentro entre líneas. El trazo es fuerte, seguro y son muy acusados los contrastes lumínicos. Llega a ser definitorio el generoso y soberbio empleo de la escala de grises, que viene acompañado de estudiados toques de color.

Los títulos de sus últimos trabajos remiten a muchas de sus preguntas, esas que le acompañan desde siempre y que podrían resumirse con su emocionante Paso a Paso, nombrada por el propio artista con tres palabras (en realidad, dos) que resumen su discurso y su coherente actitud. Sus inventadas estructuras, precisas y ligeras (incluso uno de sus últimos cuadros lleva el elocuente título de Aire), de creciente complicación, son verdaderos mecanos que flotan en atmósferas oníricas. Ciertamente, Carlos Martín Aresti ha llegado, tras ensayar infinidad de composiciones, a El Cruce que ha estado buscando desde que tiene conciencia artística. Con este trabajo deja ante nosotros un paisaje esencial y desprovisto de lo accesorio, no exento de dramatismo. Pero no se conforma con una visión sencilla y para ello emplea monumentales arquitecturas, de sólida estampa, que superpone delicadamente al firmamento. No hay en su intención tanta distancia con aquellas arrebatadas visiones celestiales del barroco, pero su bóveda celeste no incluye ángeles ni otros seres. Los paisajes de Aresti, su geografía, están en el cielo, el lugar que enmarca y donde proyecta a modo de escenario su propuesta estética.

En la exquisita pieza titulada Aprender a contar sus ejercicios geométricos tienen como telón un celaje poblado de nubes amenazantes. A esas geometrías acompañan a modo de cuadros dentro del cuadro, soberbios fragmentos de materia pictórica que enriquecen la policromía de la obra. Existen además en su producción referencias a célebres geómetras, como ocurre en la densa pieza Adiós, Euclides.

Muchas de las estructuras flotantes que pinta aparecen en inquietantes posiciones, frecuentemente dominantes respecto a nosotros y envueltas en cambiantes condiciones atmosféricas, repletas de gases, que el artista introduce sutilmente en el lienzo.

Por tanto, deja atrás su más experimental, vitalista y aventurado trabajo de los años noventa, lleno de juventud, color y líneas, que no contaban con un control que paulatinamente iría adquiriendo. Ahora están muy en el fondo todas las influencias recibidas y lo que aflora es únicamente su personalidad, ya conformada y dispuesta a seguir el difícil camino del pintor, al que cada nuevo trabajo acaba por devorar (Contra el tiempo).


Juan Carlos Aparicio Vega


+ Referencias y consulta:
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