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Kawaii, o la infancia en el arte
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| Erina Matsui estudia en la Tama Art University de Tokio, la universidad más importante en lo referente a la enseñanza de las artes plásticas de Japón. Finalizará sus estudios en 2008, si bien su carrera como “verdadera” artista de hecho ha comenzado ya. Cuando no asiste a una de sus clases en la universidad es para hacerlo a una inauguración de una exposición colectiva en Nueva York, en la cual participa… Sus obras se encuentran en numerosas colecciones privadas. Todas las telas que expuso en la galería Yamamoto Gendai de Tokio, en septiembre de 2007, se vendieron. Erina Matsui es tímida, a la vez que transmite una increíble determinación. Exuberante, pero falsamente introvertida, duda en las respuestas a los entrevistadores, si bien posa con resolución ante los fotógrafos. Esta joven, llena de contrastes, es sencillamente sorprendente. Su vida parece un cuento de hadas… Nacida en Okayama en 1984, empezó a exponer a los 20 años. En 2004 participó en el festival Geisai de Tokio, una gran muestra de artistas muy jóvenes (en su mayoría menores de 20 años) que organiza Takashi Murakami, en la que ganó la medalla de oro. Entre los miembros del jurado estaba Hervé Chandès, Director de la Fondation Cartier, quien la invitó a formar parte en una exposición colectiva en París, durante el verano de 2005. En la exposición, “J’en rêve”, presentó dos telas de gran formato, que se incorporaron luego al fondo de la colección de esa prestigiosa fundación parisina. Los acontecimientos se fueron encadenando, desde ese momento, con gran rapidez para una joven artista, cuyas obras seducen e intrigan al público... y atraen a los coleccionistas. El modisto Maurizio Galante, fascinado por el extraño universo de Erina Matsui, ha adquirido tres de sus obras. La demanda es, ahora mismo, superior al ritmo de producción de la artista, entregada a sus clases en la facultad y ocupada en la preparación del diploma. A pesar de su juventud, Erina Matsui ha desarrollado una pintura muy personal y de una gran fuerza, fascinante y perturbadora a la vez. En sus sorprendentes autorretratos aparece representado su rostro en primer plano, con frecuencia deformado y gesticulante, que más que resultar divertido nos enfrenta a una transmutación. La tela I love shrimp chili (2003), que pintó a la edad de 19 años, está impregnada de nostalgia: la artista reconoce que aún no tenía entonces suficiente seguridad, aunque la experiencia le proporcionó confianza y abrió el camino de sus futuras creaciones. Representar su propio rostro es, para Erina Matsui, una manera de comprender el mundo y sus misterios. En ocasiones se convierte en una figura lunar, entre astros y constelaciones (Universe, 2004) o en una criatura fabulosa que surge de una alfombra de setas, que evoca la mascota, muy popular entre los japoneses, de una conocida compañía de telefonía móvil. Dichas setas hacen también referencia a Yumeii Takeshisa, un artista del período Taishô (1912 – 1926), que empleaba este mismo motivo con una amplia variedad de registros. Erina Matsui envuelve a menudo su rostro con juguetes, en una evocación del mundo infantil, que no ha abandonado del todo, o fija a la tela una cajita de música de la que sale la melodía nostálgica de una canción de cuna. Las obras de Erina Matsui son el reflejo de la profunda nostalgia de la infancia que caracteriza a la sociedad japonesa actual. Una nostalgia que encubre el malestar de la juventud que se resiste a entrar en el mundo adulto y se aferra cuanto le es posible al mundo infantil. Esta tendencia es manifiesta por todas partes, desde los programas de televisión a la moda. Uparupa for ever Una sorprendente criatura acuática, de piel rosada como la de un bebé, aparece en numerosas telas de Erina Matsui. Se trata de Napoleón, su uparupa, una extraña salamandra rosa que es su animal fetiche, su compañero y confidente. Surge en medio de un paisaje de pasteles y golosinas o flota en un bosque de setas. Es un ser fabuloso, que se diría procedente de otros mundos, motivo recurrente además de alter ego de la artista. Su cabeza redonda, los pequeños ojos expresivos, una sonrisa satisfecha, sus manos delicadas, el cuello aureolado, hacen de este uparupa una criatura atrayente, seductora y perturbadora, como ocurre con todas las obras de Erina Matsui. La artista se inscribe de una forma atípica y personal en la tendencia Kawaii que invade la realidad cotidiana de los jóvenes japoneses y llega hasta el mundo del arte. A pesar de que sus dibujos evidencian la influencia de los manga, en sus obras pobladas con los rostros transformados de niñas de grandes ojos sorprendidos, la mayoría de sus trabajos están lejos de esa estética de la “monería” La seducción de las obras de Erina Matsui está alejada de eso: se localiza en la extrañeza y en esa fuerza indefinible que brota de su pintura. Para Erina Matsui, una obra debe sorprender y provocar la excitación del descubrimiento. Según dice, quisiera hacer obras tan excitantes como lo es el momento de la apertura de los regalos navideños. Pintora de talento precoz, Erina Matsui es uno de esos artistas a tener en cuenta en la escena contemporánea japonesa. Una obra que hay que descubrir sin más demora... Arte10.com / Fundación Miró |
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