El Nuevo Mundo se repartió entre España y Portugal mucho antes de que fuera cartografiado y colonizado. Antes de la llegada de Colón a una pequeña isla de las Bahamas, y con el fin de limitar la expansión portuguesa, una bula papal donó a España todos los territorios existentes al oeste de una línea imaginaria que se extendía 100 leguas al suroeste de las Azores y Cabo Verde. Más tarde, el famoso tratado de Tordesillas (1494) modificaría esta frontera conceptual dividiendo Brasil en dos partes, una española y otra portuguesa.
Tal vez beneficiándose de las disputas internas del imperio español, los colonizadores portugueses de Brasil se fueron infiltrando gradualmente en áreas inexploradas de los territorios hispanos. Hacia el siglo XVII, el oro y los cazadores de esclavos –los legendarios bandeirantes, tal y como se los describe de manera romántica en los libros de historia brasileños– cruzaron la línea de Tordesillas ignorando el edicto papal. Sin convertirse en motivo de disensión o disputa, cientos de millas de tierra virgen y todos sus recursos naturales fueron incorporados a la comunidad portuguesa. La historia nunca ha explicado por qué los españoles no reclamaron esta tierra. Se cree que ya tenían suficientes problemas para controlar las rebeliones contra su autoridad y que estaban demasiado ocupados “civilizando” a las “poblaciones bárbaras” que habitaban su inmenso imperio, abundante en regiones y espacios desconocidos que todavía les resultaban inaccesibles.
En este escenario hay algo que no admite discusión: a pesar de lo diverso de las experiencias coloniales, lo que creó y conformó la identidad de todas las comunidades de las colonias atlánticas, Estados Unidos y Canadá incluidos, fue la propia experiencia de la colonización. Al dividir el continente americano y derrocar a las civilizaciones autóctonas, las potencias imperiales importaron su conjunto de valores culturales, sociales y religiosos y los incorporaron a la historia de las recién formadas identidades de los nuevos territorios. Pese a la diversidad de “madres patria” y de discursos coloniales, hacia finales del siglo XVII tres tendencias eran particularmente evidentes en el Nuevo Mundo: el drástico declive de los nativos, el número creciente de esclavos negros y el surgimiento de una población mestiza, resultado de la mezcla entre europeos, africanos y aborígenes. Brasil fue una colonia durante cerca de 300 años y su pasado cultural y étnico es resultado del mestizaje. La misma estructura cultural y social de su metrópolis, Portugal, era también fruto del poderoso influjo de fenicios, romanos, judíos y árabes. Al observar estas influencias desde la perspectiva brasileña, diversos estudios han afirmado que en Brasil todas ellas se conjugaron con la Iglesia, los criminales políticos que la Corona portuguesa embarcó rumbo a las nuevas tierras, los nativos y, más tarde, los africanos. En su artículo, “Brasil: la belleza del mestizaje”, que aqui reimprimimos, Timothy Garton Ash afirma que en Brasil “la gente ensalza la riqueza del mestizaje como un atributo nacional”.
Hoy en día, cuando todos estos hechos parecen ser meros datos históricos, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Entraña la colonización una orientación intelectual que nos hace mirar atrás constantemente?, ¿por qué seguimos mirando al pasado en busca de las consecuencias de todas esas relaciones de poder que, aparentemente, ya no conciernen al mundo actual? De acuerdo con Bill Ashcroft, experto en teoría poscolonial y profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, estas relaciones podrían parecer irrelevantes, pero esto es sólo aparente. El “compromiso” entre el imperialismo europeo y su transformación en el seno de las sociedades poscoloniales es lo que ha dado “color e identidad” a la misma naturaleza de las sociedades contemporáneas. Brasil no es una excepción.
Brasil posee una tradición cinematográfica centenaria, y, de hecho, a finales del siglo XX las producciones locales controlaban el mercado nacional. Desde los años treinta, pasando por el Cinema Novo, numerosos estudios, entre ellos Tropical Multiculturalism (1997), del historiador del cine norteamericano Robert Stam, han analizado el desarrollo de la industria cinematografica brasileña y su conexión con la historia de la conquista, el proceso de colonizacion, la immigración y la modernidad.
Si es verdad que el desarrollo de la tecnología produce avances históricos, imaginemos Brasil en 1950, al comienzo de una década que iba a estar marcada por una compleja serie de transformaciones en las áreas social, política y económica, bosquejando el perfil de una nueva modernidad naciente. Bajo el eslogan “Cincuenta años en cinco”, la Administración liderada por el entonces presidente Juscelino Kubitschek presentó un “calendario meta”, con el objetivo de poner Brasil al día y equiparlo con industrias esenciales y bienes de consumo. Fue en este periodo cuando la sociedad brasileña adquirió un carácter resueltamente urbano fomentado por la ideología desarrollista y la asociación con el capital foráneo, que respaldaron la instalación de una nueva y sofisticada capacidad industrial. La masa de habitantes de las ciudades estaba haciéndose escuchar por primera vez en la escena política, al tiempo que la ciudad se convertía en el eje central de la vida nacional de manera irrevocable. Este es el tema del corto Brasília, contradições de uma cidade nova (1967), de Joaquim Pedro de Andrade, también abordado por el documental A vida é um sopro (2007), de Fabiano Maciel, dedicado a Oscar Niemeyer. Los realizadores Emmanuelle Bernard y André Blas, por su parte, dibujan un bienhumorado retrato de los habitantes del edificio Copan en São Paulo, otra obra de este arquitecto brasileño, que hace poco cumplió 100 años.
El programa no podía excluir una película de culto dentro de la filmografía brasileña, Macunaíma, de Joaquim Pedro de Andrade, quizás el único realizador conocido por el público español. Para Andrade, “todo consumo es reductible, en última instancia, al canibalismo. Las relaciones de trabajo, las relaciones entre las personas, las relaciones sociales, políticas y económicas, son todavía fundamentalmente antropófagas. Quien puede se come al otro”. Y, así, Macunaíma es “la historia de un brasileño que es devorado por Brasil”.
Infundido de un sentido de raigambre, el lado local de este proyecto, desarrollado a lo largo del año 2007 por el Departamento de Audiovisuales con la asesoría de Maria Helena Leitão y Raquel Hallak, aborda una amplia gama de temas del universo de la sociedad brasileña global y contemporánea: intercambios culturales, problemas políticos y ambientales, lugar, espacio, religión, raza, etc.
Un total de 17 películas, entre largos y cortos, componen el programa. Diário de Sintra (2007), de Paula Gaitán, y Brilhante (2003), de Conceição Senna, son filmes documentales sobre realizadores clave dentro de la cultura brasileña. Dominique Drefuys e Yves Billon realizan la indispensable Brasil: a revolução tropicalista (2002), que investiga el fenómeno del tropicalismo, “detonador de una revolución de las costumbres, del pensamiento y de la idea misma de identidad brasileña”.
Este texto no pretende hablar de todas las películas, ya que mas adelante se incluyen sinopsis de todas ellas. No obstante, es importante destacar el estreno en España de la última obra del conocido realizador independiente Sylvio Back, Lost Zweig, que investiga las circunstancias que rodearon los últimos días de la vida del escritor Stefan Zweig, quien se suicidó junto a su joven esposa tras los carnavales de Río de Janeiro de 1942. Sylvio Back estará en el museo para hablar de su obra, así como Fabiano Maciel y Dominique Drefuys.
Además de esta selección de filmes, se proyectará un ciclo de vídeo, Paisajes, comisariado por Vitoria Daniela Bousso (directora del Paço das Artes, São Paulo), que reúne a un grupo de catorce creadores de vídeo brasileño: desde Éder Santos, miembro de la primera generación, hasta los más jóvenes, como Milena Travassos.
El concierto de Jorge Antunes, realizado en colaboración con el CDMC, Centro para la Difusión de la Música Contemporánea, y dos performances completan la programación: Juego de manos, de Michael Groisman, lúdica y minimalista, e Y pasa, de Beth Moysés, producida por el Departamento de Audiovisuales, en la que varias mujeres sentadas en círculo intercambian experiencias y desarrollan su percepción a través de la circulación de un hilo.
Ningún programa podría dar cuenta de la riqueza de la producción audiovisual brasileña contemporánea. No obstante, confiamos en que este ciclo estimule al espectador a seguir investigando.
Programa
Berta Sichel