Arte español contemporáneo

Propuestas de actualidad. Revista de arte contemporáneo

La luz que nunca se apaga

Vicent Carda.
Galería Caracol. Valladolid.
Desde el 12 de diciembre de 2008





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Normalmente, al menos en mi caso, el título de un texto, de una exposición –aquello que primero lee el espectador- es lo último que se decide. Esta aparente contradicción obedece a esa lógica interna que “exige” que el titular anticipe, resuma, oriente... de alguna manera aquello que nos vamos a encontrar (algo que, a posteriori, se hace con mayor certeza).

Sin embargo, tras el estudio, el pensamiento y los primeros esbozos en el estudio, en ese intervalo necesariamente incierto que precede al hecho mismo del trabajo, he tenido claro las palabras, el concepto que define el enfoque adoptado para este trabajo que presento en la galería Caracol de Valladolid, se trata pues de mi última producción pictórica.

La luz que nunca se apaga, es por tanto algo relativo a mí interior y más concretamente a un hecho que sucedió hace un año exactamente, la muerte de mi padre. Aquello significó un duro golpe para alguien como yo que siempre pensaba que la muerte a mi alrededor estaba muy lejos en aparecer.

La luz que nunca se apaga, ha sido y todavía lo es una experiencia dura pero gratificante. Ha significado para mí, una nueva sensibilidad y realidad de mi persona en estos tiempos que corremos.

Partiendo de estas premisas, de la interpretación de la muerte, de la relación que siempre existió entre padre e hijo, y sigue hoy existiendo ha pesar de su ausencia, mi trabajo pretende trascender más allá de su innegable dimensión moral, una capacidad de abstracción, enormemente sugerente en general (la propia creatividad) y pertinente en particular (la obra).

No es mi objeto establecer los interesantes e insondables paralelismos entre padre e hijo que a lo largo de la historia hemos podido encontrar en el mundo de la literatura, la filosofía etc., ni tampoco deslindar los intrincados márgenes que separan y unen el binomio padre-hijo, o mejor, la cultura del patriarcado.

Lonetas de algodón persistentemente lavadas, pintadas, manipuladas. El dibujo, los vestigios de las superposiciones, la purificación de la limpieza. El grafismo directo, los cambios de textura apenas perceptibles. El blanco y el negro, el azul, los crudos en una gama infinita, el humo oscuro hasta la sombra que impregna solidificado el lienzo con la presencia obscena de lo real, la muerte. El gesto inconsciente, automático, premeditado, mágico, que se desliza desde la mano hasta la tela, atravesando ese espacio de nadie (que después es de todos) entre el pintor y la obra. La mancha, esa larga y espesa mancha que luego se hace luz. Espacio atravesado de nuevo por la mirada absorta, inquisitiva, obtusa, emocionada penetrante. La luz que nunca se apaga.

Abundando en este proceso creativo marcado por la seriación, la repetición de la imagen, en este caso diría de la mancha, la integración gráfico-pictórica, intento explorar los límites expresivos de esa ambigüedad que encierra el carácter indudablemente polisémico de la imagen visual.

Las semillas, cuando han alcanzado su estado de madurez (el estado de flor fue el paso inicial, tan hermoso como efímero, de un laborioso proceso que culmina – y en ese sentido muere- en su conversión a semilla) deben ser dispersadas y pasar una fase de letargo (equiparable a la ensoñación creativa) más o menos larga antes de llegar a germinar.

Este hecho que tantas veces he repetido y he buscado, que tan cerca estaba, me ha servido para partir en mis últimos trabajos. Como las semillas, el hombre cuando ha alcanzado su estado de madurez debe dispersarse, retirarse, pasar una fase de letargo, antes de llegar a germinar. La luz que nunca se apaga es sencillamente la germinación de un largo letargo ante la ausencia del padre.

Cuando se opta por un camino de búsqueda de lo esencial (no otra cosa caracteriza la abstracción) el proceso de reflexión previo adquiere una importancia decisiva, de ahí, y vuelvo al principio, el estudio y el conocimiento, pero también el dolor, la perdida del ser querido, es a partir de éstas reflexiones cuándo aparece un nuevo concepto y una nueva idea de trabajo y de ruptura con mis anteriores trabajos. Si antes la relación hombre-naturaleza se encontraba impregnada en la mayoría de mis obras, ahora es la unión, la relación padre-hijo, pasado y presente, ayer y hoy lo que ha motivado mi reflexión y mi nuevo trabajo.

Con La luz que nunca se apaga, he querido rendir un pequeño, pero honesto homenaje a la persona que me enseño a amar a mi tierra, también la que me permitió estar presente en el mundo del arte.

Mis trabajos y estos últimos más todavía, se inscriben con claridad en los principios programáticos de la abstracción pero huyen de todo dogmatismo doctrinario.





Vicent Carda

     

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