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Amor y dolor de W. Eugene Smith.
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| Smith dirigió su objetivo hacia el frente de los soldados norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial o hacia la depauperada España de la posguerra con un reportaje miserabilista tomado en su mayor parte en la localidad cacereña de Deleitosa (en 1950), pero también se ocupó de proyectos más esperanzadores, como el retrato del compromiso por la vida de un médico rural (1948) y de unas comadronas (1951). Una de sus imágenes es una de las fotografías más célebres y valoradas de la historia del siglo XX. Amplísimamente difundida, desde 1997 la familia de la víctima es, sin embargo, renuente a que se publique. Como el retrato del cuerpo muerto del Che [1], también en esta instantánea se parte de un referente iconográfico cristiano para aumentar su carga sobrecogedora. En este caso, la Piedad. Se trata de Tomoko Uemura en el baño. Imagen que, aunque presente en la exposición, no ha sido publicada en el catálogo de la misma. Esta fotografía, sobrecogedora por su atmósfera y por la pasión de sus personajes, forma parte del último de los grandes proyectos de ensayo fotográfico acometidos por Smith (auxiliado por la participación de su esposa, Aillen M. Smith). Un proyecto publicado en forma monográfica bajo el título de Minamata (Londres, Chatto & Windus, Ltd., 1975), dedicado por su autor a la documentación de las consecuencias y las movilizaciones sociales con las que se contestó en Japón a una continuada violación contra la salud y la vida de una comunidad de pescadores contaminada por vertidos industriales. Minamata es el nombre de la localidad perteneciente a la Prefectura de Kunamoto en la costa occidental de la isla de Kyûshû, la más meridional de las cuatro mayores islas que forman el archipiélago japonés. Su población fue afectada a causa de una contaminación masiva por mercurio debido a los vertidos químicos continuados en sus aguas por los laboratorios Chisso. Precisamente, una de las imágenes más devastadoras de la serie, resulta tanto más impactante por el modo en que al desprenderse de términos espaciales y relacionales que permitan apreciar su escala, documenta el vertido, en una toma semejante a los planos cinematográficos de los bombardeos militares que penetra en la imaginación como si se tratara de una plaga de dimensión bíblica. La ingesta del pescado contaminado por estos vertidos provocó un total de casi dos mil muertos, de acuerdo con las cifras oficiales de una sentencia que no se dictó hasta 2001. Sus vertidos fueron responsables de malformaciones genéticas severas, como en el caso de la niña Tomoko, protagonista, junto a su madre, Ryoko, de una de las fotografías emblemáticas del siglo XX. Madre e hija se encuentran en un baño, inmersas en el agua. La madre sostiene el cuerpo a flote de su hija en una composición marcada por dos ejes: el horizontal del cuerpo de la víctima y el vertical, la madre, de mirada ladeada sensiblemente hacia el rostro de una hija que no puede devolvérsela, perdida y orientada hacia el techo. El fuerte contraste del blanco y negro magnifica la presencia de la luz, que incide sobre la niña y sobre el pañuelo que cubre los cabellos de la madre. La luz magnifica la dimensión de las taras de la niña: un rostro imposible, un abdomen abultado, un torso comprimido. Los muñones de sus manos, lo que habrían de ser los pies. Y del mismo modo, la fotografía contrasta los ángulos del cuerpo de la víctima con las formas suaves, tersas y rebosantes de salud de la madre. Frente al rostro perdido de Tomoko, la fotografía devuelve la imagen de una expresión de conmiseración donde reside el rasgo maestro y ejemplar de esta fotografía, que es, más allá de un vehículo para la exaltación de un autor, un penetrante instrumento de denuncia y de piedad. Son Tomoko y Ryoko, antes que otra cosa, Tomoko y Ryoko por encima de un “smith”. Un Smith que escribió en 1954, “ojalá la compasión, la conciencia y la acción se apliquen con sabiduría para ayudar a los que quedan atrapados en las maquinaciones del destino y la injusticia: como seres humanos que se definen por su condición de tales, no mediante razas, fronteras, pactos o decretos. La opinión popular nunca debería fiarse del odio” [2]. Hemos preferido versar de una imagen que no podemos reproducir aquí, pero que el lector encontrará con mucha facilidad. El silencio, siempre que no se deba a la censura o la imposibilidad de su víctima, es a veces muy elocuente para sentir el dolor del mundo. [1] - Fue tomada por el fotógrafo boliviano Freddy Alborta. El ángulo empleado sublima al Che como mártir mediante su identificación inteligente con la tradición iconográfica del Cristo yaciente. En concreto, y debido al escorzo de sus pies, que se muestran en el primer término, la fotografía recuerda extraordinariamente al Cristo muerto [c. 1480, temple sobre tela, 66 x 81 cm, Milán, Pinacoteca Brera] de Andrea Mantegna. [2] - Palabras finales del ensayo de W. Eugene Smith: «Paseo hacia un jardín del paraíso», reproducido en las pp. 232-237 del catálogo publicado con ocasión de la muestra, W. Eugene Smith. Más real que la realidad. Madrid, La Fábrica Editorial, 2008. Julio César Abad Vidal |
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