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Monográficos de arte contemporáneo

Crítica de arte, noticias, exposiciones, catálogos, textos y libros de artista.


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Marta Cárdenas

Marta Cárdenas. Beittu Art Gallery. Durango, Vizcaya.

Hasta el 29 de junio.

Marta Cárdenas reflexiona, en primera persona sobre sus últimos cambios de rumbo, su interés por la técnica, los materiales que predominan en su obra...

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Quien entre en esta exposición puede sorprenderse con mi cambio, aunque realmente estoy en esta aventura desde el 97. Tal vez no ha visto mi gráfica reciente ni, sobre todo, las dos muestras que me ha organizado Gonzalo Sánchez, primero en su galería DIECISÉIS, de San Sebastián, y luego en ARCO del 2001, donde me ofreció, generosamente, todo su espacio. Así, me gustaría reflexionar un poco sobre mis últimas andanzas: quizás estas palabras ofrezcan a más de uno pistas para penetrar mejor en lo que están viendo.

Para empezar diré algo que descubrí no hace tantos años y que no me canso de repetir a los jóvenes. En mi opinión el artista nace con un gran armario cerrado lleno de objetos desconocidos. Sólo por una pequeña rendija puede introducir su mano para, rebuscando a ciegas, extraer alguna inesperada prenda: un lazo de seda, un botón de asta, una vieja bota o una capa de piel, cuando no una alpargata usada y maloliente; de todo ese desigual revoltijo está constituída la personalidad del individuo. El recorrido del artista -o al menos de artistas como yo, porque los hay de muchas clases- consiste en extraer del misterioso armario tanto y tan variado como sea posible. Reto y aventura llenos de suspense, capaces de generar la más insospechada pasión; ¿cómo entender, de otra manera, el asombroso fenómeno de Picasso, que hasta durante la comida modelaba figurillas con la miga del pan? Bien ponderaba Proust, en alguna página que no logro encontrar de "LA BUSCA.", la inigualable delicia de ver en su papel algo nuevo y desconocido, hasta ese mismo instante latente en su cabeza.

¿Cómo activar el alumbramiento de esos escondidos tesoros? Cada técnica, en mi opinión, guarda para cada artista una estética nueva -nueva para él, que es de lo que se trata; pues, a nada que salsee con ella, le acabará mostrando una personalidad que él no sospechaba. De ahí mis paseos por las distintas formas de gráfica y hasta de artes aplicadas. Ahora mismo trabajo en la vidriera y la cerámica; y con mucho gusto me metería en el diseño de telas, que cada día me atrae más. También los ejercicios, por absurdos que a veces parezcan, abren portezuelas interiores hacia nuevas zonas de nuestro armario, donde nos pueden esperar escondidos los hallazgos más sorprendentes. Justamente ayer, con unos amigos, hablábamos de un cuento en el que, al parecer, Rubén Darío no empleó más vocal que la A: ¡a saber qué sorpresa le deparó esta estrafalaria experiencia!

Todo esto enlaza con lo que yo decía empezando este escrito, con el último cambio de rumbo de mi pintura -el "último", porque los ha habido muchas otras veces en mi recorrido, y los habrá hasta que yo muera. Por un lado estoy trabajando mucho con la gráfica, y con técnicas que antes yo no había usado, o casi: la serigrafía y, por una vez -pero vendrán muchas más, porque me encanta- la técnica de Hayter, método calcográfico que, no usando la muñeca, permite estampar con tres colores al tiempo. El espectador observará además que, salvo en los primeros de estos cuadros, he dejado el óleo a pincel por un material que quizás no conozca: las barras de óleo, que han entrado en mi mano, muy hecha a las del pastel, -por tantas razones próximo a este medio- como Pedro por su casa, amenazando con instalarse cómodamente de por vida. Ellas, que ya vemos cómo deciden, han llamado a la madera y al papel, por donde se deslizan mucho más libremente que por el lienzo. Y con esto ya tenemos un trazo y una apariencia general distinta. Pero la verdadera mudanza, que es quizás la que ha necesitado todas estas novedades, viene de una orientación y una búsqueda que poco tienen que ver con las de años anteriores. si no es un buceo, a tientas, en mi interior, que, lo sepamos o no, es lo que nos mueve a todos los artistas.

El lector quizás recuerde mi pintura de hará diez años: después de dedicarme al paisaje en el natural durante dos o tres lustros, y obligada por lo efímero del tema, yo había llegado a producir cuadros casi vacíos donde sólo contaba el ambiente, la luz, y algún detalle vegetal u orográfico para dar fé del motivo: un largo y profundo recorrido a partir de un estilo casi impresionista. Por fin, poco a poco, este camino empezó a agotarse. Sintetizar y eliminar más era impensable. Yo iba al campo y me recorría grandes extensiones durante horas sin encontrar una composición que me convenciera. Si, pese a todo, me empeñaba en pintar, sólo era capaz de repetir lo ya sabido. Porque, además, mi proceso técnico -imprimación, fondos, tratamiento de la pintura, tipo de pincelada, pautas y ritmo de trabajo-, nacido de unas necesidades muy concretas, sólo me servía para estudiar eso: lo fugaz en el paisaje. Había que acceder a otro estante, u otros estantes, del armario. De momento empecé por ir durante un par de meses a una clase de Procedimientos de la Facultad de Bellas Artes, para estudiar con los chavales los materiales nuevos; y después me dediqué a experimentar con lo aprendido. A eso responden mis series sobre ropa tendida y puestas de sol; como los barcos de pesca y los bodegones al aire libre que expuse el 97 en la galería Soledad Lorenzo. Cada uno de esos temas planteaba problemas específicos y provocó en mí distintas maneras de pintar.

Y ahora vayamos con estos cuadros. En un viaje a la India del Sur -otoño del 96- quedé, como era de esperar, pasmada con el color. Disponiendo sólo de la estilográfica, me dediqué a registrar por escrito la combinación cromática de cada vestimenta que me atraía. No sabía yo bien entonces lo que iba a hacer con ello; simplemente estaba disfrutando. ¿Sería yo, acostumbrada desde siempre a hacerlo del natural, capaz de trabajar con unos colores tan alejados de la realidad visual que habitualmente me rodea? Con las yemas de mis dedos estaba tocando las más remotas y exóticas prendas de mi armario: se abría un camino más que apetitoso para investigar. ¿Qué hacer con estas listas de tonos? Ya de vuelta ideé unos ejercicios que, además de divertirme, me enseñaban muchísimo: desarrollaba composiciones o patrones formales que partían más o menos de formas vegetales; acto seguido, intentaba distribuír en cada uno de ellos una de las combinaciones anotadas. Empeño mucho más enrevesado de lo esperable, ya que los colores son caprichosos y testarudos: una combinación que en una muestrita inicial queda brillante y luminosa puede resultar vulgar, ajada, o inexpresiva cuando se despliega en grande. ¿Por qué? Porque no todos los tonos pesan igual, y no todas las combinaciones se prestan al mismo tipo de estructura ni reaccionan de la misma manera con formas curvas o rectas, tensas o relajadas. Cada una de ellas precisa un tratamiento a su medida; y ese tratamiento es a menudo difícil de descubrir. Son problemas que inicialmente yo no podía ni imaginar y que me ofrecían día a día nuevas aventuras; sin contar con que me estaban descubriendo una Marta insospechada. Pronto esta actividad se empezó a alimentar de nuevas fuentes. Los peces tropicales -cuyos colores, por cierto, son endemoniados para ordenar de otra manera- la arquitectura popular del Caribe, fotos del GEOGRAPHIC MAGAZINE, y, por fin, cualquier imagen atisbada en la televisión, en una revista, por la calle, o cualquier accidente con mi proveedor de Sennelier -como aquella vez que, por equivocación, me inundó de barras de violeta de Marte- me dan pié a nuevos cuadros. Lo mismo me pasa con los patrones formales: puedo partir de diseños de otras culturas, que, si nunca pispo literalmente, sí estudio y desarrollo con mucho placer; como del más vulgar remate, de la confluencia de varias formas cotidianas o de mis propios garabatos al teléfono.

Estoy enumerando ejemplos que, supongo, resultan más que familiares a muchos pintores, sobre todo abstractos. Por cierto que a mí ahora, tras cuarentaytantos años de profesión, me divierte lo mío eso de ser por fin "abstracta", condición que en la Escuela -años sesenta- me parecía inalcanzable y hasta perfecta, mientras mis ojos y mis manos sólo deseaban, y con inagotable energía, pintar del natural.

No quiero terminar sin aludir a un detalle que quizás interese a algunos. Se crea o no, sigo pintando casi todo al aire libre. Aunque en algunos de mis cuadros he echado mano del maíz, de las lechugas o de los nísperos del Japón que tenía ante la vista, desarrollando o entretejiendo sus formas hasta hacerlas irreconocibles, otras veces no necesito imágenes exteriores. Pero pese a sus incomodidades -kilómetros que recorrer, viento, frío, lluvia o torrefacción- sigo enviciada con ese estudio que es el más espacioso, luminoso, recoleto y variado que conozco.
Marta Cárdenas

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