Entre 1906 y 1934, Eugene de Salignac tomó cerca de 20.000 fotografías de la ciudad de Nueva York (placas de 8” x 10”). Como fotógrafo del Departamento de Puentes, Plantas y Estructuras en un período de crecimiento vertiginoso, documentó la creación de las infaestructuras modernas de la ciudad: puentes, edificios municipales, carreteras y la red de metro.
Pese a que de Salignac se centró en los componentes estructurales de la ciudad en expansión, su visión fue a menudo personal desde un punto de vista técnico y por los motivos representados. Se detenía en las fisuras y las imperfecciones, en los remaches y letreros aislados, jugaba con la luz y la composición. Fotografió la Depresión y sus colas para el pan, accidentes y los trabajadores, retratados con frecuencia de cerca, mientras están concentrados en sus tareas. Las personas que poblaban las escenas eran tan importantes como la escena misma, aparecen en muchas ocasiones mirando directamente a la cámara, recordándonos que el desarrollo no puede darse sin la labor de los hombres.
Si uno mira estas imágenes con atención, aparecen nuevos detalles constantemente, lo que nos permite explorar este período de la historia que de Salignac registró tan diligentemente.
Durante años, estas extraordinarias fotografías han sido utilizadas en libros y películas, pero nunca han sido atribuidas a de Salignac. Esta exposición, comisariada por Thomas H Mellins y Diana Edkins, y el libro que la acompaña son la primera presentación de su trabajo como el corpus estético coherente de un fotógrafo de visión única.
Durante la exposición se proyectarán en la misma sala y de manera continuada 12 documentales realizados en aquellos años. En el cambio del siglo XIX al XX, Nueva York era la ciudad americana más importante, además de representar la “nueva metrópolis”. La llegada masiva de inmigrantes europeos, la consolidación de los cinco distritos metropolitanos integrados en la gran urbe [Manhattan, Brooklyn, Bronx, Queens y Staten Island, unidos desde 1898], el desarrollo de sus infraestructuras y el espectacular boom constructivo de los siguientes treinta años contribuyeron a su prominencia. Muchas de las películas rodadas en Nueva York en esta época parecen celebrar la emergencia de la gran metrópolis, no sin cierto orgullo. Al mismo tiempo, las películas transmiten que la ciudad, en pleno proceso de expansión, se estaba convirtiendo en mucho más que un centro urbano caótico y escuálido: muestran el ascenso de los rascacielos, los más altos del mundo; las inauguraciones de los puentes suspendidos, los más grandes del mundo; la nueva red de metro, la más larga del mundo… todo lo que Eugene de Salignac retrató a lo largo de tres décadas, en el origen de una de las ciudades más asombrosas del mundo.