Desde sus inicios a finales de la década de los setenta, André Gomes ha desarrollado siempre su trabajo recurriendo a la toma de polaroids. Pero si en un primer momento, Gomes procedía a la disposición de diversas imágenes que compartían un mismo código temático sobre un fondo que las relacionaba, posteriormente se ha servido de ellas de un modo marcado por las ideas de ampliación, de corte y de montaje. Actor él mismo, tanto en el teatro como en el cine (el registro personal del Internacional Movie Data Base presenta un total de treinta y tres entradas), desde su presencia en una exposición emblemática de la vanguardia portuguesa como Alternativa Zero (Lisboa, Galeria Nacional de Arte Moderna, en 1977), Gomes ha desarrollado una producción marcadamente teatral, con un gusto barroquizante por lo aparatoso de sus escenografías y por dirigir su mirada al propio enmascaramiento, a la propia ilusión, componente que las artes plásticas comparten con las artes vivas. Condiciones que ha presentado de un modo abismal en las tres series que ha desarrollado sobre La carrera del libertino (A carreira do libertino, de 1994) en las que la yuxtaposición visual de enseres, tramoyas y personajes, el autorretrato disfrazado y la cesura entre diversas representaciones redunda en un efecto abrumador. Un barroquismo subrayado por la performance que se desarrolló en su presentación pública a cargo de dos bailarines y dos personajes, un ángel y la Muerte, cuya caracterización inequívocamente remitía al del personaje de la película de Ingmar Bergman El séptimo sello (Det Sjunde inseglet, 1957).
Con una recuperación de la iconografía católica, frecuentemente del Barroco ibérico (muy destacable, por ejemplo, es su glosa del pintor portugués Domingos António de Sequeria, a caballo de los siglos XVIII y XIX, en las obras de su serie Lvmen, expuesta en el Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa en 2006), sus últimas obras se han dirigido a la glosa de obras literarias de gran calado. Así, Macha es fruto de su fascinación por el personaje homónimo de La gaviota, un personaje tan huidizo, melancólico y silencioso que concluye en su disolución. Macha es una consecuencia del reencuentro de Gomes con el personaje de Antón Chejov (de su obra La gaviota, 1896) tras asistir admirado a su representación bajo la dirección de Luís Miguel Cintra (Lisboa, Teatro da Cornucópia) en 2006. Compone el trabajo de Gomes, una obra maestra de rigor formal y de hondísima sensibilidad, un total de treinta y dos imágenes agrupadas en seis conjuntos de cuatro imágenes y un único conjunto de ocho en los que ha traducido el penar melancólico de una figura femenina (aquélla que en el drama chejoviano se autorretrata como una mujer que guarda luto por su propia vida) que termina disolviéndose, fantasmalmente, en un paisaje incierto [1]. Del mismo modo, su última gran empresa mostrada al público titulada Era na velha casa (Era en la vieja casa) constituye un titánico esfuerzo tendente a una asombrosa recreación de una construcción poética de la importancia de la Oda marítima (1915) de Alvaro de Campos (uno de los heterónimos de Fernando Pessoa). Una serie, formada por ochenta y siete fotografías, en cuyo origen se encuentra nuevamente la presencia como espectador de Gomes en un espectáculo en el que João Garcia Miguel (Lisboa, Casa d´Os Dias da Água, 2007) procedía al recitado del extensísimo poema [2]. Una confrontación excelsa del poeta con su soledad, con su exilio y una toma de conciencia de su mediocridad frente a la promesa del vigor, de la aventura y del rapto de la vida marinera.
1 - Todas las fotografías de la serie Macha comparten tamaño y formato (100 x 80 cm). Fue presentada en el Teatro Municipal de Almada, localidad muy próxima a Lisboa, en noviembre de 2007.
2 - Ochenta y cuatro de las cuales presentan 93 x 74 cm. Las tres últimas, únicas en posición horizontal (de 93 x 170 cm), muestran un fundido en negro particularmente elocuente. El conjunto de la serie se ofreció al público en la exposición Era na velha casa en Lisboa, Museu da Electricidade entre marzo y abril de 2008.
Julio César Abad Vidal