Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Punk: rastros de una protesta sin horizonte al fondo


VV.AA.
Centro de Arte 2 de Mayo.
hasta el 4 de octubre de 2015.

Empezando por lo más fundamental, si el CA2M se está convirtiendo –si no lo ha hecho ya– en oasis al que peregrinar al menos un par de veces al año es por exposiciones como esta. Bajo el poco controvertido título de “Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo”, la muestra recorre la impronta que el movimiento punk ha dejado en muchas prácticas estéticas actuales. La finalidad no es, por lo tanto, consignar como cosa del pasado las estrategias del punk sino comprobar como sobre éstas se construyen muchos de los gestos disruptivos de nuestra contemporaneidad.

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El punk ha muerto, viva el punk. Quizá a nadie siente tan bien semejante coletilla como a este movimiento cuya vida duró como mucho los dos años que van de 1976 a 1978. Y es que el punk fue –mejor dicho, es– el epígono de tantas cosas que su muerte debe comprenderse desde los parámetros de una ideología capitalista que deja ya bien claro que no cabe soñar con ninguna salida. Quizá el punto de ebullición del punk –y que lo hace digno de sobrevivir en este mundo nuestro– es que lo suyo no es ya delinear o proponer alternativas. Lo suyo es tomar en serio la única realidad que ya dejaba el capitalismo por aquellos años: que no hay alternativa.

De soñar con paraísos bajo los adoquines se pasó al cabreo circunspecto; de apuntar a una superación al nihilismo se pasa a sospechar que lo nuestro es ser últimos hombres, habitar una escena vacía donde todas nuestras poses de protesta recaen en un inane nihilismo reactivo. El punk sabe –y es eso lo que le hace resistente a cualquier moda– que no hay protesta alguna que logre remontar mínimamente el vuelo.

Y es que quizá cuando está más que demostrado que superar el nihilismo es como poco imposible, que lo nuestro es ensayar variadas formas de nihilismo reactivo, no quede otra que empeñarse, gritar más fuerte, cambiar el tono y modular la voz para que al menos el eco magnifique el estado general de desazón, miedo y coacción sobre el que se eleva nuestras ficción favorita, aquella a la que llamamos realidad.

Porque en definitiva eso es el punk: un eco envolvente, un modo de ser, una cualidad relacional compartida por toda forma disensual. El punk es el ruido de fondo que transita debajo de toda protesta y que susurra lo que todos debemos de saber: que ni siquiera el protestar sirve para algo. El punk es desilusión y cansancio que se conjuga con la necesidad imperiosa de, pese a todo, seguir intentándolo.

Desde estas coordenadas el primer acierto de esta exposición comisariada por David G. Torres es el hacer del punk no un monumento de vitrina sino el caldo de cultivo de todo intento actual de protesta. Es decir: no tratar de diseccionar el movimiento y rendirnos a sus exequias sino rastrear su supervivencia entre nosotros. Es más: no una simple supervivencia sino la huella indeleble de todo intento de, aun y pese a todo, protestar.

Y las confluencias se establecen desde el principio. Ya en el vestíbulo el coche de Jordi Colomer y el gran letrero encima con el leitmotiv de una generación que es la de todos: “No future”. Porque ese es el eco que resuena en nuestros oídos durante toda la exposición, la pared de hormigón contra la que se topan todos nuestros sueños.

Pero es que solo desde tales premisas puede el arte contemporáneo sentar sus bases: no se trata de candideces, no se trata tampoco de indignarnos con el status quo que –haría falta recordar– es el de todos: se trata, más radical aún, de insertarnos en ese eco que la pared nos devuelve en forma de fracaso.

Pero sin duda que para hilar la presencia de la actitud punk en nuestras poses contestarías solo podemos partir de unos sólidos cimientos. En este sentido, la pieza de Cris Burden ‘747’ y la de Dan Graham ‘Rock my religion’ funcionan como catalizadores desde los que rastrear esta impronta punkie en las estrategias del arte contemporáneo.

La performance de Burden, insertada ya en nuestros imaginarios estéticos del pasado siglo XX, sigue siendo tan impertinente como lo fue en su día. El 5 de enero de 1973 Burden dispara un cargador completo sobre un avión 747 que acababa de despegar. La futilidad de la acción no hace perder ni un ápice de radicalidad a esta obra. Quizá lo único que nos quede son acciones improductivas, pero el truco está en que en el proceso el sistema revela sus miserias: el artista fue denunciado pero, al poco, los cargos fueron retirados por lo ridículo de todo el asunto.

Por su parte, el video de Graham establece una relación entre religión y rock en el sentido de ir más allá de la fascinación superficial del pop. La estrella punkie, en este caso personificada en Patti Smith, deviene figura totémica en relación a la cual se secularizan varias prácticas religiosas. La violencia, el ruido, la exaltación de la comunidad grupal, son todas ellas resquicios por donde poder atisbar un origen religioso.

Y, a partir de ahí, la exposición repasa en sus puntos nodales una genealogía básica de la huella punki en artistas como Paul McCarthy, Raymond Pettibon, Mike Kelley, VALIE EXPORT, Jean-Michel Basquiat, Hans-Peter Feldmann, Nan Goldin, Mabel Palacín o Martin Kippenberger. Aunque las prácticas pueden quedar referidas a una multiplicidad que correría el riesgo de anular su capacidad, todas ellas quedan referidas a ese nexo común que lo vincula con lo punk: la alienación, ya patológica y congénita, del ciudadano. Feísmo, ruido, fanzines, cuerpo como arma, importancia de la violencia, lo escatológico, salirse de la norma, etc: todo ello para buscar un espacio para la alteridad y lo diferente.

Pero, como decimos, lo más interesante de la exposición es constatar cómo puede rastrearse esa impronta punk en infinidad de propuestas actuales. La foto de Jimmie Durham, la guitarra de Christian Marclay, los roles yuxtapuestos de Brice Dellsperger, o los españoles Carlos Aires o Pepo Salazar, por citar solo alguna de las obras más interesantes muestran el lado punki del asunto.

Pero como las loas a la exposición ya han sido varias, como el logro ya ha sido puesto sobre la mesa, dejemos que el propio arte tome la palabra. Porque aunque conviniendo en la traza heredera del punk con que toda crítica socio-política carga, ¿no queda, al menos en algunas piezas, todo un poco como de postureo?, ¿no queda alguna estrategia como diluida dentro de un régimen tan hiperconsensuado como idiotizado?

Sin querer ser ni mucho menos exhaustivos la Nazi Girl de Natascha Stellmach o el Mear en espacios públicos o privados de Itziar Okariz, ¿no fingen una mímica disensual para caer en manos del merchandising del cinismo epocal? Y ese No global y absoluto de Santiago Sierra, ¿no es una réplica tan de raíz al sistema que simplemente, y valga la redundancia, replica el espectáculo en que se ha convertido toda respuesta ideológica?

Obviamente que el gesto punk no llena por sí mismo una obra de arte. Pero también es cierto que en el régimen espectacular y especular actual se corre el riesgo de que incluso ese núcleo duro, esa pose irredenta al desfallecimiento, se torne en burla de sí mismo, en ejercicio mimético con el sustrato generalizado de aplanamiento global.



Javier González Panizo


+ Referencias y consulta:
Libros de Javier González Panizo
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