“El dedo en la llaga” es un acertado epígrafe para una retrospectiva del artista neoyorquino Andrés Serrano, pues su obra desvirtúa la supuesta superación de tabúes en el seno de una sociedad que se regocija en amarillismos y perversiones a la carta. La muestra, organizada por la Tecla Sala en colaboración con Artium de Álava, da cuenta de las diferentes series que vienen ocupando su quehacer artístico desde finales de los ochenta: desde los fluidos corporales (incluido el “Piss Crist” cuya controversia lo catapultó al éxito), pasando por “Nómadas”, “El Klan”, “Budapest” y “La Iglesia”, hasta “América”, más ampliamente representada por su relativa novedad.
Las reacciones que suscitan sus fotografías desenmascaran la realidad multifacética de la opresión. Sirviéndose de un lenguaje sumamente depurado, opone a la belleza formal de las imágenes contenidos que socavan nuestra mentalidad aburguesada y reticente a incursionar más allá de lo que consideramos “natural”, “políticamente correcto” o que amenaza nuestro pudor. La estetización no es para Serrano un fin en sí mismo, sino un arma para fundir los límites entre lo sublime y el oprobio, entre lo marginal y su dignificación, entre los espacios privados (el convento, la morgue) y su profanación.
Su origen hispano tiene mucho que ver con la mezcla de fascinación y repulsa que experimenta ante la religión católica, o más exactamente, la aversión hacia los dogmas eclesiásticos a pesar de mantener cierto sentimiento religioso. Esta ambigüedad acerca la obra de Serrano a la filmografía de Luis Buñuel. Ambos han tratado los conflictos entre la espiritualidad y la pulsión carnal, ambos han hecho mella en la hipocresía burguesa al hacer aflorar los más inconfesables instintos reprimidos, al tiempo que comparten la obsesión con la muerte, el sexo y la religión, así como el gusto por deambular entre la estética neorrealista y el surrealismo.
Un cordero degollado mirándonos de soslayo nos da la bienvenida, anticipándonos la galería de personajes, expuestos en salas posteriores, igualmente víctimas del papel que se les impone (o que se auto-imponen) en el seno de una sociedad que no entiende de matices, en la que sólo existes como parte de un grupo, de una taxonomía que fomenta valores alienantes.
Las sugerentes composiciones de “Bodily fluids” sustituyen los pigmentos por semen, orina y sangre, que fluyen creando constelaciones galácticas y formas orgánicas que evocan pintores informalistas de los años cuarenta. Más impactantes son las inmersiones de figuras religiosas en esos mismos fluidos, que logran provocar desconcierto y sentimientos encontrados al oponer, a la esencia deliberadamente “sacrílega” del proceso creativo, la sobrecogedora belleza que adquieren crucifijos flotando en placentas doradas y “Santas Cenas” de burbujeante misterio. La disolución de los contornos ante la profusión lumínica remite a la expresividad de la pintura barroca, pero también al mundo “kitsch” de las reliquias y demás “souvenirs” eclesiásticos.
En “Nomads” inaugura una tendencia que dominará sus series posteriores: los vagabundos son retratados sobre un fondo neutro, lo que resalta su individualidad independientemente de su pertenencia a un grupo estigmatizado por la sociedad. La iluminación, que se desliza sobre las facciones, les dignifica, a pesar del atavío harapiento. Algo similar ocurre en “The Klan”, donde miembros del Ku Klux Klan, a pesar de parapetar su identidad con intimidantes capuchas, símbolos del racismo y la ignorancia extremos, conservan algo de su humanidad, pues un claroscuro violento desvela miradas chispeantes que atisban tras el uniforme.
Con un lenguaje igualmente lacónico y efectivo llevó a cabo “The Morgue”, primeros planos de partes corporales de víctimas de muertes violentas (suicidio, asesinato, enfermedad). La soberbia estética y la asepsia clínica de los títulos pronto esfuma el morbo que pudiéramos sentir; Serrano despierta nuestra empatía por aquellas muertes anónimas, honra esas vidas que se fueron y parecen renacer en estas turbadoras imágenes. El personaje fallecido por neumonía, cuyo perfil se recorta sobre un fondo oscuro que resalta sus rasgos marmóreos, me remite a los retratos del pintor renacentista Piero della Francesca, cuya obra se caracterizó por su magistral forma de resaltar la volumetría mediante una luz que, como escalpelo, talla los detalles faciales con fría precisión. El interés anatómico, el contraste entre rojos y negros, el rigor compositivo y el estatismo de las figuras, congeladas en un movimiento eterno, son reinterpretados por Serrano, aunque sea de manera intuitiva, en algunas composiciones de la serie del "Depósito de cadáveres".
En “The Church” retoma su fascinación por la iconografía cristiana, pero en esta ocasión enfatizando su razón de ser como símbolos del poder eclesiástico y de la teatralidad inherente al rito católico: el torso de una monja con los dedos entrecruzados y algo crispados sobre su regazo, otra religiosa que se esconde con timidez de la cámara, la arquitectura monumentalizada por un juego de luces y sombras, la austera severidad que transmiten los párrocos, etc. Más que en ninguna otra serie el artista inclina la balanza hacia la uniformidad que confiere el hábito en detrimento del individuo.
Si un viaje por Italia, España y Francia le sugirió la serie “La Iglesia”, fue su visita a la capital de Hungría la que inspiraría las fotografías agrupadas bajo el título “Budapest”. La mirada del viajero no recae aquí en el folclore local ni en emblemáticos rincones medievales, sino que, una vez más, proyecta su propio mundo interior en escenarios ignotos: actitudes devocionales, pasionales y desinhibidas captadas en espacios públicos y privados, extrayendo, como no, los lenguajes de la belleza y el deseo, tanto en cuerpos jóvenes como ajados.
Serrano, con cada serie, inicia un viaje hacia terrenos que han sido poco transitados porque resultan incómodos de aceptar (la marginación, la violencia cotidiana, el racismo recalcitrante), o porque ofenden nuestra mente puritana. “A history of sex” estimula una lectura sin tapujos de un amplio abanico de preferencias sexuales como la gerontofilia o el exhibicionismo. En la misma línea, “The Interpretation of Dreams”, como el título indica, se inspira en el psicoanálisis freudiano para poner en imágenes sus propios sueños eróticos y obsesiones raciales: una relación incestuosa, un afroamericano del Ku Klux Klan… No se incluyen en la muestra los ejemplos más delirantes de la serie, como la monja masturbándose o la vagina dentada.
Por último, en “America”, traslada su mirada plural a la sociedad norteamericana, que si por algo se caracteriza es por su identidad múltiple. Aunque la voluntad de Serrano, con esta serie, ideada tras el 11 de septiembre, fuera plasmar el sinsentido del odio generalizado hacia un país cuya gente es básicamente inmigrante, el resultado está surcado de un humor corrosivo en lo referente a ideales patrióticos y al “american dream”. Siguiendo la tónica de sus anteriores retratos, el retablo de caracteres aquí presentados, con los atributos que les son propios, parecen estereotiparse a sí mismos rozando la caricatura: un comandante de la marina cuya mirada perdida parece vislumbrar triunfos pretéritos, el orgullo de raza representado por el presidente del Partido de los Nuevas Panteras Negras, el payaso cuya perfecta dentadura blanca parece formar parte del maquillaje, el bombero heroico, el prepotente corredor de bolsa, personificaciones de la variedad de credos (un obispo de la iglesia ortodoxa rusa, un rabino), etc. Junto a un desfile de perdedores (una adicta al crac, un “sin techo”) y aspirantes a artistas (bailarinas, bufones, cabareteras), Serrano contrapone celebridades que mantienen viva la fábrica de sueños (B.B. King, Vanessa del Río, Snoop Dog…)
El poder cautivador del arte de Serrano es deudor del lenguaje de la publicidad actual, pero también de las fotografías de estudio de Irving Penn o Richard Avedon, quienes trascendieron el ámbito de la moda al crear una entidad irresoluble entre la prenda y el modelo, al individualizarlo. La serie “America” parece actualizar los retratos de Penn (su galería de artesanos, escritores, actrices, aborígenes…), quien también puso en imágenes su propia idea de EUA, al tiempo que, como Serrano, daba rienda suelta a sus fantasías eróticas, como en esa fotografía en que una joven conversa en sueños por teléfono mientras se convulsiona sensualmente entre sábanas de seda.
La presente muestra en la Tecla Sala quizás no recoge los mejores exponentes de cada serie pero da fe de la coherencia discursiva de un artista que, a pesar de haber ido perdiendo parte de su rebeldía inicial, se mantiene fiel a una visión poliédrica de la realidad; un artista al que gusta agradar pero que no ha dejado de poner el “dedo” en una “llaga” por la que supuran dogmas, segregacionismo e hipocresía.
Anna Adell Creixell