Arte contemporáneo en España



Monográficos de Arte 10. Revista de arte contemporáneo

Cotidianas


Daniel Franco.
Museo Villa Romana de Veranes.
Proyecto sin fecha.

El particular discurso creativo de Daniel Franco (Gijón, 1976), tras haber estudiado pintura en Salamanca, ha venido moldeándose por huidas y entregas, ocultamientos, adhesiones y rechazos, a medida que sus incursiones en otras disciplinas han desbordado la forma y la capacidad habitual de configurar el sentido.

Más interesado por las fuerzas que por las formas, se sitúa, siempre desde las poéticas contemporáneas, en el campo de la performance, el arte de acción o la intervención, al par que ha desarrollado en colaboración una nutrida actividad escénica (Baba de plata, Rabos de lagartija), con residencias en museos, centros culturales y teatros de España, Francia o Cuba.



Sus trabajos se han podido ver en infinidad de escenarios, desde el Museo Vostell Malpartida, el Museo Barjola, Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, el Museo de la Villa Romana de Veranes, hasta un Pozo minero, un palomar o acaso el mismo borde del mar, junto al que vive.
Por otra parte, complementa la ya dilatada trayectoria artística con su actividad docente y con varias incursiones en el campo del comisariado. En este sentido es significativo su papel en dos de las Muestras, desarrolladas en Gijón, del Colectivo de Artistas Independientes del cual formó parte, integrado en la Red Asturiana de Performance y de Acción.




Varios de sus proyectos, surgen de la búsqueda de interlocutores, en colaboración con otros artistas o fruto de la reflexión de su mirada sobre la producción, el acto creativo o los contextos artísticos. Este es el caso de Perder de vista (2016), intervención desdoblada entre la galería ovetense de Arancha Osoro y el Centro Niemeyer, como un acercamiento en el marco de sendas exposiciones dedicadas al fotógrafo Masao Yamamoto.

Profundamente preocupado por la arquitectura y el entorno en que vivimos, Franco impregna todo lo que hace de su extrema sensibilidad y de una mirada particular, alimentada por un pensamiento y un tiempo casi más poético que plástico. No obstante, no falta la presencia del dibujo o más bien una macla de improntas y elementos gráficos que encuentra o les toma el pulso, en la secuencia de sus acciones performativas.
En numerosas ocasiones su arma es solamente una máquina de escribir, que, como una articulación, un suplemento de los lenguajes posibles de su cuerpo, le retiene a la escucha de las teclas pulsadas, cuya sonoridad reconcilia ecos y significados. Y es que Daniel Franco está intensamente interesado por la impronta de las cosas, por  su reverso, por lo que no se ve y por lo que queda o permanece.



Desde ahí, un afán inagotable por traicionarse, contradecirse o desdecirse, deriva todo un ritual, casi una liturgia como desbaratada en que cada movimiento o gesto se dan a la medida de una pregunta donde la precisión deja lugar a otra cosa. Su discurso fulgura en medio de esos haces de ritmos, pero con palabras a veces a medias, con fragmentos de textos que repite, memoriza y asimila y de los que parte: resquicio y reiteración del deseo.




En una de sus piezas más celebradas, Hasta el apuntador, presentada en la Azucarera de Pravia, se dejaba arrastrar por el texto de Blanchot y lo fragmentario de “La escritura del desastre”. Incuso abordó el tema de la epigrafía (DE-AD-LI-NE), pero la propia, llevada desde su memoria familiar a través de un hermoso y poético juego de palabras, navegando de nuevo en la estética del nombrar, del conocimiento parcial, de lo truncado. Capaz de reunir con ello una historia en cualquier escenario, como en la escalera de un viejo portal de su ciudad, juega con las palabras y con las acciones (Ahí hay alguien que dice ay). En Gozo, mostró otra de sus capas preferidas, la de la superposición así como su particular relación con el territorio. Curioso, explora en los lugares, pero enraizando múltiples percepciones, modos de atención e identidad.

En su mirada y en su trabajo hay un sustrato que parece descubrirnos a cada paso y con cada gesto, como si tras él hubiese un panel de grabados prehistóricos recién desplegado. Su trayectoria hasta la fecha es como un calendario traspasado de significados, de pasos frente a lo frágil, lo torpe, el juego, lo subversivo, lo salvaje.
Así, con temblor y en medio de relaciones de fuerzas al mismo tiempo, extiende su trazo por el paisaje y dibuja líneas igual de efímeras e intangibles que los límites de los mapas, los pliegues de algún territorio.

*La propuesta Cotidianas + La memoria del pan (2017),  dentro del proyecto Habitantes paisajistas de Virginia López, entremezcla intuiciones y gestos, que se condensan en un libro de artista expandido.


Juan Carlos Aparicio Vega


+ Referencias y consulta:
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ISSN 1988-7744. Título clave: Monográficos de Arte 10. Tít. abreviado: Monogr. Arte 10.

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