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Paula Rubio Infante.
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| Aunque su vocación es la de abordar las dependencias y las crueldades humanas, Paula Rubio Infante se sirve a menudo para ello de un instrumento lateral: las representaciones animales ligadas a las prácticas de una cultura española tradicional discutida, cuando no ignorada, por los urbanitas de la generación democrática, tales como el toreo o la caza. El suyo es un trabajo no tan cercano a las disquisiciones sensacionalistas poco informadas cuanto una intempestiva aproximación a la transmisión de valores y de jerarquías en el ámbito familiar, para lo que recurre al entorno rural, con unas representaciones pictóricas de una solidez casi obscena de gallineros, alpacas, etc., donde la perpetuación de los valores tradicionales resulta más férrea que en las ciudades. En su exposición individual más ambiciosa hasta el momento, la titulada Entre pecho y espalda (Madrid, galería Formato Cómodo, enero-febrero de 2007) Paula Rubio Infante procedió a la muestra de una profusión pictórica de muy diversos formatos y técnicas en las que recurría a la representación de galgos (de una carnalidad y una dicción muy poderosas) junto a fotografías, como las reproducidas de las imágenes desviadas a los medios de comunicación de las torturas practicadas por soldados estadounidenses en la prisión iraquí de Abú Ghraib en 2003. El conjunto se completaba con la proyección paralela de dos vídeos. Uno de ellos recoge con un montaje y un sonido (entre el que es reconocible la manipulación de un pasodoble, Suspiros de España) enervantes, imágenes grabadas en una perrera en la que han sido recogidos los galgos que los cazadores abandonan -si no torturan- cuando les son ya inútiles, por ejemplo, para la caza de la liebre. Los animales se encuentran entonces famélicos, enfermos y algunos muestran señales inequívocas de un tratamiento brutal por parte de sus anteriores amos. El segundo de los vídeos, sin sonido, muestra el proceso por el que unos tapiceros desmontan con profesionalidad un sillón orejero de piel en perfecto estado, no para su retapizado, sino obedeciendo a una decisión de la artista. La minuciosidad de los trabajadores desvela la estructura y el relleno que en modo alguno resultan elegantes, pese a la apariencia ostentosa del objeto. La proyección concomitante de ambos vídeos conduce al espectador a la incomodidad de imaginar el despellejamiento de los perros, lo que no ocurre en realidad, al igual que en Stachka (La huelga, 1924) de Sergei Eisenstein, no se asiste a la representación de la represión de los rebeldes sino a una yuxtaposición de sus imágenes con una escena de una carnicería animal, una res degollada en un matadero para el consumo humano, aunque ambas secuencias proyectadas consecutivamente se funden mediante una resolución muy efectiva (y no poco discutida) del montaje cinematográfico en la imaginación del espectador para crear un efecto pavoroso. Por otra parte, el colectivo Equipo Realidad, integrado por los pintores valencianos Jorge Ballester y Joan Cardells, activo durante la última década del Franquismo, ya había unido en su serie «Hogar, dulce hogar» (1972-1973) en una misma representación pictórica los dos elementos de los que se ha servido Paula Rubio Infante, el sillón y el perro, en su doble vídeo, como un modo de mostrar de un modo ácido y molesto visualmente dos distintivos que han servido para identificar a la burguesía. Si en la obra de Equipo Realidad esta composición servía como una ilustración de la quiebra social de la España franquista, en la que desaparecía todo elemento humano como algo siniestro, en la obra de Paula Rubio Infante, esta unión, que nunca es real, sino sólo apuntada, remite de modo más directo a la violencia.
La destrucción a la que se asiste en el lenguaje multidisciplinar de Paula Rubio Infante no está acompañada por la instauración de un nuevo orden, pero la acción no está exenta de un simbolismo casi fetichista. En una de sus actuaciones sobre diversos sillones, uno de ellos, el que ocupaba en su domicilio el padre de la artista, pintor, fue quemado en un entorno deportivo. En otra, Paula Rubio Infante ha procedido a la introducción en el espacio vacío que ha dejado el sillón, como una cáscara, a su relleno para lo que ha recurrido a los restos abandonados sobre la arena por los sufridos tripulantes de una patera en su arribada a las costas almerienses.
Paula Rubio Infante prosigue en la actualidad su actividad pictórica de temática animal al tiempo que trabaja en un ambicioso proyecto en el campo de la instalación, El peso de la Justicia, cuya primera entrega se ofreció en el seno de una exposición colectiva El pie sobre el cuello, asimismo en la galería madrileña Formato Cómodo, en una convocatoria inmersa en la edición de 2007 del festival PhotoEspaña. Si bien positivada recientemente, la fotografía, en blanco y negro, fue tomada en el Penal de Carabanchel en otoño de 1998, una semana después de que la cárcel fuera cerrada. Nuevamente, su trabajo escapa de cualquier sensacionalismo y viene a proseguir la trayectoria confesional que también en este caso remite, junto a consideraciones sociales, a circunstancias familiares. Paula Rubio Infante ha dispuesto una mediación entre el contenido visual del objeto y la experiencia espacial de su espectador. En esta ocasión, la autora ha acudido, de acuerdo al rudimentario ejercicio de su modelo (el cemento que se emplea para rellenar un molde apropiado de lo cotidiano: tiestos o latas de metal), a la recreación artesana de objetos de halterofilia con materiales encontrados y confeccionados que se disponen junto a fotografías en las que aquellos mismos objetos desempeñaban una labor física y social. Las fotografías, afirmábamos, fueron tomadas en 1998 durante una visita que pudo realizar gracias a que su padre había trabajado en sus instalaciones durante los años inmediatamente anteriores a su cierre. Paula Rubio Infante se enfrenta a una realidad cuya experiencia poseía en el hogar por comentarios y referencias de sus padres. En su recorrido de 1998 que documenta en estas imágenes de ruinas, asistimos al espectáculo del presidio abandonado y al proceso de una interiorización de la infancia. Recientemente, Paula Rubio Infante ha vuelto a las instalaciones del penal, objeto de atención para muchos jóvenes artistas, pero en la fulgurante transformación formal y espacial que ha sufrido el edificio no acierta a sentir la impronta de lo que realmente significó para los presos, cuya ausencia ya no es tan patente, ni la evocación de una identidad sentida en el interior de su casa. Julio César Abad Vidal |
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