–Come up, Kinch! Come up, you fearful jesuit!
James Joyce
Todo el mundo acaba topándose más tarde o más temprano con un jesuita. O con un individuo educado en un establecimiento dirigido por los padres jesuitas. De ese encuentro –fascinante y descorazonador a un tiempo– puede resultar una novela o un real decreto. O una exposición.
Cuenta Luc Tuymans (Mortsel, Bélgica, 1958) que el espolonazo de Les Revenants, su nuevo trabajo presentado en la galería Zeno X de Amberes, fue el descubrimiento paulatino, como un largo strip-tease demorado, del papel crucial que ha jugado la Compañía de Jesús en la formación de las élites de un pequeño país como Bélgica. Yo le recomendaría a Tuymans que leyese los sermones del Padre Vieira, el gran escritor del barroco portugués, para corroborar –admirando– en otras latitudes ese secreto de polichinela.
La preview de la obra se presentaba simultáneamente (con una hora de diferencia) en dos espacios que tiene Zeno X en Amberes, la galería y el depósito, este último mejor adaptado a los grandes formatos de los óleos. Era una tarde esplendorosa de un sábado de abril. Las terrazas de las cafeterías que franquean la puerta de la galería, frente la Museo de Bellas Artes, estaban llenas. Tuymans apareció puntual en la galería, espacio en donde presentaba unas acuarelas. Observaba a todo le mundo. La gente se acercaba a pedirle autógrafos, la televisión lo entrevistaba. Se le veía un pelín encastillado en un papel de duro (o de semi-duro). No se vio nada nuevo. Era el Tuymans de los catálogos. Miento: sí había algo nuevo que seguramente pasará desapercibido: unas acuarelas (no firmadas) de poliedros de aristas verdes y naranjas. Cumplían a mi juicio el papel de una ruptura deliberada (casi ritual) con la figuración. Nada sorprendió en Tuymans, si bien la serie de acuarelitas (tituladas muy oportunamente "Ejercicios espirituales") tenía ese dejo de promesa provisionalmente incumplida que anima a seguir mirando sus trabajos.
Al salir de la galería camino del depósito en un barrio turco del noreste de la ciudad, Tuymans tomaba un café en la terraza populosa. Al llegar unos minuto más tarde al depósito donde aguardaban los grandes formatos, Tuymans ya estaba allí. ¿De dónde había salido? ¿Había adquirido el don de la ubicuidad a fuerza de ejercicios espirituales? Pareciera que nunca se había movido del depósito, que llevaba instalado una tarde o un siglo entre sus muros usados. Por su forma y estructura, esta exposición me recordó a la que presentó hace unos años a propósito del pasado colonial belga, usando íconos tan manidos como el viaje de Balduino al Congo belga a mediados de los años 50, en la que el pintor pudo explayarse sobre los demonios del colonialismo belga. Estoy casi seguro de que si Tuymans fuera español ya habría pintado el abrazo de Franco a Hitler en Hendaya o la entrada de Tejero en las Cortes.
En esta última ocasión le ha tocado el turno a los jesuitas. Eran nueves cuadros grandes. Había cuadros del Vaticano, de Benedicto XVI dándole la mano al General de los jesuitas. Había un cuadro inesperado de una levitación, titulado Exorcismo. Fiel a su método de trabajo, los cuadros estaban pintados del natural, sólo que el “natural” es una imagen. (A veces esa imagen es amarillenta, o está arrugada.) Recordé largas conversaciones con pintores que han seguido de cerca la trayectoria de Tuymans: la estrategia del pintor flamenco es considerar que el objeto es la imagen. A veces la imagen es el foco blanco de un proyector sobre la pantalla. La imagen-de-la-ausencia-de-imagen se convierte así en un
objeto.
No pude evitar preguntarme a qué viene tanta fórmula. Con la notable excepción de los poliedros (por los que se asoma vertiginosamente el pintor ante los ojos anestesiados después de tanta imagen desvitalizada), toda la obra presentada bajo el ambiguo título de “Les revenants” (“Los aparecidos” o, más literalmente, “los que vuelven”, como regresan los fantasmas) son pequeñas acuarelas-dibujos y grandes óleos con una temática común: la importancia que adquiere en estos días la vuelta de la religión. Con ese pretexto asistimos a escenas de levitación; el rostro desleído de un niño; las páginas de un libro en el que aparece una enorme fotografía de un interior de iglesia barroca (muy jesuita); un sello de la Compañía; un individuo genuflexionante con un fondo de imágenes del Papa y un cardenal (dos figuras vestidas de amarillo vaticano); Ratzinger y Kolvenbach dándose la mano (y el juego de manos); una visión de la basílica de San Pedro, cerca del altar de columna salomónicas; una residencia ¿de verano? con un aire versallesco. Y de nuevo la cara de brillo opaco de un muchacho. ¿De dónde viene esa pátina? Y otro cuadro extraño, inquietante: un fondo rectangular no enorme, oscuro, en el que destacan dos focos de luz o de claridad, uno abajo y otro arriba, mucho más pequeño.
Uno se dice: Tuymans siempre pinta lo mismo. Y así es, no hay sorpresa en el estilo. La sorpresa está en cada cuadro. O en los poliedros pintados (y no firmados) a dos colores (verde y naranja). Al término del recorrido, uno pone de lado todo lo que cansinamente rodea a estas imágenes y se deja invadir por la salvaje, demoniaca presencia de la pintura que nunca una fotografía podrá representar. El demonio de la pintura no se deja fotografiar. Lo único que se puede hacer es dejar constancia de que uno se cruzó con el demonio en una tarde de abril.
Había algo pesado en la presentación del tema jesuítico, hasta el punto de lo humorístico. Tuymans es un pintor trentino. Ha tardado años en llegar a esto. Tuymans levita. “Les revenants” (Los aparecidos) pretende ser un título que hace referencia a la vuelta de los fundamentalismos y las religiones. Y sin embargo lo que sin cesar regresa y vuelve es la imagen, una imagen desvitalizada, velada, apagada, neutralizada, pagana. Tuymans no es un herético. ¿Por qué? Porque no cree dentro del mundo referencial de esa imagen. Lo que vuelve no es la religión sino la imagen, la imagen no cesa de regresar. Ese es el revenant, el aparecido, lo que vuelve sin vida ¿a decir qué? A decir aquí estoy yo, vengo a reclamar lo que se me debe, no descansaré hasta que me sea dado. Ese es el carácter vengativo de los aparecidos. Si vuelven es porque no están sosegados, porque queda algo no resuelto. El universo espectral de Tuymans ha hallado una perfecta salida en el mundo de la Compañía de Jesús. No hay ironía por ningún lado. Sólo pintura.
Adolfo Barberá