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La colección del Museo Nacional Picasso. París
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| Entre otros espacios, la exposición ha ocupado la integridad de la gran sala en la que el MNCARS exhibe el Guernica. En sus aledaños, la muestra ofrece ejemplos de bocetos preparatorios para esta obra así como otras imágenes, cronológicamente muy diversas, en las que Picasso se ha ocupado de la guerra con o sin nombres propios, como en el caso en que se pronunció en torno a la guerra civil coreana (Matanza en Corea. 1951, óleo sobre contrachapado, 110 x 210 cm), en la que la influencia goyesca (de Los fusilamientos del 3 de mayo, 1814) se filtra a través de un referente manetiano más explícito (La ejecución del Emperador Maximiliano, 1864). Del mismo modo, pequeñas salas adyacentes a la nave principal en que se emplaza el Guernica muestran fotografías que documentan la realización de la pintura a cargo de la fotógrafa y compañera de Picasso, Dora Maar, así como otras instantáneas de autores desconocidos que muestran las consecuencias de los bombardeos nazis sobre la ciudad de Guernica y otras, cuyo autor es Agustí Centelles, que ofrecen ejemplos de cuerpos masculinos mutilados durante la Guerra Civil. La exposición es extraordinaria prolija. Se han seleccionado más de cuatro centenares de obras que cubren la integridad de la vida artística excesiva y proteica de Picasso. Y todo esta aquí: obras académicas de juventud (como El hombre de la gorra, de 1895), el Picasso expresionista (con la soberbia Muerte de Casagemas, de 1901) que antecede el periodo azul (los celebérrimos Autorretrato y La Celestina, de 1901 y 1904, respectivamente), la influencia íbera y africana (con obras preparatorias y concomitantes de su cenital Las señoritas de Aviñón, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York), las distintas fases del Cubismo (con especial presencia de los bodegones con materiales encolados del período Sintético, de una excepcional variedad), el Picasso neoclásico, el más próximo al Surrealismo y el Picasso último con ejemplos de las grandes series revisionistas acometidas en su senectud (desde 1954), a excepción de la serie en que parafraseó Las Meninas (cuya integridad atesora el Museo Picasso de Barcelona). Y la muestra ofrece una reducida y sorprendente selección de obra tardía que recupera al Picasso más resplandeciente, como dos desnudos portentosos que, a pesar de estar realizados con una diferencia de dos años, parecen formar un díptico realizado de una sentada (Desnudo acostado y Mujer con una almohada, de 1967 y 1969, respectivamente) y un retrato muy evocador en su simplicidad (El joven pintor, de 1972) en el que Picasso parece fantasear, un año antes de su muerte, con su energía juvenil, definitivamente lejana. La extensión cronológica que cubre esta muestra, así como la calidad sobresaliente de estas obras, permiten comprender, de un modo directo y casi a viva voz, que sensiblemente, no existe apenas vanguardia pictórica alguna que no reconozca a Picasso como a su titular o a su visionario. Pero la obra escultórica picassiana, no menos influyente, no ha quedado sin representación en esta muestra inolvidable. Obras escultóricas en bronce tan sensuales como Busto de mujer (1931) o tan impactantes como Calavera (1943) se muestran en plintos en torno a las cuales se puede deambular haciendo buena la expresión “bulto redondo”, lo que permite apreciar los valores globales de estas obras frente al modo de exposición tradicional que privilegia la frontalidad. Se ha afirmado que la responsabilidad de esta muestra ha recaído en autoridades francesas. El Museo Picasso de París se fundó gracias a la dación a la República Francesa de una importantísima selección de obras en pago de impuestos por los descendientes de Picasso. Se trataba, en suma, de trabajos picassianos de los que el autor no deseó nunca desprenderse. Del mismo modo, se ha anunciado que su comisariado ha recaído en la directora del museo francés. Y, sin embargo, el catálogo recoge un sucinto y diáfano ensayo de la especialista Paloma Estebal Leal (responsable, por ejemplo, del comisariado de la antológica Picasso. Las grandes series, dedicada en el MNCARS en 2001 al estudio de las últimas series picassianas dedicadas a la revisión de obras de Velázquez, Delacroix o Manet) en que se ocupa de una afirmación españolista de Picasso, recordando, por ejemplo, su negativa a renunciar a la nacionalidad española en sus largos años de exilio, o la influencia del arte español en su obra, que la autora rastrea estilísticamente en la obra juvenil de Picasso en la etapa española de El Greco y del arte íbero, así como en un sentido más global, en la pintura de Goya y de Velázquez, y en un aspecto temático: la tauromaquia. Para el espectador medio la experiencia directa con esta muestra, en la que se encuentran algunas de las obras más reproducidas del artista podría representar lo mismo que para Picasso su visita en 1907 al Museo Etnográfico del Trocadero, en París, donde se encontró con obras ceremoniales procedentes de África y Oceanía. No hay picassos así en España, en un número similar en representatividad. Esta muestra será, si algo definitivamente inmenso no ocurre pronto, y en lo referente a las vanguardias históricas, la exposición del año, y de muchos años, en España. Julio César Abad Vidal |
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