Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Transmediale


VV.AA.
Akademie der Künste (Hanseatenweg), Berlín.
Del 31 de enero al 4 de febrero de 2007.

El carácter procesual intrínseco al arte contemporáneo se acentúa con la mixtificación de lenguajes multimedia. La veinteava edición de la Transmediale de Berlín, festival internacional de arte y cultura digital, giró en torno al lema unfinish!: conceptos como obra abierta, versión, loop y actualización planeaban sobre las instalaciones, conciertos, conferencias y videos presentados.

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La “Orquesta mecánica” de Pierre Bastien inauguró el evento con una actuación emotiva, capaz de sugerir mágicos recuerdos de infancia. Instrumentos variopintos activados por motores, ejecutaban una nostálgica paleta de composiciones que combinaban resonancias africanas con música clásica. El artista, camuflado entre motores y engranajes, dirigía su entrañable orquesta con una trompeta. Superviviente de una época pre-electrónica, Bastien flirtea con la cultura del DJ mediante sonidos hipnóticos y repetitivos que ironizan sobre el sampling. Este diálogo entre el pasado y el futuro fue la tónica del festival.

Exposiciones

En la sala de exposiciones, el tiempo adquiría un papel protagonista en vídeos de montaje no-lineal que privilegiaban sentidos equívocos, que reflexionaban sobre los intersticios entre lo público y lo privado, entre la esencia de una identidad y su construcción mediática; en instalaciones que exploraban la interacción entre la inteligencia artificial y la humana, entre la historia y el mito.

Los prismáticos de Kurt d’Haeseleer, con pantallas inseridas, mostraban vistas panorámicas de entornos urbanos en los que personajes y escenarios aparecían y desaparecían misteriosamente. El título, “Scripted emotions”, alude al dilema emocional con el que se enfrentan los actores ante un guión que les obliga a adoptar un comportamiento preestablecido. El artista confía en el voyeurismo del espectador para tentarlo a recomponer las piezas de ese puzzle de dramas humanos que se suceden en la negra noche. La sensación de detectives privados mirando por tele-objetivos es invertida en la video-instalación de David Rokeby (“Taken”), en la nos sentimos intimidados por la presencia de cámaras de vigilancia capturando nuestros movimientos y proyectándolos en loop sobre las paredes. Al superponer, a modo de archivo visual, las visitas recibidas, haciendo coincidir cada nueva entrada con adjetivos (“despistado”, “sospechoso”…) que supuestamente atenderían al comportamiento registrado de cada individuo, Rokeby parece tantear la posibilidad de construir electrónicamente la personalidad al tiempo que reflexiona sobre un espacio expositivo que deja de ser un cubo blanco, neutro y sin memoria, para devenir un lugar introspectivo e histórico. Las narrativas fragmentarias también protagonizan el vídeo de Herman Asselberghs, “Proof of life”, en el que una cálida voz en off hilvana retazos de noticias televisivas sobre catástrofes, conversaciones con rehenes y reclusos. La saturación auditiva contrasta con el silencio de las imágenes, una sala de espera y una biblioteca, ambas inhabitadas. La voz se infiltra en nuestro espacio privado, arremete contra nuestra pasividad, patentiza el continuo estado de emergencia a que nos abocan los “media” y establece metáforas sobre una humanidad aprisionada por sus propios temores. Se han querido ver en esta obra resonancias del documental de Alain Resnais sobre el Holocausto, “Noche y niebla”, quizás porque, como éste, apoyándose en el texto y sin recurrir a imágenes escabrosas, logra perturbar al espectador, haciéndole sentirse parte de una conciencia colectiva que hizo posible esa realidad.

Entre tanta videoinstalación reclamaban especial atención unos centelleantes aparatos tecnológicos de arcana belleza. “Random screen” de Aram Bartholl consiste en una retícula de luces intermitentes cuyo dorso revela una técnica rudimentaria: velas en el interior de latas de cerveza agujereadas funcionando como fuentes de luz que se encienden y se apagan al ritmo de la rotación que genera su propio calor. Sorprenden los resultados de apariencia electrónica a pesar de renunciar a la parafernalia digital. Si la “pantalla azarosa” prescinde deliberadamente de la electricidad, para Roman Kirschner ésta es la clave de un flujo en continua transformación. En “Roots” recrea una sugestiva atmósfera de arbustos cuyas raíces proliferan en telarañas de burbujas. Ritmos melódicos acompañan estos juegos de artificio encerrados en una vitrina de cristal. La pieza se inspira en las redes químicas de Gordon Pask, quien en los años cincuenta ideó sistemas auto-organizativos de interacción con el entorno, precursores de modelos de vida artificial. Con ello, Kirschner rinde homenaje a la etapa germinativa de la cibernética.

También Herwig Weiser desenmascara creativamente los constituyentes de sus organismos tecnológicos. “Death Before Disco” explota el potencial escultural del ferrofluido; combina altavoces que rescatan cacofonías de la Red con espejos y líquidos magnéticos, encerrándolos en un cilindro que transparenta la materia que hay detrás de nuestra fascinación por la electrónica. La espectacular eclosión de luces y sonidos apuntan al componente emocional de nuestra relación con la tecnología y al factor alienante asociado a la progresiva sofisticación del entorno. Weiser trata de remendar la fractura entre el hombre y un hardware cada vez más complejo, explotando artísticamente sus entrañas de silicona y materiales de conducción.


Proyecciones

En la sala de proyecciones primaron películas y videos con un sesgo histórico y social. “Cabinet” de Tim Shore es un comentario poético y perturbador del progreso tecnológico y su impacto social. Tras un ágil montaje de imágenes de archivo, bélicas y de emblemas patrióticos estadounidenses, cuyo poder apologético quedaba realzado por el audio del himno nacional, se suceden filmaciones de grandes extensiones de praderas virginales amenizadas por seráficos cantos de pájaros, que alternan con representaciones digitales de una cabaña donde una secretaria tipea a velocidad creciente el manifiesto antitecnológico de Unabomber hasta que todo salta en pedazos. La película culmina con la canción navideña “O tannenbaum”. La madera alude indistintamente a la naturaleza y a la civilización: bosques idílicos alternan con frases del célebre alegato escrito por Theodore Kacynski (alias Unabomber) en una barraca. La riqueza de asociaciones y niveles conceptuales evocan una relación ambivalente y compleja de la humanidad con la historia, la memoria y la tecnología.

Otra incursión en la historia reciente se muestra en el vídeo “A day to remember”, en la que el artista, Liu Wei, interroga a transeúntes de la plaza de Tiananmen en el aniversario de la masacre de estudiantes sucedida el 4 de junio de 1989. “¿Sabes qué día es hoy?” es la pregunta que una y otra vez es contestada de forma elusiva. A pesar del humor involuntario que se desprende de algunas respuestas (como la de que el 4 de junio equivale al “29 del calendario lunar”), tras el tabú que rodea el tema se intuye la eficaz estrategia propagandística por borrar ese episodio de la memoria colectiva china. Las entrevistas se intercalan con primeros planos de cámaras de vigilancia y desfiles militares que nos hablan de censura y represión.

Una de las secciones videográficas estuvo dedicada a la apropiación formal o conceptual de otras películas. Fue el caso de “Heinrich und Mary-Jane” de Stefan Zlamal, en la que una pareja se reencuentra, tratando, sin conseguirlo, de superar los rencores del pasado. La descontextualización del audio torna el drama en comedia: el diálogo de la mujer, extrapolado del personaje femenino de “Escenas de matrimonio” de Ingmar Bergmann, choca, por su intensidad discursiva y trágica, con el masculino, que responde con lenguaje burdo y sonidos guturales los devaneos metafísicos de ella.

El título “La Petite Illusion” es un guiño irónico a “La grande illusion” de Jean Renoir, aunque el vídeo de Michaela Schwentner poco tiene que ver con el film antibelicista, aparte del optimismo con el que canciones de los años treinta embargan las acciones apenas insinuadas de siluetas saturadas cromáticamente. Javier Toscano, en “Los argonautas crónicos”, ofrece a enfermos del sida la posibilidad de ese viaje al futuro con el que nos hizo soñar H.G. Wells (“The chronic argonauts”). En esta ocasión la transportación es sólo psíquica: la memoria se entreteje con narrativas de ficción que fluyen en una especie de limbo, donde los protagonistas, portando alegóricas gafas de buceo, imaginan un porvenir sin la urgencia que les demanda su realidad.

En el marco documental destacó el vídeo de Coco Fusco “Operation Atropos”, que explora las técnicas utilizadas en los interrogatorios militares. Fusco reunió a un grupo de voluntarias para realizar el curso “Prisoner of war Interrogation Resistance Program”, dirigido por una empresa privada que tiene en su plantilla ex-miembros de la Inteligencia militar norteamericana. Lo que nació para entrenar a soldados a resistir interrogatorios es hoy utilizado para implementar la formación de personal de seguridad, psicólogos y policías. Lo más chocante del taller es el giro mental, perfectamente expresado en el vídeo, que supone pasar de víctima a verdugo: las mujeres, después de sufrir emboscadas, de ser obligadas a desnudarse y a cubrir sus cabezas con capuchas, deben racionalizar esos métodos de agresión física y mental a fin de jugar efectivamente el papel de captoras. Fusco hace hincapié en los matices que estos procedimientos adquieren cuando son llevados a cabo por y para mujeres, pues algunas se sirven de la supuesta vulnerabilidad femenina como arma defensiva. Oscilando entre el verismo extremo y el simulacro, hace aflorar los puntos negros de las políticas gubernamentales: la hostilidad desgastante como ardid estratégico, la tensión que acaba por derribar todas las defensas, la alienación emocional, etc.

Conferencias

- Videojuegos en Red

En un festival de cultura digital no podían faltar los juegos de ordenador. Se celebraron conferencias sobre videojuegos online aparentemente divergentes: Bordergames (iniciativa de los activistas madrileños La Fiambrera Obrera) y Second Life (creado por Linden Lab). Ambos plantean, más allá del ocio internauta, la idea de comunidad, sea para analizar crítica y creativamente las fronteras geosociales, físicas y mentales, desde el punto de vista del inmigrante, sea para ensayar las posibilidades de una vida y una identidad soñada. También tienen en común la búsqueda de autonomía, pues es el jugador quien define sus propias reglas. Bordergames utiliza un programa de software libre y proyecta instalarlo en un sistema operativo Linux para que cualquier participante pueda implementarlo adaptándolo a su propio entorno. Pretende ser una plataforma de intercambio de experiencias y dotar de representación social a aquellos que la carecen en la vida real. Los primeros “guionistas” fueron los inmigrantes magrebís del barrio madrileño de Lavapies. Crearon escenarios afines a su propia cotidianidad conflictiva, en la que los jugadores deben ir superando “pruebas” para “sobrevivir”. Otras versiones han sido desarrolladas en el Rif, en la ciudad catalana de Figueres y en el barrio berlinés de Kreuzberg. Todas ellas fueron comentadas en la conferencia.

En Second Life, un MMOG (Massive Multiplayer Online Game) de última generación, los participantes pueden construir a su gusto su identidad virtual, hacerlos volar, codearse con famosos y comprarse mansiones. Pero, a diferencia de Bordergames, no se les enseña programas de animación para dar vida a sus avatares, sino que deben pagar a profesionales. Por otra parte, el mundo paralelo de Second Life es puro panegírico de la sociedad capitalista, causante de la alienación que Bordergames critica. En esta comunidad no eres nadie sin propiedades. El “Dollar Linden” es la moneda oficial; muchos se ganan la vida con el negocio inmobiliario, montando casinos o ejerciendo la ciberprostitución. También es una plataforma promocional para marcas. En la conferencia, la artista Anna Kenz mostró una demo de una inauguración celebrada en un museo virtual de Second Life; Aram Bartholl, diseñador de juegos interactivos, presentó sus escenografías. Bartholl, en performances e instalaciones, investiga la incompatibilidad de los distintos niveles de realidad exportando al mundo físico objetos creados para un entorno digital, lo que despierta reacciones inesperadas en aquellos jugadores familiarizados con determinados iconos.

Fue memorable la conferencia de Arthur Kroker, quien lleva años avisándonos de los peligros de la euforia cibernética, de los signos tecnofascistas que van apoderándose de Internet. En la Transmediale nos sumergió en un discurso de inquietante lirismo sobre el renacimiento de la ideología religiosa en la política estadounidense. Retomando el célebre texto de Max Weber sobre la influencia del espíritu calvinista en el desarrollo del capitalismo, Kroker documenta la existencia de una Ética Neo-Protestante que guía la nueva política de raíz fundamentalista. En un monólogo de dos horas fue trazando un ominoso futuro en que la fatídica relación entre religión y tecnología regirá los lenguajes apocalípticos del capitalismo cibernético abocándonos a una guerra global. Las cenizas de la intolerancia del Antiguo Testamento renacen en forma de cruzadas imperialistas. El poder, reducido en su nihilismo a pura voluntad, busca una misión histórica. Los sermones de Bush engarzan la mentalidad puritana con un futuro ultra militarizado. Con el fin del comunismo, el imperio americano se erige como autoridad moral manteniendo, mediante un populismo basado en la fe, la ilusión democrática mientras avanza hacia el fascismo cultural. El régimen republicano actualiza la violencia redentora y el pánico ante la inseguridad de los primeros peregrinos llegados a América con el propósito de edificar una Nueva Jerusalén bajo la invocación de un Dios vengativo. Los políticos actuales bautizan sus conquistas “antiterroristas” con nombres como Plymouth Rock en homenaje a la costa donde llegaron esos primeros conquistadores mesiánicos. Kroker identifica estos “misioneros” con “el último hombre” nietzscheano, pues sustituyen el intelecto por las armas, la diferencia por el resentimiento contra otras razas, contra la libido y la vida.

Otro de los puntales de la Transmediale fue Stelarc, cuya conferencia colapsó el aforo, pues el implante de una oreja en el brazo no se ve todos los días. El título de la intervención, “Fractal flesh”, remite a un performance en que se implantó sensores de estimulación muscular conectados por Internet a diferentes centros de arte, desde los que los espectadores podían coreografiar sus movimientos a través de una pantalla táctil. Como ser humano teleoperado, exploraba los augurios auspiciados por William Gibson en “Neuromante”, pero tornando las connotaciones perturbadoras del control remoto en potencialidades extra-sensoriales. En la Transmediale, ilustró sus últimas incursiones en modelos posthumanos. Habló de las ventajas de una identidad basada, no ya en el individuo, sino en la multiplicidad de “agentes remotos” interconectados a un mismo “cuerpo fractal” de inteligencias distribuidas en redes globalmente conectadas. En colaboración con “Tissue Culture & Art”, artistas especializados en crear organismos mediante ingeniería de tejidos, dio vida a una prótesis, una oreja creada a partir de células humanas, que se adhirió quirúrgicamente en el brazo. Esta tercera oreja, conectada a Internet, habría de funcionar como aparato de escucha remoto para agentes lejanos, intensificar los sonidos locales que oyen los oídos físicos y despertar nuevas posibilidades sensoriales al presentarse desligada del rostro. Al ser una prótesis de “vida parcial” explora nociones relativas a la fragilidad de los límites entre la vida orgánica y la artificial, entre la autonomía y la dependencia de un organismo complejo. Fundamentándose en la concepción de Marshall Mc Luhan sobre las tecnologías como “extensiones” del cuerpo y la mente, Stelarc lleva treinta años construyendo prótesis que convierten metafóricamente al hombre en un ciborg capaz de superar la obsolescencia biológica y psíquica.

Eventos externos

Precisamente, dos de los eventos externos más destacables, organizados en colaboración con otras entidades, fueron la exposición sobre la obra de Marshall Mc Luhan (en la Embajada de Canadá) y el homenaje a Nam June Paik (en la Akademie der Künste, Pariser Platz), que hicieron coincidir con el primer aniversario de su muerte (el 29 de enero). Las aportaciones de estos dos tecno-gurús se complementan, desarrollándose una desde el ámbito de la intuición y el arte, la otra desde la filosofía y la reflexión. Ambos advirtieron premonitoriamente sobre el potencial del embate televisivo de los años cincuenta, cuajando su propia respuesta ante el abuso de la tecnología y animando a los espectadores a dejar de serlo adoptando un papel activo.

En la muestra sobre Mc Luhan, el espectador podía adentrarse de forma interactiva en las ideas del profeta de la sociedad de la información, profundizar en términos que acuñó y que siguen gozando de gran vigencia para analizar la realidad de las intercomunicaciones, como “Aldea Global” o “Galaxia Marconi”.

La alternancia de música tradicional coreana con conciertos de John Cage en la Akademie ilustró el interés de Nam June Paik por hacer dialogar vanguardia y tradición. En cuanto a su producción en video, se seleccionaron aquellos que contextualizaban su obra en una amplia constelación de influencias: el tributo a su mentor John Cage, su participación en el happening de Stockhausen “Originale”, el doble homenaje al coreógrafo Merce Cunningham y a Marcel Duchamp, el doble retrato del performer Allan Kaprow y del poeta beat Allen Ginsberg. Alemania fue clave en la gestación de la obra de este pionero del videoarte, donde entró en contacto con la música vanguardista de Cage y con el bloque europeo de Fluxus, celebrando en 1963 su primera exposición de televisiones manipuladas. En vídeos posteriores, ejemplificados en la Transmediale, desarrolló técnicas de “collage” y de implosión temporal para dinamizar nuestra percepción visual. Mediante una peculiar simbiosis entre matrices de imágenes saturadas y música electrónica construyó su propio universo mediático. Humanizó la tecnología extrayendo de ella objetos lúdicos salpicados de humor: en los videos presentados puede verse su “TV Cello” (performance junto a Charlotte Moorman) y sus televisores convertidos en jardines o en plataformas de fusión entre el arte y la cultura popular o el rito (“TV Buda”). Aparte de los retratos multifacéticos de sus amigos (“A tribute to John Cage”, “Merce by Merce by Paik”), pudimos recordar otros ejemplos de sus pastiches compositivos, en los que engarza retazos transculturales con la reducción de los bailarines a formas abstractas (“Global Groove”), así como sus primeras obras emitidas por satélite (“Good morning mr. Orwell” es un canto de esperanza al potencial democratizador de las comunicaciones globales, que según Paik habría de impedir la concretización de un estado totalitario como el de “1984”).

Tesla, un laboratorio de arte multimedia donde artistas residentes desarrollan su obra, ejemplifica el criterio de creación procesual de la Transmediale. Coincidiendo con el festival, los estudios abrieron sus puertas mostrando piezas que procuraban un acercamiento experimental a las nuevas tecnologías. Además de la sensación de no saber si determinado sistema de cables o neones formaban parte de ciertas instalaciones, en general, la falta de atractivo visual no era compensada por la aportación conceptual: seis torres de ordenador tituladas “six people”, un “remix” de voces grabadas de los visitantes, altavoces que captaban el sonido del espacio urbano, etc. De entre tanta pretensión vana, vale la pena resaltar la instalación interactiva de Seiko Mikami, de la que aún conservo la impresión de ser observada por una bandada de luciérnagas gigantes: estructuras móviles con cámaras de vigilancia y luces inseridas se movían en la dirección del espectador, al interceptar sus pasos con sensores. Lo captado por las cámaras era emitido en un monitor a modo de imágenes superpuestas.

Otro espacio alternativo que programó conciertos y exposiciones auspiciadas por la Transmediale fue C-Base: una especie de búnker futurista, con pantallas incrustadas a las paredes, esculturas hechas con algún tipo de resina, representando astronautas y personajes que parecían sacados de novelas de ciencia-ficción (obra de Anna Gatjal), y actuaciones como la de “Joseph Boys”. Este grupo techno hardcore irrumpió en el escenario vomitando proclamas anarquistas. Un portavoz hiphopero enmascarado a lo Hannibal Lester, acompañado de tres encapuchados que lucían bruñidos músculos bajo chalecos salvavidas, animaba al público a cubrirse para revelar su verdadera identidad. El poder de persuasión fue infalible: al poco rato, éramos los únicos que no nos habíamos enfundado una media en la cabeza.

Como colofón de una ardua jornada, qué mejor que arrellanarse en un sillón y escuchar la pieza sonora de Chartier y Deupree; dejar fluir la mente entre siseos que rememoran el oleaje y el efecto vaporoso del mar mediante sibilinos deslizamientos tonales. “Specification. Fifteen”, originalmente concebida para acompañar una exposición de marinas de Hiroshi Sugimoto, consistió en una proyección videográfica de un extenso océano que experimentaba micro-variaciones en sintonía con una música que irradiaba en forma de torbellinos y atmósferas inmersivas. En definitiva, una plácida sesión minimalista como terapia para descansar de la vorágine informativa y visual de un festival que supo vertebrar las promesas tecnológicas con un posicionamiento crítico ante su ubicuidad.


Anna Adell Creixell


+ Referencias y consulta:
Web oficial
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