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Mixed Emotions
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| El hilo conductor que sirve como soporte teórico y argumental de la muestra parte de una revalorización del factor emocional, denostado en las discusiones artísticas en un momento en que la teorización ha alcanzado cotas insospechadas. Presuponiendo que la música es tal vez la más emotiva de las artes, se han elegido cinco canciones que introducen al espectador a cada una de las secciones en que se ha dividido el recorrido. Cinco conocidos cortes que forman parte del inconsciente musical de varias generaciones y que precisamente por esta razón pueden ayudarnos a situar y relacionar las obras (quede claro que las canciones pueden escucharse en una sala dispuesta para tal fin, pero no suenan en las salas durante la visita). El primero de estos temas es Pale blue eyes (The Velvet Underground), una melancólica balada que enlaza con la desesperanza y desasosiego que desprenden los personajes de las obras de Djamel Tatah, Kerry Stewart, Enrique Marty, Paloma Pájaro o James Rielly. Personajes que parecemos comprender mejor al escuchar las primeras palabras de la canción (“Sometimes I feel so happy, sometimes I feel so sad”) de la boca de Lou Reed. La segunda sección de la muestra trata el tema de la memoria a partir de la obra de seis artistas (John Divola, Xavier Ribas, Lynne Cohen, Timothy Hutchings, Candida Höfer y Francesc Torres) que han trabajado este concepto a través de la fotografía y la arquitectura, dos ámbitos íntimamente relacionados con la memoria. La canción que nos introduciría a esta sección es Architecture and Morality (OMD). El tercer núcleo temático coincide con una de las líneas de investigación más sólidas dentro de la programación del DA2: aquella relacionada con la superación y subversión de los presupuestos minimalistas (Liam Gillick, Fernando Sinaga, DJ Simpson, Arancha Goyeneche) y la evolución de lo pictórico hacia lo que se ha dado en llamar pintura expandida (Albert Oehlen, Alfonso Sicilia, Torben Giehler, Nathan Carter, Katharina Grosse). En este caso la exuberancia formal de las obras dialoga con la psicodelia nómada del Eight Miles High de The Birds. La cuarta sección ocupa la imponente horquilla carcelaria en la que conviven obras que comparten un nivel de lectura próximo al feminismo y los actuales discursos sobre el género (RoseMary Lang, Ulrike Rosenbach, Irene Andessner, Mona Hatoum, Risk Hazekamp) con otras con un claro contenido político (Pablo Alonso, Hugo Alonso, Jon Mikel Euba, Michael Najjar, Lise Sarfati, Ron Benner). Todas ellas coinciden en presentarnos visiones de la realidad cotidiana tan angustiosas y fascinantes como la que se desprende de la letra del Fallen Angels interpretado por King Crimson (“Fallen angel, west side skyline, crying for an angel dying, life expiring in the city”). Por último, la quinta etapa del recorrido (tal vez la menos coherente) relaciona las obras de Tim White, Kate Bright, Javier Vallhonrat y Laura Ford con la canción The Killing Moon de Echo and the Bunny Men que formó parte de la banda sonora de Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). El principal problema que encontramos visto el interesante conjunto parece derivar de unos planteamientos teóricos que contemplan la “posibilidad de utilizar las emociones en el arte como arma para la resistencia”. Pese a que prácticamente todas las obras tienen varios niveles de lectura y tras el primer impacto visual encontramos algún elemento disonante, más o menos perturbador, que nos incita a mirar más allá de la superficie, en muchos casos el placer visual, lejos de inducir una reflexión, puede imponernos una barrera emocional que nos impida establecer una verdadera tensión intelectual con la obra. En cualquier caso, hay que valorar muy positivamente el original modo de cohesionar una colección dejando a un lado las estridencias y excesos existenciales tan habituales en estas latitudes. Juan Albarran Diego |
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