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Monográficos de arte contemporáneo

Crítica de arte, noticias, exposiciones, catálogos, textos y libros de artista.


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Una introducción a la obra de Chema Gil

Chema Gil. Sala de Exposiciones de la Ciudadela de Pamplona.

Septiembre de 2008.

Durante el mes de septiembre, la Sala de Exposiciones de la Ciudadela de Pamplona, en la que constituye la tercera individual del artista en la ciudad, la titulada Artymañas tras sus muestras Interiores artificiales, naturalmente (en 1998) y Con malas artes (2003) permite, a través de un total de veintiuna imágenes fotográficas impresas mediante la técnica del plotter y tres objetos, ver una panorámica de los modos de hacer de Chema Gil, caracterizados por desplegar una intimidad evocativa a través de una muy dotada sensibilidad por lo sencillo, por lo ausente de aparatosidad y por lo cotidiano.

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En un montaje fotográfico fabulosamente evocador, titulado A Kim Ki-duk (2007, plotter, dimensiones variables), Chema Gil ha reconocido su amor por la obra cinematográfica del surcoreano Kim Ki-duk, un creador que dirige a los protagonistas (en muchas ocasiones, individuos desarraigados, cuando no abiertamente al margen de la sociedad) de sus desgarradoras historias, las más de las veces, a la búsqueda de un hogar. En Bin jip (de 2004, traducida en España como Hierro 3 como consecuencia de la presentación internacional de su título, 3-Iron, pero cuyo título original significa literalmente “casa vacía”), un motorista se fotografía en el interior de las sucesivas casas que ocupa temporalmente y en las que en lugar de cometer actos de vandalismo, repara sus imperfecciones y se dedica a la higiene hasta ocupar no ya la casa sino el corazón de una moradora, con la que establece una relación de un lirismo onírico. Extremo éste que caracteriza el universo violento y apasionado del conjunto de una producción cinematográfica que hasta el presente año se ha desarrolla en catorce títulos. La voluntad de morar un espacio de sueño es una constante en la obra de este cineasta desde su primera producción, Ag-o (Cocodrilo, de 1996), en la que un paria, apodado precisamente “Cocodrilo”, incapaz de llevar una vida corriente, construye su hogar en el cauce del río Han (de donde, por ejemplo, rescata para su provecho las carteras de los suicidas que se arrojan a él), no sólo la caudalosa arteria fluvial de Seúl, sino un torrente mítico de la cultura coreana, adonde le conduce el desenlace de la historia y de su vida.

La obra fotográfica e instalativa de Chema Gil despliega por su contenido una intimidad evocativa, con una sensibilidad por lo sencillo, por lo ausente de aparatosidad y por lo cotidiano. Su particular fijeza de elementos humildes resulta intempestiva, carente, como está, de exhibicionismo alguno, una actitud infrecuente en un panorama artístico como el presente demasiado a menudo urgido de una presencia tan virulenta en su presentación como inocua en sus efectos. Incluso las características que presentan las obras de Gil se avienen con la austeridad de sus contenidos. El modo en que el autor dispone y selecciona la naturaleza material de sus imágenes contribuye a manifestar, asimismo, su carácter íntimo. El papel en que se imprimen sus imágenes carece de brillo y su textura orgánica confiere al resultado de una manifiesta calidez, contrariamente a la apariencia aséptica, brillante, fría y distante conferida habitualmente a un gran número de impresiones de las muestras fotográficas que admiran en muchas ocasiones más por el derroche técnico de sus tamaños monumentales y calidades técnicas costosísimas que por su contenido.

Chema Gil dirige su trabajo la mayor parte de las ocasiones a la intervención en interiores domésticos. Las fotografías, que en muchos casos resultan la parte último de un proceso que queda oculto al espectador, pese a parecer espontáneas por su inmediatez comunicativa, han precisado, sin embargo, una detenida composición y un desarrollo manual. Probablemente la más representativa de estas imágenes sea, además de una extraordinaria presentación de la sensibilidad de su universo, Hiedra (2006, plotter, 170 x 114 cm). La fotografía muestra una hiedra que sale de una maceta en el interior de una vivienda con una pared desornamentada que se ha dispuesto creando la silueta de una casa que marca la presencia de una puerta y una chimenea, un modelo típico de configuración de la idea “casa” en la imaginación formada de la infancia.

Las imágenes de Chema Gil ofrecen, en la mayoría de las ocasiones, vistas deshabitadas pero en las que es manifiesta la presencia y posterior abandono de diferentes personajes que han dejado sus elementos como símbolos de un reconocimiento, de una invitación. Éste es uno de los motivos por los que se desprende de sus imágenes una cálida emotividad. De Raquel (2006, plotter, 29,7 x 42 cm) se titula la fotografía de una figurita antropomorfa realizada en plastilina de diferentes colores sobre una ventana. Pero en cada caso, este contenido de recordatorio y al mismo tiempo de invitación hace partícipe al espectador de la hospitalidad del trabajo. Quien contempla sus imágenes no participa de la intimidad del autor, bien es cierto, pero es despertado a la valoración de los detalles cotidianos que definen la propia vida y la compañía. En ello estriba el mérito de este creador de imágenes, en su dirección a la sensibilidad de lo evanescente y al mismo tiempo de lo que define la realidad vívida de cada uno.



Julio César Abad Vidal

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