Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Dialéctica del Fracaso


Karmelo Bermejo.
Galería Maisterravalbuena. Madrid.
Hasta el 27 de marzo de 2013.

“Tú no estás en contra de los ricos. Nadie está en contra de los ricos. A todo el mundo le faltan diez segundos para hacerse rico -al menos, eso piensa todo el mundo”. “Toda la riqueza ha pasado a ser riqueza por y para sí. No existe otra clase de riqueza si de veras es inmensa. El dinero ha perdido sus cualidades narrativas, tal como le sucediera a la pintura hace ya tiempo. El dinero solo habla para sí mismo”. Don DeLillo, Cosmópolis

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Hasta el 27 de marzo puede verse en la Galería Maisterravalbuena de Madrid los nuevos trabajos de Karmelo Bermejo. Polemista nato, si hasta ahora su producción urdía tramas para poner al descubierto la ideología de base que funciona en el arte contemporáneo, ahora su mirada se dirige hacia los flujos monetarios y financieros, verdadera pulsión oculta de nuestra contemporaneidad.

Frente a tomas de posición que evidencian un simplismo nato a la hora de dar por hecho como funciona el dinero, Bermejo escenifica una tramoya tan fantasmagórica que acierta de lleno. No posicionarse de antemano, no saberse el garante de los últimos de ejercicios de resistencia; tampoco hacer del arte un ámbito de producción separado. De lo que se trata es de subvertir los ciclos de producción, de revelar la improductividad que está en la génesis del capitalismo, el fracaso como garantía de éxito.

Curiosamente, esa dialéctica del fracaso que está en el núcleo del capitalismo –pues solo avanza conquistando ámbitos arrasados por su maniquea ideología- coincide con una práctica artística que sabe leer perfectamente los nuevos tiempos: no hay estrategia de dar la batalla al capital. La única lógica es que, sabedores de que el arte acabará siempre fracasando, hacer que dicho fracaso no le valga al capital. Difícil doble pirueta pero cuya única salida es evidenciar el doble fracaso de ambos: del arte y del capital. ¿Será ese “.” con el que Bermejo da título a la exposición el nudo borromeo de una práctica artística que sabe que su nuevo emplazamiento es una indecibilidad donde el deseo, el objeto a, ha de fracasar para, de alguna manera, seguir alentando la posibilidad?

Si hay algo que urge dejar atrás en los debates que concita actualmente el mundo del arte es esa idea peregrina y flemática del artista puro y consagrado, en su soledad genial, a elevar imágenes capaces de cambiar el rumbo entero de una civilización. Porque nada hay ni ha habido más contrario al arte que esa idea adocenada en la soflama mítica que un arte todopoderoso y capaz por sí solo de, con un brochazo, triunfar sobre el pavoroso y dogmático mundo nuestro de cada día.

Lo digo porque son muchos los críticos que, con una falta de enjundia rayando en la impotencia discursiva, tildan de necedad a toda práctica artística que traiga para sí y utilice los poderes que, al mismo tiempo, se tratan ulteriormente de desocultar. Lo digo, también, porque hay quien se rasga las vestiduras y tilda de –como poco- paradójicos trabajos que requieran para su formulación de las mismas fuerzas del capital que, se supone, tratan de desactivar.

La posición no puede ser más dogmática al tiempo que conjugada a través de todos los mitos que han venido fraguándose en la reciente historia del arte, al menos desde que ésta dejó la puerta abierta a la filosofía para convertirse en estética. Y es que nada ha hecho más daño al arte que esa pulsión dialéctica de quedar referido, según la estética idealista, siempre a dos polos: los referidos a su autonomía como ámbito privado, y la necesidad de, de alguna manera, caer en los mundos de la vida para lograr algún modo de utópica redención.

Así, entre el fracaso más pavoroso y la más inocente de las victorias, el arte ha ido escribiendo su propia acta de defunción para quedar, desde Hegel –el primero en ver esta antinomia fundacional-, como cosa del pasado. Porque, sin saber si mancharse mucho o poco las manos de “realidad”, el arte ha periclitado su ascendencia para quedar reducido a una serie de soflamas panfletarias que, en el mejor de los casos, le adecentan para dejar un bonito cadáver.

Lo sentimos por aquello que todavía hacen de tripas corazón para cantar las bondades del arte. Pero, culpabilidades, a estas alturas del partido, las menos. Un arte que tiene siempre las de perder, que camufla sus derrotas en monumentos a la más esperanzadora de las victorias, ha fenecido. O, en su mantenerse al margen, triunfa momentáneamente para de improviso salir derrotado en la verborrea del citacionismo replicante; o, en su enfangarse con las tragedias de este mundo y querer cargar con su cruz, sale con el rabo entre las piernas al ser incapaz de proponerse como mínimamente capaz de resistencia.

Pero no se trata de enmendarle la plana a ningún ideólogo, no se trata de colegir de inmediato nuevas posibilidades utópicas, no se trata de inundar la vida con el arte ni –viceversa- servir de motor a una sociedad ampliamente despolitizada. Se trata de darse cuenta de que ese no pringarse las manos o, al contrario, manchárselas demasiado, es una pamema que, durante dos siglos nos ha tenido ocupados bajo la égida de alguna salida triunfante. Pero ahora, cuando se ha convenido en que no hay salida alguna, suscitar el simulacro de que la salida es, además, la adecuada es un embeleso que, dicho con pocas palabras, ya no cuela.

Pero es que éxito y derrota no son más que condicionantes traídos por los pelos del propio sistema-mundo para mantener a buen recaudo a cuantas propuestas de emancipación pudieran colegirse. Salir de esta dialéctica es lo más urgente, y, para ello, la batalla ha de jugarse en el mismo terreno de juego que el enemigo.

A este respecto, Rancière concluye quizá su teoría general de la estética alertando de lo mismo: salir de soluciones de emancipación que otorgan posiciones dadas de antemano, entre el que sabe y el que no-sabe, entre el espectador y el espectáculo: “si algún tipo de pensamiento crítico es necesario hoy en día, es, en mi opinión –dice el francés-, el pensamiento que se sale del circuito de ‘ignorancia’ y ‘culpabilidad’”. Es decir, un arte verdaderamente crítico debe de renunciar a cualquier lógica dialéctica ya que ésta ha sido ampliamente ganada para el mundo del espectáculo y el capital.

Boris Groys quizá es aún más contundente: “los éxitos y el fracaso son precisamente los que definen al mundo en su totalidad. De modo que si cambiamos –o incluso mejor, si abolimos- esos criterios, efectivamente cambiamos al mundo en su totalidad y, como he tratando de demostrar, el arte puede hacerlo. Y de hecho ya lo está haciendo”. Y si la alteridad maniquea del éxito/fracaso llena el espectro de lo posible de la bien cultivada sociedad capitalista, quizá Adorno sea aquí pertinente para cerrar filas: “lo total es falso y no hay vida verdadera en lo falso”.

En definitiva, situase frente al capital no es mantenerse asépticamente limpio, no es cuidarse muy mucho de ensuciarse las manos y enseñar al resto del mundo –a esos “ignorantes” espectadores- las vilezas del sistema; situarse frente al capital es saber que toda lógica dialéctica debe ser subvertida, es lograr que el “non olet” del dinero repela a putrefacción. Para ello ya no valen posiciones clínicas, no vale solo señalar ni tan siquiera mostrar. Para ello tiene uno que caerse con todo el equipo, tiene que hacer ostensible su propio fracaso, su insignificancia dentro del propio sistema del capital-mercancía.

Me extiendo en estas consideraciones porque el trabajo de Karmelo Bermejo –y de otros artistas que utilizan tales estrategias al haberse dado cuenda del cambio de ciclo en el arte- es negado con un simple y vano gesto displicente de la mano debido a que, oh cielos, utiliza los mismos resortes que el capital para afianzar su poder. Aducir razones para dar réplica a esa onda expansiva que trata de desprestigiar con la sandez de usar las lógicas del capital es, pensamos, de vital importancia y, por de pronto, un síntoma de buena salud.

La obra y el proceder de Bermejo es ayudar a este cambio de percepción y alentar a que el fracaso se haga visible. Dicha revelación solo puede ser concitada si, en un movimiento parejo, se integra la posibilidad del fracaso en el régimen del arte. Es decir, su método no va encaminado a suscitar triunfo alguno para el arte sino, más inteligente aún, hacer visible el fracaso del progreso y, cómo no, del propio arte.

En el verano pasado, cuando Bankia fue intervenido, sus acciones llegaron a perder hasta el 90% de su valor. Pero este primer fracaso –del capital- no es tal, es solo un espejismo macroscópico ya que, en este contexto, las acciones sufren de una extrema volatilidad generada por los Hedge Funds de la City londinenese. Así, lo que pueden ser pérdidas millonarias, se convierten, en el uso magistral de los heptosegundos y nanosegundos, en ganancias a corto plazo.

Lo que hace Bermejo es tramar una caza: se inserta entonces en esta dialéctica del simulacro tardocapitalista para desvelar que, más que polos antagonistas, el éxito y el fracaso redundan en el juego de la seducción con el que el propio signo-mercancía mercadea. Utilizando toda la financiación otorgada por el Banco Santander para la realización de una obra de arte, Bermejo tradea la acción durante varios días consiguiendo beneficios. Dicha plusvalía, en un movimiento pendular al anterior, va ahora del éxito en los mercados a la inutilidad: las plusvalías generadas se destinan a la adquisición de las 126 plazas de un vuelo regular que partía el viernes 24 de Agosto a las 23:30 de Barcelona, con destino Túnez, para que hiciese un recorrido vacío, sin pasajero, inútil por sí mismo, un mero gasto de mano de obra y gasolina para “no hacer nada”.

No existe denuncia, ni hay representación alguna. Ni siquiera imágenes de la desolación y la injustica que se supone el capitalismo provoca. Es todo más sutil y, por ello, más difícil de cifrar la potencialidad de su éxito y de su fracaso. Casi diríase que lo que nos quiere decir el artista es que el futuro siempre fracasa, que no hay posibilidad alguna, ni para el mundo del capital ni para el arte. Es en ese “no hacer nada” donde nos lo jugamos todo y, artistas tan capaces con Bermejo, parecen darse cuenta. Es ahí donde todo queda en suspense porque, como Bartleby, preferiríamos no hacer nada: sabedores de que no hay éxito ni fracaso que no se necesiten el uno al otro, la improductividad parece ser nuestra mejor toma de posición frente al mundo administrado del capital. Mejor no hacer nada que intentar triunfar una vez más, mejor dejar las cosas como están que intentar enmendarlas, mejor un artista tonto que un artista malo.

Porque, hemos de saberlo, el capitalismo se retroalimenta de los fracasos, de los ámbitos conquistados al desaire que supone una intentona más. Nada más estúpido que, en tiempos de crisis como ahora, decir que el capitalismo está pasando una mala racha: quien pasa una mala racha somos nosotros, irredentos jugadores que no nos cansamos de jugar siempre otra partida. El dinero, en la era de su maquínica pulsión, vale por sí mismo, genera tiempo e información según necesidad. El dinero sique produciendo, solo que a más velocidad, ese mismo señuelo antagónico que reparte sueños al por mayor: hacerse rico, como dice la cita de Don deLillo, en cuestión de segundos. Salir, repetimos, de esa no-narración que proporciona el dinero y a la cual estamos sometidos es la labor de un arte crítico que sabe que desatar otra temporalidad fugitiva no tiene que ver ni con la protesta espectacular ni con el mantenerse al margen.

La mejor metáfora del tiempo de la contemporaneidad sigue siendo la del “Angelus Novus” de Benjamin: no ya reactualizar las potencialidades fracasadas en el presente con la esperanza del pasado, sino saber que, por mucha que sea la derrota, por muy calamitoso que sea el fracaso, nunca será total. Siempre dejará ruinas a su paso, rastros, vestigios. El éxito total es imposible pero también lo es el fracaso total. Es en esa zona de indeterminación e indecibilidad donde el arte ha de operar y donde Bermejo sitúa el grueso de su producción, donde acontece ese vuelo sin tripulantes fantasmagórico y simulacionista por sí mismo.

Para acabar, y como colofón, un chiste: si un economista es alguien que se esfuerza, con los datos del futuro, analizar el pasado y casi siempre fracasa, un artista es alguien que, con los datos del pasado, intenta analizar el futuro… y casi siempre –afortunadamente- fracasa.

Que sigamos fracasando porque esa será señal de que, al menos, le seguimos la pista al capital, que no nos hemos dejado engañar por esas pantomimas idealistas en las que hemos estado enfrascado durante más de dos siglos.


Javier González Panizo


+ Referencias y consulta:
Libros de Javier González Panizo
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