Arte contemporáneo en España



Propuestas de actualidad. Revista de arte contemporáneo

El valor de lo sencillo


Felipe Ortega-Regalado.
Galería Luisa Pita. Santiago de Compostela.
Hasta el 8 de mayo de 2017.



No hay excusa ni justificación. La pintura emerge, así como la sed. Uno va y pinta, no hay más. Luego el mirar, la contemplación ante el suceso, ya sea un cuadro o una flor.

Desde hace años vivo en el intento de simplificar mi vida. De ahí que si lloro o río no le de más importancia que si no lo hago. Voy asumiendo las diferentes maneras que tiene la vitalidad a la hora de manifestarse. Me permito, y por lo tanto la pintura que me nace es permitida, sin trabas ni censuras. Todo es celebrado.
Es un alivio no tener que escribir un prospecto para esta exposición. No hay nada que entender aquí. Aquí no hay nada escondido para que tú lo encuentres. Solo ves pintura, solo hay pintura. Pintura pintada para celebrarse a sí misma. Hoy son flores, frutos, ramas y troncos; mañana no sé.

Felipe Ortega-Regalado



El valor de lo sencillo

No podemos estar seguros si el azar es una constante en nuestra existencia. Aceptar una posición determinista supondría negar su existencia y quitar de nuestra mirada los procesos que irreductiblemente se producen de forma espontánea y aleatoria. Sin embargo, aceptar su existencia no supone negar el carácter predictivo del conocimiento científico, ni la capacidad de ésta para conocer la realidad. Por el contrario, el azar aporta una grado de incertidumbre que, instalada en nuestro conocimiento, pone en cuestión el carácter homogéneo de un universo determinista o determinado.

La razón de hacer esta pequeña digresión a la hora de hablar de la obra de Felipe Ortega-Regalado es la azarosa casualidad de estar escribiendo este texto desde Sevilla. Mientras la obra de Felipe Ortega se encuentra en la salas de la galería de arte Luisa Pita, el autor del mismo analiza su obra desde el lugar donde este pintor cacereño se ha afincado. Se trata de un hecho casual, totalmente azaroso, ya que en el momento de pensar en este texto, la exposición ya estaba pensada y prevista para la ciudad compostelana y, del mismo modo, nuestra presencia en Sevilla ya estaba concretada. Ninguna de las dos circunstancias tienen un nexo de conexión más allá del azar, de la casualidad.

Esta circunstancia anecdótica, sin embargo, adquiere una dimensión relevante puesto que nos permite reflexionar del trabajo de Felipe Ortega-Regalado desde el mismo lugar donde él trabaja; como si compartir el espacio urbano de una ciudad pudiera hacernos cómplices de su forma de trabajar y entender la relación de su obra con su universo personal.

No creo que sea posible penetrar en el trabajo de un artista por la simple casualidad de coincidir en el mismo espacio físico. Sin embargo, si estoy convencido de que la mirada, como acto consciente en el que ponemos nuestra capacidad intelectual al servicio de la interpretación visual, se ve modificada por las experiencias de un entorno nuevo, de una luz, de un ambiente. Esto es posible que nos pueda acercar un poco más, de un modo diferente, a la obra de cualquier autor.

Desde esta perspectiva los trabajos de Felipe Ortega tienen algo de determinismo enfrentado con el azar y, por extensión, con el caos. Por una parte el dibujo, base esencial de su estilo y lenguaje, fija la realidad a los límites de sus contornos. Nada se puede salir de ese marco que, con firmes sombreados, parece concretar la naturaleza de los objetos, describirlos en sus formas, colores y texturas. Por otra parte,  sus paisajes de fondo, creados a base de sombreados fluidos, de trazo corto y decidido, introducen una tensión creativa, emotiva en sus trabajos. Lo estable, lo concreto se asienta sobre un fondo fluido, dinámico, en el que las apariencias empiezan a confundirse y la atmosfera creada adquiere acentos fantasmales, mágicos y de ensoñación, que supera la primera impresión de algo meramente decorativo y artificial.

Si hubiera que buscar una obra en la que ejemplificar este juego de azar y caos, de la convivencia de lo concreto y lo imaginado, del contraste entre lo real y soñado, ésta sería sin lugar a dudas La liebre de Durero. Un óleo sobre tela en el que Felipe Ortega-Regalado, a modo de manifiesto visual, nos declara su necesidad de que estos dos mundos coexistan. Más allá de la cita artística a la obra del pintor renacentista, estudioso de la representación de la realidad objetiva, la simplicidad del paisaje cromático en el que ubica el motivo lo recalifica de forma absoluta Ya no se trata de un estudio de la naturaleza, de una demostración de cómo el dibujo puede fijar la realidad, es un paisaje habitado e inexistente. La profundidad del mismo, organizado en dos planos cromáticos, queda definido a través de las formas imprecisas, de carácter orgánico, casi vegetal, de la estructura cárstica situada junto a él. Renunciamos a reconocerlo como un elemento pétreo por su cromatismo, por su carácter arbóreo, por esa capa de nieve que parece que cubre su copa y, lógicamente, por esos colores irisados que lo alejan de cualquier realidad que podamos conocer. La habilidad técnica convive con la emoción de la creación, mejor, de la imaginación. Ambas crean un paisaje invernal, de textura blanda y colores contratados.

Esa misma atmósfera, en la que lo real y lo irreal se combinan para crear la impresión de una nueva realidad, es la que descubrimos en El Disfraz, El Deshielo o La Zarza. Como ya comentamos, el acento decorativo de las flores que adornan cada uno de los arbustos, ese juego lumínico y cromático, en el que distinguimos a través de ambos los pétalos de cada una de las flores, lo carnoso de sus hojas, la fragilidad de su existencia, pendiente de la dureza acerada de las ramas del arbusto, contrata con esas telas que penden, flotan y cuelgan de ellas. Siguiendo el título de la primera de las obras mencionadas, se podría pensar que es la naturaleza la que se disfraza, la que se esconde sobre telas imaginadas de texturas difusas y consistencia blanda y fina.

En efecto, la naturaleza es la protagonista. Plantas, árboles, ramas, se convierten en el motivo principal de sus cuadros, como se puede ver en la serie sin título numerada de 1 a 3. Ahora el dibujo ha cedido al color, los perfiles firmes a unos contornos indefinidos y el paisaje vacío, níveo de alguna de sus obras anteriores, a un horror vacui lleno de color y luz. Ambos dejan de servir a una función meramente descriptiva para introducirse en los territorios de la emoción y de la expresión. Nuestra mirada ha abandonado los territorios apaciblemente fríos y tranquilos de aquellos paisajes nevados, de fluidos densos, para adentrarse en espacios más limitados y angostos, no exentos de belleza.

Se trata de un verdadero milagro, título de otra obra, en la que puede ser realista como ese arbusto florecido, o festivo y lúdico, como en Color is coming. Pompas, donde la realidad convive con el color, lo orgánico de sus troncos con la regularidad geométrica y las líneas de sus contornos con la energía de la mancha.
La coherencia del trabajo de Felipe Regalado-Ortega se demuestra en la última serie de obras expuestas. Tituladas como la anterior Color is coming, cada una de ella cuenta con un epígrafe identificativo: Noche, Charca, Siesta, Rama, Tronco, Rojo, Árbol, Seda. Son nuevos universos vivos, nuevos paisajes y nuevos territorios que encierran algo reconocible pero, también muestran una realidad a la que el pintor nos invita a pasar. Los fríos azules de la noche, en formas orgánicas, se explican a través de ese universo cromático y floral de Charca, nos devuelven a la realidad de las formas vegetales en Seda, Tronco, Rojo, Árbol o Rama, y nos devuelven a ese mundo onírico en Siesta.

Esa mirada cercana, parcial, en la que se renuncia a la descripción del paisaje en beneficio al detalle, se repite en la misma serie, en Trama Naranja y Trama Azul. Ahora son las ramas de estos arbustos los que se entrelazan de forma aparentemente caprichosa y, como consecuencia de esa aproximación, el dibujo vuelve a aparecer. El contorno recupera su firmeza y los perfiles se recortan con claridad sobre esos fondos neutros.

Podríamos pensar que se trata de una naturaleza domeñada, manipulada caprichosamente por un hábil artesano. Sin embargo es más sugerente pensar que ha sido el capricho azaroso de la naturaleza el que le ha dictado al pintor su voluntad. Ahora el espectador es el que se debe dejar llevar por los caminos diseñados por estas tramas cruzadas y por estos paisajes inciertos.



Juan M. Monterroso Montero




        


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