Los dibujos vienen ocupando, desde hace años, algunas de sus noches, cuando Gross no es capaz de desprenderse de su inagotable necesidad comunicativa, después de las horas diurnas dedicadas al oficio de la pintura. Los dibujos constituyen de este modo una suerte de diario como un preámbulo del sueño, donde se ciega la razón, que sin embargo amenaza en ocasiones, como cuando dispone estructuras geométricas que pretenden equilibrar las composiciones allí donde piensa que se han desviado demasiado. Son la obra, realizada de una sola vez, de quien roba horas al descanso, de un obsesivo, de un impenitente que no puede dejar las manos hasta que le rinde el sueño. Y son, asimismo, una suerte de confesión por lo que hemos denominado a cada uno de estos papeles como “diario”.
Estos diarios no representan en modo alguno un registro de los acontecimientos recientemente vividos por Gross, sino que se constituyen en su lugar en sus confidencias, en su confesión de su manera de ver el mundo. Toda la obra de Gross tiene en el cuerpo humano a su referente, a su modelo, a su protagonista. Pero es en estos dibujos donde la plasmación de su sentirse en el mundo alcanza una manifestación más extrema. Muchos de estos dibujos presentan, con un perfilado muy sintético y nítido, un cuerpo masculino. En todos los casos, una anatomía joven y ancha, con un abdomen generoso, características todas ellas del propio cuerpo del dibujante. Es muy posible por ello que la figura masculina que habita sus dibujos le pertenezca. Es muy posible que estos dibujos los realice desnudo. Como es muy posible que su propio cuerpo sea la medida desde la que abraza su expresión. La profusión de la línea acontece en el interior de sus perfiles, como una metástasis, fundamentalmente en la zona púbica, así como en la cabeza. Casi toda su obra presenta un contenido sexual, pero no de un modo relamido o provocador de sensualidad. El sexo que habita es, sin embargo, perturbador. Gross realiza desde el sexo, desde el recuerdo o desde la ilusión del sexo, una manifestación atormentada de la existencia. Los cuerpos presentan una vellosidad obscena. En todas partes se encuentran quistes, protuberancias, malformaciones. Y juegos deformantes; una misma cabeza parece mostrarse de frente o de perfil si se toman por ojos algunas de las oscuras protuberancias que presenta.
Pese a su homogeneidad como serie, es posible señalar algunas diferencias formales y técnicas en los distintos dibujos que la integran. Todas las obras se disponen sobre papeles rectangulares de tamaño pequeño o mediano. En todos los casos, su formato es vertical y es trabajado mientras Gross se encuentra reclinado sobre la cama, como si la base del papel fuera uno de los lados menores del rectángulo, dispuesto sobre sus rodillas y apoyado en el abdomen. Ése que aparece tantas veces en su obra. Cuatro son los formatos que Rodrigo Gross emplea en esta serie de diarios. Ordenados de menor a mayor, presentan las siguientes dimensiones: 36 x 25 cm, 41 x 33 cm, 50 x 35 cm y 70 x 50 cm. El tamaño no es lo único que distingue a las diferentes obras. El color blanco de la mayoría de los papeles es reemplazado por el pálido en los dibujos cuyo soporte corresponde a las medidas de 41 x 33 cm; pero más interesante es constatar la diferente técnica que emplea en cada uno de estos cuerpos de obra. Así, en el menor de los formatos (36 x 25 cm) están presentes líneas de horizonte comúnmente ausentes en el resto de los formatos. Al grafito y la tinta, instrumentos ambos comunes a todos estos dibujos, suma Gross, en ocasiones, ligeras manchas de café que otorgan un volumen insospechado al conjunto y les confiere, pese a su dureza, una mayor calidez. El segundo de los formatos en tamaño (41 x 33 cm), sobre papel pálido, está realizado, en cambio, empleando únicamente tinta. El tercero (50 x 35 cm) presenta óleo diluido como una materia orgánica en descomposición, un procedimiento ensayado pictóricamente con anterioridad por el artista. Finalmente, en el mayor de los formatos (70 x 50 cm) renuncia al color y presenta grandes figuras, ya solitarias, ya en pareja, resumiendo las mejores virtudes del trabajo y huyendo del recurso a la línea de horizonte o a elementos geométricos presentes en otras obras con el confeso deseo de equilibrar visualmente las masas.
Sólo excepcionalmente aparecen cuerpos femeninos como hace explícita la representación de uno de sus pechos. En la superficie, el cuerpo principal está sumido en una imparable metamorfosis, cuyo reconocimiento acontece al ritmo de las evoluciones de la mirada del espectador. Por todas partes se descubren escrotos e incluso hocicos, racimos de uvas, hojas. Proliferan los vasos capilares inyectados, como furiosos. Pero es una furia contenida que parece cebarse en uno mismo.
Por último, una serie muy reciente de dibujos destaca por ofrecer escenas de grupo frente a las figuras solitarias que poblaban mayoritariamente sus anteriores trabajos. Asimismo, Gross ha introducido en sus nuevas obras un mayor énfasis en el campo o escenario que ocupan estos personajes, en todos los casos ambiguo y paradójico en el que abundan las trampas visuales que corrompen la ilusión perspectiva tradicional para acercarse al carácter desubicado de un cierto surrealismo. Los animales presentes en los dibujos (especialmente el toro) otorgan un refuerzo visual a la comprensión erótica de su obra al modo en que, por ejemplo, lo desarrollara Picasso en la serie de estampas Suite Vollard.
La compulsiva visión del mundo que Rodrigo Gross ofrece no resulta en absoluto complaciente. No es amable su certeza en la bestialidad humana, como no pretende ser conciliadora su expresión. No es la obra de un oportunista, de un cultivador de la provocación vacua, de un intempestivo de salón. Es una confesión honda y arrebatadora de un dolor verdadero apuntado con una delirante belleza.
Julio César Abad Vidal