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Monográficos de arte contemporáneo

Crítica de arte, noticias, exposiciones, catálogos, textos y libros de artista.


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Idilio. Sueño y Falacia.

VVAA. Domus Artium DA2.Salamanca.

Hasta septiembre.

La revisión de la relación del hombre con aquella naturaleza que lo rodea ha sido uno de los temas más tratados dentro de la historia del arte. El DA2 nos sirve ahora, con esta colectiva de tesis, una nueva visión, a veces crítica, a veces irónica, sobre la intrincada relación metafísica (y física) del hombre con la naturaleza.

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En la Edad de Oro preclásica (preplatónica, si se quiere), cuando el mito aún no había sido reemplazado por el logos, la sensualidad y el hedonismo llenaban la existencia del hombre, que vivía y moría tratando de tú a tú a unos dioses creados a su imagen y semejanza. Ese estado de felicidad atemporal descrita por algunos autores clásicos (Teócrito, Virgilio) desaparece con la irrupción del pensamiento racional de aquellos amantes de la sabiduría capaces de saltar por encima de la poesía homérica y sus lejanos mitos. La plenitud de aquel tiempo en que verdad, belleza y naturaleza eran una única cosa da paso a una búsqueda constante y frustrada de la felicidad perdida. El Idilio, lugar sin espacio, tiempo sin memoria, se convierte en el hilo conductor de esta oportuna muestra que reúne a casi cincuenta artistas, algunos totalmente desconocidos en España.

Con el tan cacareado final de las ideologías (y, por consiguiente, de las utopías) y la irrupción de lo que se ha dado en llamar micropolíticas de la cotidianeidad, la única posibilidad que nos resta para tratar de operar un cambio (fuera de nuestra influencia quedan las grandes injusticias globales, el desigual reparto de los recursos económicos, los flujos mercantiles transnacionales, etc.) se reduce a la intervención en ámbitos locales y privados. Esa reducción del radio de acción y la consiguiente resignación política (¿quién cree que lo personal sigue siendo político?) puede desembocar en un pernicioso onanismo, un tedioso mirarse el ombligo provocado por la imposibilidad de solucionar nada que caiga más allá del umbral de nuestra casa. El occidental medio se parapeta en su refugio creando un microcosmos idílico que le permita superar la angustiosa sensación de insatisfacción: los karaokes de Christian Jankowski (último reducto de felicidad para millones de orientales), las herméticas fantasías de Kerstin Kartscher y el dúo Abel Auer/Dorota Jurczak o los mapeados mentales de Alex Campoy parecen moverse en esa línea.    

El Idilio estaría tradicionalmente vinculado a una determinada visión de la naturaleza que hoy se antoja irrecuperable. No sólo por su paulatina desaparición (imparable retroceso que acaba convirtiéndola en un parque temático al amparo de las leyes de protección medioambiental), también por los cambios en las convenciones que rigen la construcción del paisaje. Ya no es posible encontrar cabañas en el campo como las de Peter Sutter, bosques como los de Stefan Sehler ni islas como las de Michael Samuels (antiguas realidades hoy convertidas en ficciones, juguetes, postales). El único paisaje no sometido al actual régimen del simulacro es el que muestran las crudas fotografías de Xavier Ribas (tal vez, las mejores piezas de la exposición): un territorio periférico aún no absorbido por la ciudad (solares, descampados), pero que en ningún caso podría incluirse en la visión de una naturaleza idealizada y, por lo tanto, mediatizada. Puestos a imaginar o a recrear paraísos más o menos artificiales, Inga Svala Thorsdottir ha diseñado una ciudad a medio camino entre la utopía futurista y la realidad posibilitada por la rigurosa planificación de un conjunto que estaría ubicado en la costa islandesa. Partiendo de los textos del Marqués de Sade, Alexander Braun ha construido una maqueta en la que recrea el falansterio sexual en el que se desarrollaría la novela Los ciento veinte días de Sodoma. Un intento por materializar la más inviable fantasía en un mundo en que todo (¿también una sociedad libertina?) parece posible.

De los peligros que encierra esa imaginativa búsqueda de la felicidad nos advierten los nada inocentes juegos con las drogas de Núñez Gasco y la aplastante naturaleza de cartón de Jorge Pineda, la confusión identitaria de Kaoru Katayama y las pictóricas imágenes de okupas londinenses de Tom Hunter. En cualquier caso, como los viajeros románticos siempre dispuestos a saltar al abismo, nos sentimos atraídos por las engañosas promesas de plenitud que aquí se nos muestran. Pese a que algunas obras pecan de ese infantilismo superficial que aqueja al grueso de la creación contemporánea (Guillén, Breuning), el conjunto resulta coherente y equilibrado, interesante y divertido al tiempo. Una puesta al día de un espinoso concepto que adquiere vigencia en un occidente exhausto en el que todos perseguimos, con más o menos acierto, una Arcadia que se nos escapa.

Juan Albarrán Diego

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