Arte español contemporáneo

Propuestas de actualidad. Revista de arte contemporáneo

Fernando Francés comisario del Pabellón de Gabón en Venecia

Owanto.
Bienal de Venecia.
Del 4 de junio al 22 de noviembre de 2009.





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Fernando Francés, Comisario del Pabellón de la República de Gabón y director del CAC Málaga ultima la instalación de la presencia de la artista gabonesa Owanto en la 53 Exposición Internacional de Arte de Venecia. La inauguración del Pabellón oficial se celebra el jueves 4 de junio desde las 6 de la tarde.

Owanto ha sido la artista seleccionada para representar a Gabón en la que es la primera participación del país en la Bienal de Venecia. Aunque Owanto (París, 1953), hija de padre francés y madre gabonesa, vivió los primeros años de su vida en Gabón, ha pasado la mayor parte de su vida en Europa, principalmente en Mónaco, Gran Bretaña, Francia y España. Precisamente el comisario del proyecto artístico es el español Fernando Francés, Director del CAC Málaga, Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, quien ha respetado con total rigor el planteamiento general diseñado por el comisario general Daniel Birnbaum quien ha hecho incidencia en los procesos productivos. Desde este punto de vista la obra de Owanto utiliza elementos y paisajes de deshecho como materia prima para el diseño de la imagen y de la mirada. Espacios degradados que delatan las huellas de una evolución pero no descubren la identidad concreta del territorio. En este sentido la exposición presentará una serie de fotografías de estos lugares inexpresivos pero interrogadores sobre el destino del mundo y el destino de la humanidad. Un camino que puede llevar al caos, la crisis e incluso a la destrucción pero que, reorientado, desde la experiencia de otras culturas puede evolucionar hacia la construcción de un mundo más comprometido. De esta manera también profundiza en las ideas y modos de vida del mundo oriental y del occidental, del gabonés y el europeo. Si en Gabón los materiales y el paisaje son la naturaleza y el estudio… en el mundo occidental lo son la tecnología y la ciudad. Por ello la exposición presenta ”La casa del árbol” una pieza construida a escala de los hogares rurales gaboneses en tiempos de la abuela de la artista. Pero que en occidente, en el su entorno cotidiano, es hoy una casa de juegos donde rememora su infancia en Gabón, donde la memoria actúa como proceso y como material de trabajo. En ella se proyecta una secuencia de fotos de niñas occidentales que, haciendo pintadas en las paredes de la cabaña, a su vez trasforman esa casa de juego en un taller y, por ende, en un laboratorio que la artista ha interpretado como una instalación donde confluyen dos mundos opuestos y contradictorios pero complementarios. Esa cabaña representa el escenario del pasado africano de Owanto y también el futuro de su hija bailando metálicamente una danza que lejos de pedir lluvia o abundante caza, reclama que este mundo en transformación, evolucione hacia la comprensión, la solidaridad y la paz. Hacia la construcción de un hogar común en el que la familia sea un punto de partida de una aldea global.

Fernando Francés afirmó ayer en Venecia que “este año la Bienal supone para mi un doble motivo de satisfacción: por una parte y como es obvio por comisariar el Pabellón de Gabón presentando a una artista que vive parte del año en Andalucía, y en segundo lugar que sea Miquel Barceló quien represente a España ya que su última gran exposición en España se celebró precisamente en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. En el CAC Málaga Barceló mostró sus 20 años de trabajo en África lo que, de alguna manera, es un segundo vínculo de unión entre los dos pabellones”. Francés añadió a esta satisfacción que Liam Gillick quien también expuso individualmente en el CAC Málaga represente a Alemania.

Owanto, El Faro de la Memoria
Go nogé Mènè

Los efectos de la globalización mundial, la caída de las fronteras de la información y la comunicación ha posibilitado que el arte recupere muchas de sus funciones más ancestrales las cuáles, bajo un parámetro de una semiótica maniquea, permiten reutilizar ideas y trasformarlas según el interés de los tiempos. La función curativa que tiene que ver con territorios mágicos e inexplicables pero también con otros absolutamente científicos, pudiera ser una de ellas. Y es el arte actual una buena muestra de ello porque sólo en él se puede entender la evolución del pensamiento y la construcción del cambio. Quizá cabría preguntarse si es primero el cambio del mundo y de la humanidad o el cambio del arte. O quizá sea imposible entenderlo porque uno sea la consecuencia del otro. De cualquier manera el arte es hoy una suerte entre reportero adelantado y notario que ha venido detectando los males del mundo con cierta anticipación a otras miradas más filosóficas o políticas. En este contexto lo cierto es el carácter transitivo del arte. Bertrand Russell entendía que “El cambio es científico, progresista y ético”. Sin duda los cambios requieren y se construyen a partir de procesos de retroalimentación permanente. Son semejantes a las presas de los castores que son levantadas para que la corriente las termine destruyendo y sobre sus ruinas se pueda levantar otra más resistente. Este principio de construcción-destrucción se reproduce en la evolución de la ciencia curativa y por extensión en cualquier otro proceso creativo como los que lleva implícitos el arte.

En consecuencia parece obvio que el arte contemporáneo posee una mayor capacidad de trasformación e influencia que el arte de otros tiempos pasados pero también es posiblemente menos localista y, por ello, analiza, reflexiona y sigue procesos comunes con independencia de los orígenes geográficos, culturales e históricos, olvidándose con demasiada frecuencia de la riqueza de la variedad, de la idiosincrasia de cada grupo, país o región del mundo y de los que éstas puedan aportar a un debate global. Encontrar un foro común y multicultural contribuiría, sin duda, a despertar el progreso y a enriquecer los procesos del pensamiento y de la ciencia. Aceptando este hecho, la duda futura no radica en las estrategias de comunicación ni siquiera en los orígenes del problema sino en hallar un fin común, un escenario de valores universales en el que todos los pensamientos, todas las historias y todas las verdades tuvieran cabida. Un lugar situado entre la utopía y la tolerancia. Deberíamos plantearnos, si es que existen, qué aspectos del mundo actual pueden ser válidos para todas las sociedades con independencia de su tradición y circunstancias históricas, económicas, sociales, culturales o políticas. Y también si el arte puede aportar a este debate una mirada diferente y coherente, pero sobre todo útil. Con demasiada frecuencia el espectador del mundo de arte echa de menos una complicidad y un compromiso personal del artista con los problemas del mundo. Incluso cuando algún artista se involucra demasiado ha podido ser acusado de oportunista. El arte aún puede ser capaz de conmover conciencias y de incomodar. Ése es el que aún me conmueve y el único que me interesa. En cierta manera siempre coincide con un tipo de arte reflexivo y autobiográfico que surgiendo de la memoria y de lo profundo del pensamiento y del corazón del artista, se proyecta al mundo exterior con la intención progresista, científica, ética y curativa de cambiarlo.

Curiosamente cuando pienso en qué artistas coinciden con esos parámetros del arte, la memoria sólo permite recordar nombres de mujer, owanto en gabonés. Ana Mendieta, Frida Kahlo, Louise Bourgeois, Tracey Emin, Shirin Neshat, Marina Abramovic, Owanto… todos ellos son sinónimos de coraje y autenticidad. Owanto que era el nombre de la madre de Yvette Berger fue adoptado por ésta como su nombre artístico. Pero más que un merecido homenaje a su madre coraje, Owanto es también un símbolo, el estandarte de quién adopta una posición comprometida ante el mundo. De quien reivindica el fin de la violencia de género, de quien reclama un rol distinto para la mujer, de quien exige un respeto y un reconocimiento negado a lo largo de los milenios y civilizaciones.

La obra de Owanto recoge ese espíritu y el vigor de la mujer como centro de la naturaleza y al tiempo, cuál poesía perdida, la ingenuidad y la utopía de un sueño porque como Luther King, también tiene un sueño. Ella construye unas imágenes que cuestionan dudas eternas y quizá por ello parecen innecesarias y propias de una juventud en formación. ¿A dónde vamos? se pregunta la artista. Quizá ese plural mayestático sugiera aquel punto de buenas e ingenuas intenciones, pero al tiempo es evidente que Owanto pone sobre el tapete respuestas claras y arriesgadas de dimensión universal y ahí sí se descubre el resultado de una profunda reflexión interior, de la evidencia de unos valores humanos que pueden tener utilidad para construir un mundo más solidario y, por tanto, un mundo mejor.

La mirada de Owanto al África de su infancia, no es en absoluto una experiencia semejante a la del novelista viajero del XIX o el explorador y, por supuesto, está en las antípodas de la mirada estética de los arquitectos racionalistas o de los pintores cubistas. Su posición es una llamada de atención al mundo desde una experiencia vital. Ella nos envía un mensaje optimista, claro y muy aprovechable. La verdad puede estar en el origen de la civilización y por ello la tierra de su madre, África, tiene mucho que aportar en la construcción de un orden mundial. La aportación no es científica, económica ni técnica sino ética. Y seguro que la conjunción de esas dos necesidades será el camino del progreso. Las ideas, los principios y los cimientos sobre los que construir el mensaje de Owanto son sencillos como la naturaleza. Hay un origen animista en esta opción que ancla sus raíces en lo más profundo de la espiritualidad de los ancestros de su madre gabonesa. Sus ideas de cambio, de codificación del mundo actual toman como punto de partida la unidad familiar y la fuerza de las relaciones familiares como el mejor laboratorio para diseñar y construir el amor, una materia prima vital para que el mundo pueda llegar a entenderse. Y en ese laboratorio es la madre, la mujer, el símbolo de unidad y de coraje. Es la metáfora del poder y de la fuerza y también de la esperanza en que un mundo mejor es posible si cada individuo empieza por influir y cambiar su entorno más próximo, su familia, su tribu, su sociedad. Owanto ha utilizado hallazgos del arte pop, del conceptual y del minimal para elaborar una suerte de símbolos sencillos y de lectura universal no para descubrir sino para recordar al espectador dónde pueden estar las soluciones y dónde una sociedad de escasa fortaleza moral puede iniciar su curación.

Tomando como origen sus esculturas, Owanto ha realizado unos iconos muy esquematizados que presenta en formatos de marcado carácter técnico e industrial como las cajas de luz y las señales de tráfico, un recurso muy utilizado por artistas como Maurizio Cattelan, Rogelio López Cuenca, Gabriel Acuña o Michael Pinsky.

El discurso de Owanto se centra pues en unas imágenes que representan el núcleo familiar (madre, padre e hijo) y un niño jugando como símil de la felicidad del mundo que está por llegar. Las señales tienen una doble intención, por una parte alertar sobre las claves y las soluciones… y por otra, dirigir un cambio de dirección en las normas que rigen el mundo. Las cajas de luz tienen, como una tea o un faro, la vocación de iluminar el camino hacia un futuro marcado por la tolerancia, la solidaridad, la esperanza y la felicidad. La subversión entendida como libertad, uno de los símbolos más reivindicados de la contemporaneidad y del arte, no radica ya en la provocación sino como en la obra de Owanto, en la memoria.




Owanto / Fernando Francés

     

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